Lunes, 13 de Octubre 2025
Suplementos | Fatiga crónica

¿Servirán los limpiabrisas?

La encrucijada es comprarlos en la agencia o en las calles y el instinto en ocasiones juega malas bromas

Por: EL INFORMADOR

SPLIT-SECOND. Imagen de la pintura de la artista canadiense contemporánea Erika Wain.ESPECIAL  /

SPLIT-SECOND. Imagen de la pintura de la artista canadiense contemporánea Erika Wain.ESPECIAL /

GUADALAJARA, JALISCO (17/JUN/2012).- Eran los primeros días de enero y las repentinas lloviznas que se dan cada año por esos días —a las que muchos llaman Cabañuelas— me hicieron recordar que había que cambiar ya los limpiabrisas del auto (siempre me he preguntado por qué se llaman limpiabrisas, cuando más precisamente deberían llamarse limpialluvias). Las opciones eran varias: desde ir a la agencia de autos hasta comprarlos en cualquier esquina. De igual manera —ya se sabe— los precios también podrían ir de muy arriba a muy abajo. Mi primer impulso, recordando lo que hace algunos mese me había sucedido con una tapa del contenedor de agua, fue querer ir a la agencia.

En aquel entonces mi hermano me había recomendado no ir a la agencia, “porque te va a costar un ojo de la cara”, me dijo. Y yo, más que hacerle caso a las sabias palabras de mi hermano, aprecio mucho mis ojos. Así que fui allá, a Los Ángeles, atrás de la Central Vieja. Rápidamente di con información que me condujo a la tienda en la que tenían de todas las tapas de contenedores de agua de todos los autos del mundo mundial. El viejo salió y me dio una que no parecía ser para mi auto, pero que le quedó y enrroscó bien. Cuándo le pregunté cuánto le debía, metí mi mano a la bolsa del pantalón, creyendo ingenuo que con el billete de cien que iba a sacar sería más que suficiente. Pero el viejano me dijo: son ciento ochenta. ¿No le pierde?, pensé; pero luego me consolé a mí mismo (ese instinto de supervivencia y mimo que siempre me acompaña) diciéndome: imagínate lo que te hubiera costado en la agencia. Dos días después, la dichosa tapa no aguantó la presión ni el calor y se rompió. En lugar de ir a reclamar, porque imagino que si había garantía con el viejano hubiera sido de dos cuadras, me pasé por la agencia a cotizar mi ojo. Y cuál no va siendo mi sorpresa cuando el dependiente me dice que la tapita vale 90 pesos.

Pues aún con ese antecedente, pensé que en el caso de los limpiabrisas sería distinto. Dos situaciones más apoyaron mi decisión (y, otra vez, el instinto de supervivencia y mimo que no me deja): el que en el caso de los limpiabrisas se trataba de una pieza distinta a la de aquella tapita y, más que nada, pensé en esos vendedores de limpiabrisas que todos los días buscan ganarse el pan de cada día en el mismo crucero. Paso casi a diario por el crucero de Avenida México y Américas y es ahí donde, todos los días, insistentes, me ruegan que les compre unos. Pues les llegó el día, pensé cuadras antes de arribar. Me estacioné casi en la esquina y les tuve que gritar para que vinieran, porque andaban en el chisme. Buenos para vender, los canijos, porque empiezan desde abajo y luego van agregando más características a las piezas, de manera que lo que puede empezar con 150 pesos, se va hasta 350, si es que la decisión es comprarlos reforzados y con seguro y repelente y no sé qué monadas más. Según yo, no me dejé y regatee unos de 350 que me quedaron en 200 pesos. No se me hicieron caros, además el tipo los instaló en tres segundos.

Y me fui de ahí, muy contento con mis limpiabrisas nuevos que no necesitaría sino hasta la temporada de lluvias. Pero es que hay que ser precavidos. Mi molestia empezó cuando algunos días después pasé por el crucero donde están los vendedores de limpiabrisas y algunos me ofrecían su producto. ¿Acaso no veían que estaban nuevos? Eso sí: no podía culparlos de que no supieran que los había comprado ahí. Cuando las semanas pasaron y su insistencia se intensificó, al grado de que uno de ellos se atrevió a inspeccionar uno de los limpiabrisas y hacerme muecas de que estaba muy mal, bajé la ventana para decirle: “ni me digas nada, porque los compré aquí”. Él, sorprendido, lo que atinó a decir fue: “Pero no a mí. Ha de haber sido al gordo de pelo largo, ¿no?”. Le dije que sí mientras avanzaba, porque el semáforo se había puesto ya en siga.

¿Estarán de veras mal ya, aún sin casi haberlos usado? ¿Serán meras tretas para vender? Las lluvias empiezan, muy pronto lo sabremos.

Funcional
Una idea disputada


A ciencia cierta no se sabe quién inventó el limpia brisas, algunas versiones indican a la estadounidense Mary Anderson en 1905, y la ubican como la única mujer que inventó un dispositivo que se ha convertido en un accesorio indispensable en el mundo del automovilismo. Sin embargo hay quienes señalan Bob Kearns, en 1964, un ingeniero cuyo primer invento fue un peine que dispensaba tónico capilar.

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