Domingo, 26 de Enero 2020
Suplementos | El gran don de Jesús a la Iglesia es precisamente el Espíritu Santo

Un año con san Pablo: El tiempo del Espíritu

Es Él quien va a recordarnos, explicarnos, aclararnos y hacernos vivir todas las enseñanzas que Jesús nos dejó en su Evangelio

Por: EL INFORMADOR

     El gran don de Jesús a la Iglesia es precisamente el Espíritu Santo. Es Él quien va a recordarnos, explicarnos, aclararnos y hacernos vivir todas las enseñanzas que Jesús nos dejó en su Evangelio.

     Hoy es el tiempo del Espíritu… y conforme el camino que venimos recorriendo para encontrar en los escritos de san Pablo la explicación de su vivencia y de su enseñanza al respecto, hoy nos encontramos con que el tema del Espíritu Santo es tan abundante y tan explícito  en sus cartas, que tendríamos que hacer todo un tratado más que una brevísima reflexión.

     Hoy nos limitaremos a tomar algunos puntos de la Carta a los Romanos, para encontrar esos botoncitos de muestra donde aparece claramente la presencia del Espíritu que vive en el corazón de cada cristiano y le ayuda a vivir con mayor autenticidad su vida espiritual.

     En el capítulo 5, verso 5, san Pablo nos dice: “La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.

     Palabras en extremo consoladoras, porque sabemos en quien hemos puesto nuestra fe y cuál es la razón de lo que esperamos.

     Por eso el que vive según el Espíritu Santo es una persona libre, alegre y feliz. En el capítulo 7, verso 6, leemos:  “Al presente, hemos sido liberados de la ley, muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos a Dios según un espíritu nuevo y no según un código anticuado”.

     En el Capítulo 8, versos 14 al 17, leemos las palabras más consoladoras: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, hemos recibido un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!  El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también seremos herederos de Dios y coherederos de Cristo; si compartimos sus sufrimientos, seremos también con Él glorificados”.

     Sería interminable la lista de citas que todavía podemos encontrar en la Carta a los Romanos, sin contar todo lo que podríamos ir espigando en los otros escritos de san Pablo y de los Hechos de los Apóstoles, donde se relata su misión, su obra y su predicación, así como las vicisitudes de su vida hasta llegar al final.

     Nos basta hoy considerar que el Espíritu Santo que un día dio vida a la Iglesia y que llenó de valentía y de entusiasmo a los apóstoles, es el mismo que a través del tiempo ha venido actuando en muchas y diversas formas, generación tras generación.

     Hoy por hoy, el Espíritu Santo no ha perdido fuerza ni actualidad y sigue animando, consolando y santificando a cuantos quieren dejarse guiar por sus impulsos y le permiten ejercer su acción renovadora en la vida propia, porque este Espíritu de Dios es para beneficio de cada persona que viene a este mundo.

     Lo que sucede es que a veces dejamos desperdiciar el precioso don de Dios; hay ocasiones en que creemos falsamente que estamos siguiendo los caminos del Espíritu, cuando tan sólo seguimos nuestro egoísmo o nuestros intereses personales.

     Es muy fácil reconocer a quienes viven en el Espíritu, porque los dones del Espíritu Santo se manifiestan en la vida como: sabiduría, ciencia, inteligencia, fortaleza, piedad, capacidad de aconsejar, y un sano temor de ofender a Dios.

Bien lo dice el Señor Jesús: “por sus frutos los conocerán”, y como leemos en la Carta a los Gálatas: (5,22):“Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, tolerancia, confianza, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí…”.

     Terminamos con otras palabras del mismo san Pablo tomadas de la Carta a los Romanos: capítulo 15, verso 13: “El Dios de la esperanza los colme  de todo gozo y paz en la fe, hasta rebosar  de esperanza por la fuerza del Espíritu  Santo”.

María Belén Sánchez fsp 

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