Jueves, 09 de Octubre 2025
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Un año con San Pablo: Caminar en la luz

Todo hoy habla de luz: desde la luminosidad que envolvía al Señor Jesús en el día de la Transfiguración, hasta la luz que iluminó a san Pablo en el día de su encuentro con Jesús en el camino de Damasco

Por: EL INFORMADOR

    Todo hoy habla de luz: desde la luminosidad que envolvía al Señor Jesús en el día de la Transfiguración, hasta la luz que iluminó a san Pablo en el día de su encuentro con Jesús en el camino de Damasco y que lo acompañó por siempre a lo largo de su vida.
     Y también para nosotros, los que con fe seguimos a Cristo Jesús, la luz de Dios brilla en cada corazón. Sobre todo al saber que el Dios que llama a Jesús su Hijo amado, también a nosotros nos adopta como sus hijos predilectos.
De aquí se desprende, desde luego, esa alegría tan grande que es capaz de iluminar la vida entera, pero también trae adjunto un compromiso serio de vivir como hijos, mas como buenos hijos, no de los que se comportan mal con sus padres.
     Así lo explica en forma elocuente el Apóstol en la Carta a los Romanos, capítulo 8, versos del 14 al 17:
     “En efecto, todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.
     “Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, hemos recibido un espíritu de hijos, que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!”.
     El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos de Dios y coherederos con Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con Él glorificados.
     Más claro, ni el agua. Así pues, no tenemos opción: si queremos tener el privilegio de hijos, tenemos que cumplir con su divina voluntad y hacer lo que le agrada y lo que nos manda en todo momento. No es posible jugar un doble juego. No es posible afirmar con los labios que amamos a Dios y hacer lo contrario en la vida.
     Por eso ahora, en este tiempo de cuaresma, cuando el Señor Jesús nos invita a caminar en la luz y a dejar en el olvido las obras de las tinieblas, es bueno considerar seriamente en qué necesitamos reformar o renovar nuestra vida, para que no quede infructuosa la gracia que se nos dio y para ser verdaderamente reconocidos como hijos, “pues todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”. (Gal 3,26) como afirma una y otra vez san Pablo.
     Y en esta ocasión es muy oportuno repetir ese himno solemne que san Pablo enseñó a .los Efesios y que encontramos en el capítulo 1, versos del 3 al 6 y dice así:
Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido
con toda clase de bendiciones espirituales,
en los cielos, en Cristo;
por cuanto nos ha elegido
en Él antes de la creación del mundo,
para ser santos e irreprochables
en su presencia, en el amor;  
eligiéndonos de antemano,
para ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad,  
para alabanza de su gloria
con la que nos favoreció en el Hijo Amado.

María Belén Sánchez fsp

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