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Miércoles, 16 de Octubre 2019
Suplementos | Testigos fueron de los hechos prodigiosos con que probaba que Él era el Mesías

Triste y tierna despedida

Los buscó, los atrajo, los llamó. Tres años fueron y volvieron por los pueblos, las colinas y el lago, en la región de Judea, de Galilea y de Samaria...

Por: EL INFORMADOR

     Los buscó, los atrajo, los llamó. Tres años fueron y volvieron por los pueblos, las colinas y el lago, en la región de Judea, de Galilea y de Samaria.
Atentos escucharon las muchas veces que, al abrir sus labios, brotaba la sabiduría divina en el anuncio de la Buena Nueva.
     Testigos fueron de los hechos prodigiosos con que probaba que Él era el Mesías, el anunciado por los profetas, el esperado de las naciones.
Ya estaban comprometidos, o --dicho con expresión popular-- ya estaban “amarrados” con Él.
     Mas la etapa marcada en los planes divinos, la llamada “vida pública”, los tres años de la predicación y fundación del Reino, llegaron a su fin.
Broche de oro de afectuosa, estrecha convivencia entre el Maestro y los discípulos, fue la cena de despedida.
     Sorpresivo fue el inicio de la cena: Jesús tomó una jarra con agua y una sartén, y postrado de hinojos fue lavándoles los pies a cada uno. Lección elocuente para ellos y para todos, y prueba de que Él no vino a que se le sirviera, sino a servir.
     Y allí en la mesa, tristes y atentos, escucharon del Maestro expresiones de aprecio y las últimas enseñanzas a quienes iban a llevar en adelante el Reino encomendado a Pedro, y con él a los demás, pues en ellos dejaba el Reino fundado en la ciudad terrestre, para ir a la ciudad celestial.

“Ustedes son mis amigos”

     Los quería así como los conocía y eran. Los ojos del Maestro penetraban hasta el fondo del alma de cada uno; sabía que uno --Judas Iscariote-- lo traicionaría, que Pedro lo negaría tres veces, y que los demás, las ovejas, al ver herido al oastor se dispersarían.
     Pero así y todo, los quería. Así es el amor de Cristo: amó y ama a los suyos, a pesar de las flaquezas, las caídas, las infidelidades de éstos. Cristo es amor, es misericordia, es perdón.
     El mismo domingo en que resucitó, por la tarde llegó a donde los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos, y les dio alegría y consuelo su visita.
     En esa noche de despedida, allí en la intimidad, allí solo a ellos, les dijo: “Ustedes son mis amigos...,

“... si cumplen lo que les he mandado”
 
     Queda así patente en qué consiste el verdadero amor: “no el que dice: ‘Señor, Señor’, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”. Amor es cumplir.
     La Iglesia siempre ha enseñado el mensaje de Cristo: fe y obras. La fe sola no salva, la fe sin obras está muerta.
     En el turbulento siglo de Lutero, él y sus seguidores predicaron que la justificación no era indispensable, que la salvación se alcanzaba con la fe, sólo con la fe.
     El Concilio de Trento (1545-1565) fue la verdadera reforma de la Iglesia, y contestó, asentó y así ha quedado, que se necesita creer en Cristo resucitado, pero la fe y el amor se han de manifestar no en sentimientos huecos, sino en obras que sean inspiradas y sostenidas por el amor.

“Esto es lo que les mando:
que se amen unos a otros”

     Como en una triste despedida, Cristo les dice: “Yo los he amado a ustedes como mi Padre me ama a mí: permanezcan en mi amor.
     El amor del Padre es infinito, inmenso, para siempre. “Con ese amor, con el amor que procede de Dios y lleva a Dios, así ámense unos a otros”.
     En consecuencia, el cristianismo, esa sublime doctrina, es vivir el amor de unos a otros.
     Poner el sentido de la religión católica esencialmente en devociones y prácticas piadosas, pero alejadas de la caridad, es grave error.
     Allí entra la diferencia entre el verdadero cristiano, que se entrega a la práctica de obras de caridad, y el que el pueblo llama “beato”, que se goza de una manera egoísta en nutrirse sólo con sentimientos o quizá sentimentalismos piadosos.
     Allí es donde los pastores de la Iglesia cuidan para hacer de la fe de los cristianos, una  profundización del misterio del amor al hacerlo vida.
     La filantropía es un racionalismo moral, pero no es el mandato de Cristo; el legalismo mosaico --si algo queda de entonces-- es un fariseismo nuevo; el eticismo pseudoevangélico es un naturalismo, nada más.
     El amor que Cristo pide a los cristianos es un amor teologal, cuando se ama “con amor de benevolencia”, como lo llama Santo Tomás de Aquino. Es el amor con el que se busca y pretende el bien de la persona a quien se ama.
     “Yo les he dicho todas estas cosas...

... para que participen de mi alegría
y sean plenamente felices”
 
    Tal vez suene a paradoja esta expresión que dijo el Maestro: “Con un gran deseo he deseado comer con ustedes esta Pascua, antes de padecer” (Juan 22, 15)”. Triste, y sin embargo habla de alegría.
     Cristo es modelo perfecto de la verdadera alegría, porque todo en él es amor.
     La tristeza es muchas veces un egoísmo tenaz, un afán desmedido de dinero, de poder, de placer, y cuando quienes los buscan no los tienen en la medida en que los apetecen, caen en tristeza. La tristeza enfermiza es siempre egoísmo.
     El que ama está alegre y comparte la alegría a otros, como San Francisco de Asís, que sabía encontrar en todo y en todos la mano bondadosa de Dios, y se gozaba en hacer felices como él, con delicadeza de corazón, a cuantos le rodeaban.
     Vivir el evangelio es requerimiento de Cristo y alegría es haberlo encontrado, porque Él es camino, verdad y vida. Así, alegres, quiere el Señor a sus seguidores.
     Y para que sus amigos no cayeran en la tentación de la soberbia, les dijo:

“Ustedes no me escogieron a mí;
yo soy quien los ha escogido a ustedes”

     En estas palabras, sabiduría divina, está el misterio de toda vocación.
Vocación es una palabra que significa llamado a la fe, a la vida cristiana, al matrimonio, a la vida religiosa, al sacerdocio ministerial. Son distintos llamamientos y es siempre Cristo quien llama y escoge.
     Ingresan al Seminario a empezar ciento cincuenta muchachos y pasa el tiempo; quince años después, son ocho o nueve los que reciben el sacramento del orden para ser en adelante no siervos, sino amigos de Cristo y defensores de sus misterios.
     Para concluir, el 26 de mayo de 2004 daba gracias al Señor por setenta años de sacerdocio, el canónigo Esteban Sánchez Valdés, y fui el invitado a predicar en la solemne misa de acción de gracias. La reflexión y el sentimiento apuntaron hacia la gratitud. Y la nota más alta la puso el festejado, con una corta frase: “Muchos dignos de ser elegidos no tuvieron esa dicha, y ¡miren en quién se fijó Dios, y luego me ha aguantado setenta años! ¡Qué bueno ha sido el Señor conmigo! ¡Vamos dando gracias, conmigo, con todo el corazón!”.

Pbro. José R. Ramírez

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