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Martes, 15 de Octubre 2019
Suplementos | De oficios y pasiones

Tradición bolera en Santa Tere

Don Roberto y su equipo tienen una misión: que ni un zapato salga sucio del negocio

Por: EL INFORMADOR

La Bolería es para Roberto Castillo el hogar de dos de sus pasiones: la afición al Atlas y el placer de bolear zapatos. A. CAMACHO  /

La Bolería es para Roberto Castillo el hogar de dos de sus pasiones: la afición al Atlas y el placer de bolear zapatos. A. CAMACHO /

GUADALAJARA, JALISCO (16/JUL/2011).- La primera vez que don Roberto entró a una cantina tenía ocho años. Pese al rechazo constante, aquel niño con cajón y trapo en mano lograba inmiscuirse entre los parroquianos y cumplir su cometido: limpiar zapatos.

A sus 63 años, Roberto Castillo aún recuerda cuándo comenzó a bolear. ¿La razón? Su madre les pedía que le hicieran como pudieran, pero todos –eran 12 hijos– tenían que irse con los zapatos limpios a la escuela.

De tan bien que le quedaban, a veces sus hermanos le pagaban para que el calzado luciera. Y así, a una edad en la que difícilmente se piensa en otra cosa que caricaturas y futbol, el “Bulldog” iniciaba con la actividad que más de medio siglo después lo tendría contando su historia desde el lugar de la cobranza en esa bolería rojinegra que lleva más de tres décadas en el barrio de Santa Tere.

Pero antes, hay mucho que decir del hombre al que su padre no le permitió abandonar la preparatoria para dedicarse al futbol, y que sin embargo terminó por dejarla cuando iba en tercer semestre porque lo suyo, lo suyo, es el trabajo.

Cual niño con balón nuevo, Roberto salió al parque de la colonia para estrenar el cajoncito que su hermano mayor le regaló. Estaba en tercero de primaria y decidió que habría que buscar otra manera de impulsar el negocio. Desde entonces, además del cajón cargaba una bolsa con chicles. Siempre para vender.

Probablemente dos generaciones atrás, su abuelo también emprendía su camino. Con el orgullo que se le desborda por los puños –que agita con regocijo–, don Roberto relata que su abuelo tenía su cajón en el Centro de la ciudad, el cual después heredó a su padre.

Han pasado 35 años desde que Roberto descubrió que hacer paletas no lera lo suyo. Un maestro le traspasó una paletería, pero no tardó demasiado en darse cuenta del oficio que quería ejercer en el local que estaba en Pedro Buzeta y Manuel Acuña.

Así que le pidió a su profesor que se llevara todo, porque necesitaba espacio para colocar el cajón que lo había acompañado durante los últimos años.
Primero fue su padre. Después, sus hermanos. Con el tiempo, también sus primos, hijos y sobrinos. Hasta el día de hoy, don Roberto afirma: “Yo no tengo trabajadores, aquí somos pura familia”.

Hasta que rechinen de limpio
Son cerca de las 16:00 horas y Guadalajara tiene ganas de llover. Desde que se pisa Alfredo Chavero en su cruce con Pedro Buzeta, una lona rojinegra se distingue a media cuadra.

La primera impresión confirma lo previamente sospechado: huele a Atlas. Fotos oficiales, recortes periodísticos, llaveros; hasta el ventilador está uniformado.

Hay una sola cosa que el cliente tiene que hacer una vez que entra: subir una suerte de escalón para llegar al asiento que dejará los pies a la altura del pecho del encargado de sacarle brillo a los zapatos.

Desde ahí arriba se puede observar el proceso, o en su defecto, escuchar la nunca irreconocible voz de Ana Gabriel que sale de las bocinas.
Para que los calcetines no se ensucien en el curso de la boleada, el bolero coloca un plástico que los protege de cualquier mancha.

Después, es un desfile de trapo, cepillo, espuma, cepillo y trapo. Es ahí cuando la expresión “hasta que rechine de limpio” cobra verdadero sentido.
Quince minutos y 20 pesos. El brillo invade incluso a los zapatos más viejos y descuidados.

Del Atlas, aunque le digan “margara”
La primera palabra que dijo la única hija de don Roberto fue “atas”. Y es que el escudo rojinegro es el sello de la familia.
Para don Roberto es imposible ocultar su pasión. No sólo por las decenas de cuadros que tapizan la pared y que le han sido regalados por un sinnúmero de jugadores y directivos, sino que cada vez que habla sobre el equipo que sólo ha sido campeón cuando él rondaba los tres años, sus venas se exaltan como si festejaran un gol en pleno Estadio Jalisco.

A diferencia del sentimiento bolero, la afición al Atlas no es por tradición. Sus padres y la mayoría de sus hermanos le van a las Chivas.

“Soy Atlas porque yo jugué ahí desde las ‘Migajas’ (equipo juvenil). Tenía unos vecinos que su tío era Marcelino Gómez, portero del Atlas, que llegaba por ellos para que fuéramos a verlo entrenar. Nos metíamos al campo, nos poníamos atrás de la portería y desde ahí veíamos cómo volaba Marcelino”.
Desde chicos les enseñaron cuál era el equipo a vencer. Don Roberto jugó clásicos contra las Chivas y eso le hizo amar aún más la playera.

“Ahí viene el márgaro”, le decían familiares y compañeros. Pero esas ofensas las ataja y lanza el contraataque: “Soy Atlas hasta morir”.
Su evidente afición ha causado que varios reconocidos hombres del futbol pasen por la Bolería  Santa Teresita (conocida popularmente como “Bolería Atlas”). Entre ellos recuerda a Enrique “Ojitos” Meza, Marcelo Bielsa y Ricardo Antonio La Volpe.

Incluso Jorge Vergara, a quien Roberto Castillo identifica como “bien zorro”, constantemente le manda zapatos para que los deje como nuevos.
¿Y cuando llega alguien con la camisa de Chivas? Pícaro, responde: “Yo les digo que se le van a quemar los pies como a Cuauhtémoc, pero de puro cotorreo”, porque en la bolería se les atiende a todos por igual.

Y es que muchos jugadores rojiblancos también se han sentado en sus sillas, como son los casos de Alberto Guerra y “Chava” Reyes.
Roberto analiza una lista invisible de nombres, porque no sólo futbolistas son atraídos al negocio, sino que puede presumir que incluso gobernadores, como Alberto Cárdenas y Emilio González han salido con los zapatos limpios.

Con la simpatía de la que echa mano durante toda la plática, y con plena conciencia de que a su jornada laboral le faltan por lo menos 10 horas y media para concluir, don Roberto Castillo sentencia: “Soy el hombre más feliz del mundo porque hago lo que me gusta”.

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