Suplementos | Josefina Negrete Guillén recuerda en su cumpleaños, a una Guadalajara diferente Si lo que quieres es vivir cien años Josefina Negrete Guillén recuerda cuando los Cristeros llegaron a su casa, cuando en la Laguna de Chapala había unas “olotas”; ella estuvo en una fiesta de María Felix y en una Guadalajara sin autos Por: EL INFORMADOR 24 de noviembre de 2013 - 02:21 hs Para recorrer la Guadalajara que a Josefina le tocó en la infancia y juventud, había que hacerlo caminando o en burro. / GUADALAJARA, JALISCO (24/NOV/2013).- Debajo de una montaña de mazorcas, Josefina Negrete Guillén esperó a que el peligro pasara. Con discreción sacaba la nariz para tomar aire y aprovechaba para calcular el conflicto: su padre, José Trinidad Negrete, se estaba arreglando con los cristeros. Apenas se escuchó que venían las tropas, las mujeres de la casa buscaron escondite. Ahí estaban, entre las camas, el maíz, los animales. Su papá esperó sentado en un equipal, junto a la puerta, comiéndose un elote de esos con granos que revientan sobre las brasas, y que de sólo recordarlo a Josefina se le antoja. Los cristeros no pidieron permiso: entraron. El hombre, que entonces era presidente municipal de Chapala, se levantó y se les puso enfrente. “Mi papá era tan duro, que cuando abrieron la puerta les dijo: “Sin lastimar a mi familia, entren; y si no, sobre mi cadáver”, cuenta Josefina apretando la dentadura. Y en su casa los cristeros se estuvieron meses. Ella describe a un padre compasivo que permitió que se instalaran atrás, en el corral. “Traían muchas necesidades. Venían en caballos que se caían de hambre y llegaron casi encuerados, mi papá tuvo que pedir ropa al pueblito para ayudarlos”. Josefina hace memoria de aquel episodio y el temor se reconstruye. Ella vivió el acelere del corazón cuando sintió venir a los hombres armados, y lo revive el día de su cumpleaños 100, cuando el recuerdo regresa. Chapala tenía olas Si le preguntan a Josefina cómo le ha hecho para lograr su 4 de noviembre número 100, lo reflexiona y concluye que su estrategia para fuerza y salud fue la natación que practicó durante su infancia y adolescencia. “En aquel entonces Chapala era un lagunón. No el charco que es ahora. Venían unas olotas que daban miedo”. Entonces Josefina esperaba a que el agua se elevara para sorprender a la ola y romperla con el cuerpo, como una flecha rígida. Otro secreto es la alimentación. La familia de Josefina comía de lo que salía de la siembra, de los nopales que cortaban en las huertas cercanas y de los peces que en ese entonces abundaban. Había para escoger. Su mamá, Concepción Guillén, mandaba a los niños de la cuadra: “Trae dos kilos de charal. Ahora ve por bagre para freírlo”. La fiesta de María Félix No había ojos que no se detuvieran a ver a María Félix ceñida en su vestido de quinceañera. Desde entonces ya tenía el gesto que combinó belleza y mando y que la caracterizaría como protagonista en la época de oro del cine mexicano. “Yo fui al baile de María Félix”. La mamá de Josefina la llevó de la mano desde la calle Cruz Verde a Los Portales, en el Centro tapatío, donde fue la fiesta. Y así, sin soltarla, se mantuvo toda esa noche de abril de 1929. Cuando no la traía de la mano, le soltaba un pellizco o un coscorrón. Josefina quería aprovechar su adolescencia, su vestido entallado en la cintura y que un amigo de la familia, el doctor Rafael Elenes Almada, la había invitado a uno de los bailes más sonados de esa época, pero al mínimo intercambio de miradas con un hombre, su mamá bloqueaba todo. Así era en público. Ya en casa, la sanción eran varazos. A través de lo adobes Por las ranuras que se hacían en los muros de adobe desgastado salían las miradas de Josefina. Del otro lado estaba Antonio, un joven oriundo de Chapala que veía la oportunidad para decirle a la mujer de 13 años cuánto la quería. Ay de ellos si los veían juntos en las calles del pueblo. Ya cuando Josefina regresó a vivir a Guadalajara, la ciudad donde nació, consiguió un trabajo en una mueblería en la Calzada. Cruzaba la Catedral, la Alameda y el Río San Juan de Dios, y en ese andar pasaba por la peluquería de Jesús Serrano González, el hombre con quien se casó. Una vez, camino al trabajo, Josefina se detuvo para mirar a Jesús a través del espejo de la peluquería. Eso bastó para que él la siguiera hasta su casa y la buscara por la ventana, para luego llevarle serenata, así como un nieto le llevó un mariachi por sus 100 años. Aplaudió y cantó en su cumpleaños, lo que nunca cuando Jesús llegaba con músicos a su puerta, porque no tenía ni un minuto asomada cuando su mamá ya estaba atrás jalándole la trenza. “Me zangoloteaba como a una gallina que la están matando para un caldo”. Nunca se tomaron la mano, nunca se dieron un beso antes de la boda. Duraron 20 años casados, después ella se fue a vivir a Estados Unidos. Una tarde en la que Josefina se estaba arreglando para ir a un baile, tocaron a su puerta para avisarle que habían atropellado a su marido, que estaba muerto. Tuvieron tres hijas, dos de ellas también ya fallecieron, a una, incluso, Josefina le cerró los ojos en su última exhalación. Guadalajara sin autos Para recorrer la Guadalajara que a Josefina le tocó en la infancia y juventud, había que hacerlo caminando o en burro. De cualquier modo, las orillas de la ciudad eran las que ahora son los límites del área céntrica, había menos distancia, menos ajetreo y días que pareciera que duraban más. Para ocasiones especiales estaban las calandrias. “Se subían dos y tres gentes sentadas, una arriba de la otra, porque era cara. Y vámonos. Era el lujo que había aquí en Guadalajara”. Así se llegaba a los bailes: la música de orquesta amenizaba la entrada de las mujeres de vestido largo, luego seguía el vals en el que las parejas daban pasos que dibujaban figuras perfectas en el piso; pero lo a que Josefina se le daba más fue el cha cha cha. Las tecnologías no conocen edad A los 97 años, a Josefina le llegó un objeto que se volvería una de sus pertenencias más preciadas: un celular. Lo cuida con recelo adentro de su monedero y procura tenerlo siempre a la vista. Si tiene las manos desocupadas, busca guardalo en su puño. No es cosa menor, ese aparato representa el puente que la acerca a sus seres queridos. Ya no se levanta de su cama porque una caída le quitó la fuerza en sus piernas hace cuatro años, y desde su recámara las horas se le van pegada al teléfono. “En puro lero, lero, el saldo me lo bebo como agua”. De su memoria salen todos los números telefónicos de las personas que frecuenta y teclea con su dedo índice para comunicarse; pero ella ni con su celular, ni con las máquinas de escribir que usó cuando trabajó de joven se asemeja a la habilidad de sus bisnietas al navegar en internet. “Uno se queda uno con el ojo cuadrado. No más veo que les bailan los dedos arriba de la computadora”. SABER MÁS Los años > La japonesa Misao Okawa cumplió este 2013 115 años y obtuvo el reconocimiento oficial del Récord Guinness por su longevidad. Vive en su natal, Osaka. > El reconocimiento le llegó luego del fallecimiento de la china Luo Meizhen, quien tenía 127 años. Según los registros oficiales, Meizhen nació en 1885, lo que la convertiría en la mujer que vivió más tiempo en el mundo. Temas Tapatío Guadalajara Tercera edad Lee También ¿Quién ganará el partido entre las América y Chivas? 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