Suplementos | La sordera del espíritu 'Se abrirán los oídos de los sordos y cantará la lengua de los mudos' En la primera lectura de la misa de este domingo vigésimo tercero ordinario del año, el profeta Isaías anuncia que cuando llegue el Mesías esperado, abrirá los oídos de los sordos y a los mudos se les soltará la lengua Por: EL INFORMADOR 5 de septiembre de 2009 - 12:59 hs En la primera lectura de la misa de este domingo vigésimo tercero ordinario del año, el profeta Isaías anuncia que cuando llegue el Mesías esperado, abrirá los oídos de los sordos y a los mudos se les soltará la lengua. El profeta escribió lo anterior setecientos noventa años antes de que llegara a verse cumplida esta profesía. San Marcos da testimonio de ese cumplimiento. Cristo quiso hacer este milagro con un rito solemne: “Le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Pero el Señor el Señor hizo el milagro con un rito de cuatro tiempos: primero, lo separó de la multitud; segundo, puso los dedos en las orejas; tercero, con saliva le tocó la lengua; y cuarto, le dijo: ‘effetá’, que significa ‘ábrete’. En seguida se abrieron sus oídos y se soltó su lengua”. El contenido espiritual de la forma como el Señor hace el milagro, es una enseñanza para los hombres de entonces, los de siempre, los de ahora. Un mudo es incapaz para comunicarse, está cerrado. Y si es sordo, interpreta todo a su manera, su propio mundo está aparte de los demás. La sordera del espíritu Ésta es una actitud voluntaria. La padece quien se cierra a la palabra de Dios y se nieg a ir también a los demás. Edifica su vida sobre sí mismo. Quiere vivir para sí, consigo, como si estuviera en una isla perdida en el océano. Se cierra a la manera de pensar de los demás y es incapaz de buscar, de interrogar, de mirar más allá de su nariz. Así encara la vida y no tiene disposición alguna para cambiar. Sólo sus intereses personales están en juego. Él tiene y sostiene “su verdad” como si fuera la única; es irreductible en sus ideas y, aunque él lo ignora, es un fanático de sus propias convicciones y hasta un idólatra de sí mismo. Además, se ha hecho su propio, personalísimo código moral. Sabe, según él, lo que le conviene o agrada, y a eso lo llama “bueno”, y a lo que no le gusta o no le acomoda lo define como “malo”. Muchas veces ha caído en ese estado por un libro que alguna vez leyó, por el influjo de alguna otra persona “supo esto o aquello”, por un mal ejemplo, un escándalo o hasta un atropello. En el fondo, a quienes así se han cerrado más se les puede considerar como casos patológicos o de ignorancia supina. El remedio está en que un día Cristo les toque las orejas y les diga la palabra milagrosa: “effetá”, ábrete. Convertirse es abrirse. Cristo predicaba y lo oían, mas no aceptaban su mensaje. Ante sus ojos hacía prodigios nunca antes vistos y no se convencían. La conversión es gracia; les hacía falta lo que dijo Dios por boca de San Pablo: les hacía falta el “incremento”. Porque en la misión de los apóstoles tenían muy claro, como ahora el que predica, que “uno es el que siembra, otro el que riega, pero Dios es el quien el “incremento”, es decir la gracia para la conversión. Pedir cada día la gracia de Dios ¿Quién no se hace sordo a la voz del Señor? Dios es exigente y el hombre a veces quiere responder a la voz de Dios; y otras muchas veces, como cuesta, no quiere escuchar. Para este caso es muy bello este soneto de Lope de Vega: ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno oscuras? ¡Oh, cuanto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras! ¡Cuántas veces el ángel me decía: “Alma, asómate ahora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía”! ¡Y cuántas, hermosura soberana, “mañana le abriremos”, respondía, para lo mismo responder mañana! “Quiero dejar de ser egoísta, soberbio, altanero, perezoso, negligente”. Así un hombre pidió y el milagro se hizo. También se abrieron sus oídos; mejor dicho, se abrió su alma a la gracia y puso en práctica las palabras que de Dios escuchó. También hay mutismo espiritual No comunicar a otros la verdad encontrada es pecado de omisión, es pereza, es egoísmo. “Vayan, prediquen, bauticen”, fue el mandato de Cristo; y los apóstoles, y el mismo Pablo después, fueron incansables “oportune et importune” --oportuna e inoportunamente-- en dar a conocer “lo que vieron, lo que oyeron, lo que con sus manos tocaron”. En el siglo XVI, Santo Domingo de Guzmán fundó la Orden de los Predicadores y exigió con firmeza a sus sacerdotes, cumplir primero el deber sagrado del estudio, y luego el otro deber, no menos importante: predicar, para vencer el mal, la herejía, con la fuerza del bien, la verdad. Llamaron perros a sus predicadores y decían que el perro que no ladraba no merecía la comida. En este tiempo, la falta de comunicación es una de las causas de la muy preocupante ignorancia religiosa. Jesús libera por la fe, para que el creyente suelte la lengua. Qué intrépidos, que perseverantes eran aquellos que predicaban el marxismo, profundamente convencidos de que la “lucha de clases” llevaría a los hombres al “paraíso rojo”. Predicar supone convicción firme, sinceridad, valentía. Y soltar la lengua para orar El hombre es un peregrino que camina siempre hacia adelante, sin poder detenerse ni echar marcha atrás: va hacia su fin, que es Dios-Omega. Mas lo admirable es que desde este “valle de lágrimas” el hombre puede comunicarse con Dios. Es la oración el puente entre la creatura y su creador, y llega a Dios con el pensamiento, el afecto y los sentimientos íntimos de su ser, y también con la palabra, el canto y otras manifestaciones como la danza, el baile. Dios se complace en atender a quien le busca, le escucha y le habla. La oración bien entendida no es un monólogo, no es una consolación del solitario. Orar es elevarse en vuelo por encima del tiempo, arriba del universo, de la humanidad, de la historia, y llegar a la presencia de Dios con adoración, con alabanza, con acción de gracias por la vida y cuanto con la vida llega cada día y cada instante; pedir y más pedir, porque el hombre siente su pequeñez y sus limitaciones y va a quien es todo y todo lo tiene. Jesús, maestro de oración con su ejemplo y sus palabras En los grandes momentos de su vida pública, ante los discípulos elevaba su oración al Padre; a veces lo hacía solo, apartado, en el desierto o en la cumbre del monte, entraba en comunicación con su Padre. Y continuamente exhortaba a sus discípulos a alcanzarlo todo con la oración. Pedir para recibir, tocar para que se abra la puerta, buscar para encontrar, fueron los tres verbos empleados. Además, ante la flaqueza de Pedro, de Santiago y de Juan, vencidos por el sueño, les dio como medicina preventiva: “Vigilad y orad para que no caigais en la tentación”. Ante la súplica de sus amigos, de que los enseñara a orar, dejó para ellos, para todos, la oración que permite llegar a la bondad del “Padre nuestro que estás en el cielo...”.Ante Dios, por tanto, no vale estar ni sordos, ni mudos; siempre abiertos los oídos a la voz liberadora, aunque exija valentía, sinceridad, autenticidad, siempre dispuestos a proclamar con la fe las maravillas de Dios; esparcir el perfume que alegra y vivifica el júbilo de sentirse hijos de Dios, en camino al encuentro con el que es la Vida, y cantar con alegre acento sus grandezas. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También ¿Cómo llegar en camión o tren a la Romería 2025? La gran reunión mágica Romería: Los kilómetros al ritmo de la fe ¿Qué día es la Romería 2025 en Guadalajara? Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones