Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | La oración está hoy en crisis

“Señor, enséñanos a orar”

Los jóvenes cambian continuamente sus intereses a lo superficial, lo atractivo y fácil

Por: EL INFORMADOR

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     El hombre del siglo actual --esta civilización materialmente avanzada-- pone, si no toda, mucha de su esperanza en la técnica, en la ciencia, con resultados cada vez más eficaces y atractivos; pero al mismo tiempo cada día desconfía más y más, se cuida mucho de sus semejantes. Nunca había sido tan crecida la cantidad de llaves para cerrar puertas, alarmas y seguros. El hombre teme. Confía en la técnica y desconfía del hombre, siempre está inseguro. ¿Será el hombre el “homo homini lupus”, el hombre es el lobo del hombre?

     Mas aparece otra actitud muy frecuente, singularmente en los jóvenes de ahora: atraídos por lo inmediato, hacia lo exterior, a lo cercano y visual, cambian continuamente sus intereses a lo superficial, lo atractivo y fácil, como es ese mundo de colores y sonidos gratos a los oídos y a la vista y vacíos de verdadero contenido.

     Así tan de prisa, es difícil encontrar un espacio en medio de la prisa y el ruido, para entrar en el interior de sí mismo y llegar a una seria reflexión, a un verdadero encuentro consigo mismo; y encontrado, el yo desconocido entra en diálogo con el ser invisible más cercano, el verdadero amigo --si así se le puede llamar-- que es Dios.

     Difícil, mas no imposible, es para el hombre adquirir el arte de orar.

Los doce apóstoles, sencillos hombres del campo, o seguros nada más en el arte de pescar, cuando miraban a su Maestro apartarse, ir a solas a entrar en diálogo con su Padre Celestial, sintieron deseos de hablarle ellos también a Dios, pero no sabían cómo y le pidieron: “Señor, enséñanos a orar”.

     Y sin saberlo ellos, su petición ya era oración, era una súplica salida del corazón. Como oración breve, confiada y eficaz fue la de aquel ciego llamado Bartimeo, que importunó a muchos con sus gritos “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Cristo le mandó llamar y le preguntó: “¿Qué quieres? ¡Señor, que yo vea!”. Y el fruto de esa tan breve oración fue el milagro. Recuperada la vista, saltando de gozo, Bartimeo seguía después al Señor.

La oración está hoy en crisis

     Por principio de cuentas, entra la virtud de la fe. Sin fe no hay oración; una fe débil no es el apoyo necesario para la auténtica oración.

     Cuando el hombre reconoce su incapacidad radical de superar las circunstancias graves que amenazan su integridad, hasta el punto de afrontar la realidad, siente entonces en lo más profundo de sí mismo la necesidad de orar, se siente ligado a un Ser superior.

     La vida no puede estar centrada en uno mismo, en el hombre. Éste tiene imperiosa necesidad de abrirse.

     Cuando el hombre cree que es el único protagonista de su obra, entonces la oración es únicamente “tiempo perdido”, como si no fuera necesaria la oración y tampoco fuera necesario Dios.

     Se trabaja y se suda mucho en afanes pasajeros, se cansan las mentes y los brazos de muchos olvidadizos, porque “si el Señor no califica la casa, en vano se cansan los constructores; si el Señor no guarda la ciudad, en vano se desvelan los que la cuidan” (Salmo 127).

     Dios está en la historia, en la vida, en los intereses y necesidades de todos y cada uno de los hombres; son sus creaturas, son obra de sus manos; han sido creados a su imagen y semejanza, y los ama, los busca y los espera. Mas muchos no quieren buscarlo a Él, ni quieren encontrarlo, ni hablarle.

     Por eso la respuesta del Maestro a sus discípulos es todavía más profunda, más bella, más tierna. Cristo les enseña a orar con la confianza del hijo.

“Padre nuestro que estás en el cielo”


     Ésta es la plegaria cristiana por antonomasia. Es la oración más completa salida del corazón y de los labios del Maestro. Es la oración recitada en veinte siglos sin que se le hagan modificaciones o enmiendas, porque es plegaria divina y es superior al lenguaje de los hombres, para elevar a los hombres a entrar en diálogo con Dios.

     Al hablarle a Dios con el “Padre Nuestro”, el hombre se eleva, porque con su pequeñez llega a la majestad de Dios y con Él entra en diálogo.

     Alguien en estos tiempos emplea esta comparación: ¿Quieres hablar con Dios? Es muy fácil, porque siempre serás escuchado. Toma el teléfono y marca el número uno, que nunca está ocupado. “Habla, te escucha tu Padre Dios”. Te escucha con atención, está sólo para ti; háblale y recibirás la respuesta a tu llamado, mas no con los sonidos de los hombres. Él responde sin sonidos porque su respuesta no va a los oídos, sino hasta el alma.

     Y es larga y corta distancia, cortísima a la vez, pues aunque le dices “que estás en el cielo”, por ubicarte al hablar, está cerca de ti, pues “en Él estamos nos movemos y somos”, como lo sintió San Pablo y como lo han sentido todos los hombres de siglos y siglos, los afortunados por haber hablado con su Padre Dios, y más afortunados por haber escuchado la respuesta.


El “Padre Nuestro”, oración para glorificar, para alabar y para pedir

Es una oración con palabras, porque al pronunciarlas se aviva la fe y se auxilia de la razón y del sentimiento. No es una oración fría, sino con el afecto del hijo y con la sensación del pobre, del débil, del limitado. Está dispuesta en siete peticiones, en una gradación de arriba hacia abajo.

“Santificado sea tu nombre”

     - Que el orante o la asamblea toda ahelen y pidan que el nombre de Dios sea siempre santo, en la mente y en los pechos de todos los hombres. Es el sentimiento bello frente a la absurda y necia exclamación de los blasfemos.
 

“Venga tu Reino”


     - Cuando reinan el odio, o la codicia, o la molicie, desenfreno de pasiones, entonces el mundo es tristeza, es angustia. Está el país sufriendo la injusticia reinante, la inseguridad, los asaltos, los secuestros, la drogadicción incrementada, los desvíos de los jóvenes y otros escándalos.

     Si viene el Reino de Dios, asomará el amor y con él la justicia y la paz, como asoma la faz del sol entre nubes huracanadas y negras.

“Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”     

     El hombre, único en este planeta poseedor de una voluntad libre, quiere ceñir sus sienes con una corona que no le pertenece. Y al querer hacer su voluntad, convierte el don de la libertad en burdo libertinaje. La única voluntad es la del Señor, y la verdadera felicidad está en ser dóciles a la voluntad divina.  

“El pan nuestro de cada día dánoslo hoy "


     Confianza sí, para pedirlo sólo para el día de hoy, para volverlo a pedir mañana; pero al mismo tiempo tiempo, la auténtica solidaridad al pedir el pan nuestro: para mí y para mi prójimo, para mis amigos y mis enemigos. Petición universal y generosa.

     Y además con la palabra pan, los bienes temporales y, más allá todavía, los del alma, los invisibles: tu palabra, tu gracia, tu luz, tu paz.

“Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”

     En el diálogo con Dios, humildemente reconoce el hombre estar manchado y desea ser limpiado con el perdón, y al mismo tiempo, para merecer ese favor él se dispone a hacer algo costoso: él también perdona, para ser perdonado.

     Esta oración es purificadora. Si no desaparecen el rencor,el odio, el deseos de venganza, no obtendrá misericordia.

“No nos dejes caer en la tentación”

     El hombre se siente, se reconoce, frágil, débil en la lucha diaria frente a sus enemigos el demonio, el mundo y la carne. Será fuerte con la fuerza de Dios.

     El Señor Jesús oraba con lágrimas, con angustia, en el Huerto de los Olivos, en espera de la deseada y terrible prisión. Echó una mirada hacia sus discípulos Pedro, Santiago y Juan, dormidos, tirados entre los olivos, y les dijo: “Vigilen y oren para no caer en la tentación”. La tentación fortalece y previene.

“Líbanos del mal”

     Es muy amplia esta última petición. En cualquier tribulación en la cual se reza, la necesidad presente o el temor se detiene; con estas palabras se atrae el auxilio divino para emprender un viaje, una operación.

     Todo lo anterior fue la respuesta a la petición: “Señor, enséñanos a orar”. Y agregamos: Señor, enséñanos a recitar el “Padre Nuestro” con fe, esperanza y caridad.

José R. Ramírez    

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