Suplementos | El Sur de Jalisco guarda sorpresas a cada paso, con sus tesoros natuales Un lugar de manantiales El Sur de Jalisco guarda sorpresas a cada paso, con sus tesoros natuales siempre a la espera de ser descubiertos Por: EL INFORMADOR 23 de agosto de 2015 - 04:37 hs Maravillas naturales. Los manantiales de Manantlán. EL INFORMADOR / P. Fernández GUADALAJARA, JALISCO (23/AGO/2015).- Me convidaron a excursionar por la Sierra de Manantlán, y no tuve más remedio que aceptar antes de que me lo dijeran dos veces. La Sierra de Manantlán está por allá por… que les diré… por el lado de Autlán; bueno pues, por El Grullo —por decir algo— y luego para arriba. Aunque también se puede llegar por el lado de Manzanillo (que aunque es más largo, me gusta más) metiéndose por la antigua hacienda de Santiago; luego subiendo por el legendario Chandiablo hasta el Chico; para de ahí remontarse por una brechita hasta Cuzalapa y el Durazno; y… por hay seguirle entre los caminitos revolcados por donde sacaban (sacan) troncos y más troncos de los arbolones que todavía visten esas serranías. Gentes muy conocidas de la sociedad tapatía, fueron quienes se encargaron —literalmente— de pelar esos hermosos y tupidos montes, persiguiendo sus mezquinos beneficios personales. Entre los maltratados mogotes de bosque que se salvaron de esa infamia, tan solo quedan las deprimentes ruinas de los aserraderos sentados entre el lomerío, rodeados de montañas de aserrín en donde ya no crece nada por la acidez que le quedó a la tierra. Es todo lo que queda de aquellos nefastos imperios madereros: además de la mancha negra en la memoria de estos personajes. Sin embargo, hace algunos años, al darse cuenta de que se estaba perdiendo éste bosque de pinos, cedros, robles, encinos y oyameles y la flora y fauna que lo acompaña, se decidió declararlo como “Área Natural Protegida”, y como “Reserva de la Biosfera”; con lo que se evitó (un poco) seguir perdiendo esos hermosos bosques llenos de manantiales, de cantos de jilgueros, de venados, tacuaches, pumas y jabalíes, víboras de cascabel, hongos y líquenes, bromelias y orquídeas, de paz y de silencio. Eran casi las 11 de la noche cuando, después de varias horas de brecha oscura y lodosa, un poco más allá de el Chante, fue que llegamos tras de una cerca de piedra, a un lugar despejado en donde decidimos acampar. La inquietud de —en aquella oscuridad— no saber en donde estábamos, se fue despejando al calor de unos cuantos “roncos” (ronconcoca) a la luz de las estrellas. Los satélites que rasgaban el cielo y una que otra estrella, que al caerse nos recordaba lo efímero de la vida, nos hicieron brotar sabios pensamientos de la rampante filosofía que a esas horas ya asediaba nuestra mente. Al habernos asegurado —tanto Platón como sus colegas— que la bóveda celeste no caería sobre nosotros, una especie de sabiduría acumulada nos hizo conciliar el sueño cual bebés que fuéramos. El cielo estaba despejado y no había visos de tormenta. La mañana siguiente se despertó con el paso alegre de un grupo de rancheros que, cazanga en mano, se dirigían a sus labores entre chiflidos y pláticas amodorradas por el frescor de la mañana, su paso ligero, y la sordina de los paliacates que cubrían nariz y boca. Los jilgueros no faltaban. La vista de los montes a nuestro alrededor. La expectativa de una buena caminata y… los chilaquiles que preparaba nuestro amigo el cocinero, nos hicieron desprendernos de nuestros entrañables “slipings” sin más averiguación. Unas cuatro horas de camino nos llevaron a caer casi sin aliento, en una loma en donde según nos dijeron se divisaba el mar (?). Para nosotros la vista nunca pudo ir mas allá del birote con frijoles que mordisqueábamos y un aguacate apachurrado que nos sabía a gloria. Pero la esperanza que el camino de regreso fuera menos… menos-menos pues, era lo que nos alentaba. El Sol bajó. Los verdes se hicieron más verdes. Los jilgueros entonaron sus solfeos. Los enormes oyameles bailaban desacompasados entre si. Las veredas se hicieron más amables de bajada. Las pláticas se hicieron más floridas; y la tarde-noche al llegar al campamento, se recogió llena de estrellas invitándonos a aventar las botas y refugiarnos al calor de la fogata… para dejar que la deliciosa arenita cerrara nuestros párpados y esperar el día siguiente… que estábamos seguros que nuevamente transcurriría entre los arroyos y manantiales de agua fresca tan típicos de ahí. Días inolvidables en la Sierra de Manantlán. vya@informador.com.mx Temas Pasaporte Lee También Un viaje por el tiempo en Cuitzeo, Michoacán Abrazo otoñal en la Riviera Nayarit Pasaporte: la vocación de contar el mundo Cuatro imperdibles para tu primera visita a Madrid Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones