GUADALAJARA, JALISCO (30/OCT/2016).- -Oigan- nos dijeron nuestros amigos. -¿Cómo es esa loquera de viajar hasta las selvas de Venezuela en América del Sur, y meterse en la selva tan solo para ver unos cerros planos que a ustedes les parecen muy curiosos?-Pos sí, pues’n- contestamos muy a la tapatía. -En gustos se rompen géneros- les dijimos. Hay a quien le gusta sentarse horas enteras mirando las barajas. Otros se parten el alma por meter una pelota en un hoyito. Otros más se obsesionan por el horroroso cuadro “El Grito” de Edvard Munch… A nosotros nos gustan los cerros, los ríos, los mares y las cosas naturales que son irrepetibles. Cada quien sus gustos… y su siquiatra.Savater dice que “cuanto más inculta sea la persona, más dinero necesita para los fines de semana” (¿?)Estos famosos Tepuy’s son una de las joyas geológicas más antiguas y maravillosas que existen en el planeta. Estas mesetas planas y altísimas, son unas formaciones de roca sedimentaria que han permanecido -con sus contornos erosionados- en la superficie terrestre por más siglos y eones (eras geológicas) que ninguna otra sobre la faz de la Tierra. Han durado así, casi intactas, por más de cuatro mil millones de años (período precámbrico). Desde los tiempos en que -junto con África- formaban parte de la enorme Pangea, y la vida como la conocemos aún no existía. Son una maravilla… les decíamos a nuestros amigos tratando de convencerlos del valor de estos maravillosos lugares que se localizan entre el Orinoco y el Amazonas al Sur de Venezuela.Las espectaculares cascadas que se desprenden de sus alturas, se pensarían inverosímiles si no se tomara en cuenta las enormes cantidades de lluvia que reciben de las sempiternas nubes que las cubren y les agregan un cierto aire de misterio a los impresionantes pasteles de roca de bordes verticales que son parte del Macizo de Guayana.De hecho, en el Auyán Tepuy, de donde se desprende la Catarata del Ángel (Kerepakupay Meru) con sus 979 metros de caída libre, es la catarata más alta del mundo. Conan Doyle, escribió su famosa novela “Un Mundo Perdido” basado en ellos (se las recomiendo).La pequeña avioneta que nos esperaba en las orillas del Río Orinoco, aunque lucía endeble, decidimos confiar en ella pese a la sombría imagen que tuvimos a primer vistazo. No, dijimos; es ligera pero adecuada; de seguro tiene suficiente gasolina; las llantas se ven infladas y los vidrios lucen limpios ¿Qué más se puede pedir para volar entre las nubes y las montañas de la selva venezolana?El piloto, grande y rotundo, se subió a su asiento sin dirigir una mirada, ni a sus pasajeros ni a su añosa aeronave. Nosotros, parándonos en una de las llantas, alcanzamos los maltrechos asientos a los que nos atamos con unos dudosos cinturones de seguridad. Celina tuvo que colocarse en un pequeño asiento entre bidones de gasolina y la carga que llevábamos. El mudo aeronauta se caló los audífonos y ocupando las cuatro dimensiones de la cabina, tomó los mandos y encendió el motor con enérgicos movimientos.Al sentir que la puerta trasera ya había sido dizque cerrada, el grandulón aceleró el motor y haciendo un gran estrépito entre bocanadas de humo, todavía no llegábamos a la pista formal cuando ya nos elevábamos a los cielos guiados por aquel misterioso hombrón que seguía sin dirigirnos la palabra.El primer algodón se dejó venir, y nos adentramos a el sin más averiguación. La lluvia azotaba el parabrisas, la puerta trasera se abrió, y mi intrépida compañera se empapaba con la lluvia y el ventarrón que le llegaba.Los larguísimos minutos que pasamos a ciegas, quizás viajando por territorios de los ángeles (no vimos a ninguno) parecían hacerse eternos cuando, un hueco entre las nubes hizo que nuestro piloto se dirigiera a él. Al salir de esa aterrorizante apertura, nuestros incrédulos ojos no daban crédito al hermoso valle que se divisaba allá muy abajo luciendo un impresionante verdor entre las planicies surcadas por los hilos plateados de los ríos que la cruzaban.En ese estado de contemplación estábamos, cuando vimos que otra torre de nubes que se alzaba en las narices de nuestra nave, nos hacía desaparecer nuevamente para que… al siguiente instante aparecieran frente a nosotros las paredes verticales del Auyán Tepuy, que surgían amenazantes entre las nubes y la tupida selva, cada vez más arbolada y llena de maleza.Un brusco e inesperado giro al salir de una de ellas, nos colocó sobre una pista de tierra en donde literalmente “caímos” con sorprendente destreza, esquivando los charcos y los huecos de su cortísimo trayecto.Descendimos pisando la susodicha llanta, mientras que el hombre mudo que piloteaba el avión seguía impávido en su asiento: nunca se movió ni pronunció palabra alguna. Los enormes y extraños Tepuy’s, con sus espectaculares planicies verticales tan características, completaban el estupendo cuadro -ciertamente asustoso- del bellísimo lugar a donde habíamos llegado.