Jueves, 09 de Octubre 2025
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Un mundo entero para admirar

La visión del jefe Tyee Seattle, un camino para apreciar lo que tenemos

Por: EL INFORMADOR

MAGNIFICENCIA. Contemplando la belleza de nuestro mundo en un singular paisaje del desierto de Chihuahua. ESPECIAL /

MAGNIFICENCIA. Contemplando la belleza de nuestro mundo en un singular paisaje del desierto de Chihuahua. ESPECIAL /

GUADALAJARA, JALISCO (17/MAR/2013).- En un espacio como éste, dedicado a los viajes y a las aventuras, y que desde luego tiene la indiscutible vocación de hacer conciencia del cuidado y la apreciación del bellísimo y frágil mundo en que vivimos; donde tenemos el privilegio de viajar, explorar, ilusionar, soñar, a veces sufrir, y… acontecer, creo que vale la pena recordar algunas de las frases del gran Jefe Seattle, que pronunció en su famoso discurso de 1854 ante el gobernador Stevens, del entonces naciente estado de Washington.

El Jefe (Tyee) Seattle, de la tribu de los squamish en el Noroeste de los Estados Unidos: alto, corpulento, bien parecido, muy sabio y con voz sonora y elocuente, es reconocido como el primer ecologista de América, por haber hecho conciencia en sus breves pero sustanciosas palabras, de los valores naturales de nuestro mundo. Dijo: “La tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra.

“Esta tierra es sagrada para nosotros; el agua que corre por los ríos y esteros no es sólo agua, sino que es la misma sangre de nuestros antepasados que calman nuestra sed y alimentan a nuestros hijos.

“Todas las cosas están conectadas, como la sangre que une a las familias; deben saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo.

“No somos dueños de la frescura del aire, ni del centelleo del agua. ¿Cómo podrían comprárnoslo? ¿Cómo pueden pensar en comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Tan sólo la idea nos parece extraña.

“El hombre blanco no comprende nuestra manera de ser; le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro, porque él es un extraño que llega a sacar de ella lo que necesita; cuando la ha conquistado, la abandona y sigue su camino.

“Trata a su madre la tierra y a su hermano el cielo, como si fueran cosas que se pueden comprar, saquear y vender; su insaciable apetito devora la tierra y deja tras de sí tan sólo un desierto.

“Los muertos del hombre blanco, dejan su tierra natal cuando se van a viajar por las estrellas; nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra, porque ella es la madre del hombre. Todos somos parte de la tierra, y ella es parte de nosotros; deberán enseñar a sus hijos que el suelo bajo sus pies es la misma ceniza de sus abuelos. La tierra es nuestra madre, y todo lo que afecta a la tierra, afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen en el suelo se escupen a sí mismos.

“Las fragantes flores son nuestras hermanas; y el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos nacidos de la misma tierra; al igual que los cerros rocosos o las praderas verdes; el calor de un potrillo o el del hombre pertenecen a la misma familia. El hombre blanco debe tratar a los animales y a los habitantes de éstas tierras como hermanos. Yo soy salvaje, y no comprendo otro modo de conducta; por eso, cuando el hombre blanco quiere comprar nuestras tierras… es mucho lo que pide.

“En las ciudades del hombre blanco, no hay ningún lugar tranquilo; ningún lugar donde se pueda escuchar el desplegar de las hojas en la primavera o el rozar de las alas de un insecto. El ruido de la ciudad parece insultar a los oídos. Y qué clase de vida puede ser ese, si el hombre no es capaz de oír en solitario el canto de los pájaros o la discusión nocturna de las ranas”.

Ojalá el Jefe Seattle pudiera volver, para proteger las tierras sagradas de los wixáricas, o las barrancas de los rarámuris que siguen padeciendo las agresiones de las que ya nos hablaba el admirable Tyee Squamish.

“La tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra”.

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