Viernes, 17 de Enero 2020
Suplementos | Nosotros, los cristianos de hoy, por nuestro bautismo hemos recibido ese gran Don del Espíritu

Un mundo bajo el Espíritu

El relato que escuchamos el domingo pasado, del Libro de los Hechos de los Apóstoles, contiene en su sentido profundo una enseñanza...

Por: EL INFORMADOR

     El relato que escuchamos el domingo pasado, del Libro de los Hechos de los Apóstoles, contiene en su sentido profundo una enseñanza que pareciera que la mayoría de los creyentes no hemos entendido ni comprendido; de otra manera, el mundo que estamos viviendo sería diferente: un mundo donde reinaríaN la paz, la concordia, la justicia, el progreso para todos.
      Jesús, después de conformar y formar al grupo de los que serían sus primeros discípulos y apóstoles, viviendo y conviviendo con ellos durante tres años las 24 horas del día, y de enseñarlos con sus palabras y con su poderoso ejemplo, cómo deberían ser, comportarse, llevar el Mensaje de Salvación y enseñar lo que Él les había enseñado, los envía  hasta los confines de la tierra. Pero antes de --por decirlo de alguna manera--, “darles el banderazo”, les ordena que vayan a Jerusalén y esperen la Promesa del Padre, que Él mismo enviaría desde el seno de Dios Padre; entonces asciende al cielo.
     Ellos, obedientes, así lo hicieron y entonces recibieron el don por excelencia, el don más grande y excelso que un ser humano puede recibir: el Don del Espíritu Santo, que como todos los creyentes sabemos, o deberíamos de saber, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, a la que, por cierto, la Iglesia celebra hoy una gran fiesta en su honor; es también el amor que une al Padre y al Hijo; es Señor y dador de vida, que “en unidad con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria”.
     El mismo Espíritu que desde la creación del mundo ya aleteaba en el caos y quien diera orden y vida a la Creación; el mismo Espíritu que iluminó, inspiró y fortaleció a los grandes profetas, reyes y libertadores del Antiguo Testamento; el Espíritu de Dios que realizó la gran maravilla de engendrar a Jesús en el vientre de la Virgen María; quien ungió a Jesús en su Bautismo y lo guió e impulsó durante toda su vida pública, y quien opera la transubstanciación en la Eucaristía, convirtiendo el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y quien, finalmente, lo resucitó de entre los muertos y lo ascendió al cielo.
     Éste es en pocas palabras el gran don que recibieron todos aquellos que, permaneciendo en oración, estaban reunidos: María, madre de Jesús, los apóstoles y los discípulos, en número de 120.
     ¿Qué pasaba con ellos antes de este acontecimiento? Pues que, a pesar de haber escuchado la promesa de Jesús resucitado de que permanecería con ellos hasta el fin del mundo y de haberlo visto ascender al cielo, aún estaban llenos de miedo, de incertidumbre; se sentían solos, débiles, incapaces de cumplir el mandato del Señor; temerosos de ser apresados, torturados y ejecutados como Él. Por lo demás no dejaban de ser, la mayoría, hombres de poco conocimiento y comprensión de las Escrituras, sin saber hablar en público; personas sencillas sin atributos de gran personalidad.
     ¿Qué pasa en el acontecimiento y después de él? El Espíritu se derrama sobre todos ellos, y son transformados en nuevas personas: llenas de sabiduría, de valentía, de poder de convencimiento y del poder de Dios, para realizar las señales prodigiosas que el mismo Jesús predijo que harían en su Nombre. Tan fue así que en el primer discurso de Pedro se convirtieron a Jesucristo, según dice la Escritura, tres mil hombres, y de ahí en adelante los acompañó siempre ese poder, el cual ejercían para hacer el bien y construir la Iglesia, a partir de una comunidad perfecta en la que todo lo compartían, como lo consigna el libro de los Hechos 2, 42.
     Nosotros, los cristianos de hoy, por nuestro bautismo hemos recibido ese gran Don del Espíritu, y con él todos los dones que recibieron los apóstoles, que nos hacen capaces de transformar el mundo como ellos lo transformaron, al grado tal que de 12 que iniciaron, ahora somos más de 1,200 millones de bautizados en la Iglesia Católica y otros miles de millones en otras denominaciones cristianas.
     Sin embargo pareciera que el mundo, contrariamente a lo que se debía esperar, se aleja más de Dios, y con ello se acerca más a su autodestrucción. ¿Qué pasa? Una sola cosa: no creemos realmente en ello. ¿Qué falta? Obviamente creer y obedecer, llevando la Buena Nueva en el Nombre del Padre y de Hijo y del Espíritu Santo.


Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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