Suplementos | Vaya extrañeza... El pueblo aunque está muy cambiado, sigue sin cambiar... Sayulita... ¡Me gustó...! Vaya extrañeza... El pueblo aunque está muy cambiado, sigue sin cambiar... Por: EL INFORMADOR 14 de mayo de 2016 - 23:48 hs Experiencia, ¡es lo mismo pero diferente...! EL INFORMADOR / P. Fernández Somellera GUADALAJARA, JALISCO (15/MAY/2016).- Muchos años… muchos, hacía que no iba a Sayulita. Los recuerdos que tenía de ese pequeño lugarcito en la costa nayarita, no muy lejano al pequeño -en ese entonces- Puerto Vallarta, eran de a de veras encantadores… palabra. Y eran encantadores porque no había nada; bueno… casi nada. Una pequeña y polvorosa o lodosa brecha (dependiendo la temporada) era la que, desviándonos de la carretera y con un poco de andar entre el breñal, nos llevaba al incipiente caserío que estaba al doblar la punta de una bahía no muy cerrada, que seguía muy serena y tranquila hasta las rocas de la playa de allá de más al norte, en donde el locuaz, despistado, transa y aborazado de Echeverría (además de agandallarse la roca saliente de la bahía del vecino pueblo de San Pancho para hacer ahí su “chateau” privado) estaba haciendo… ¡a todo lujo! la ilusa y extraviada ¡Universidad Pesquera del Tercer Mundo…! ¡Háganme el favor…! Y, aunque confieso de que bella si quedó… de lo carita que salió mejor ni hablemos… Ahora ¿Qué sirvió para algo? Pos pa´lo mismo que lo que se le unta al queso… ¿Qué se repartieron billetes? Ni pa’ que dudarlo ¿Qué los pescadores recibieron algo? Ni las gracias por haberles hecho el paro a esa bola de bribones. Pero en fin… han de disculparme de haber derivado en esto, tan solo para ubicar el lugar y el momento de ese entonces en donde Sayulita ni siquiera era tomada en cuenta y San Pancho era quien brillaba… lo demás era lo de menos: puro monte y algunos “puebluchos sin importancia” en los alrededores, decían. En una ocasión que navegábamos de pesquería en una panga, distinguimos una playita escondida que a un amigo mío, amante de la naturaleza y de la soledad, le cerró el ojo por ser un lugar perdido y ajeno a todo. Ni quien le hiciera caso a esos lugares inhóspitos y perdidos… Eran otros tiempos. Buscando y buscando dimos con el pueblo de Sayulita. Buscando y buscando dimos con los personajes que lo habitaban. Buscando y buscando empezamos a apreciar las interesantes personalidades de los nativos. Pero también, curiosamente, de algunos extranjeros que tratando de mimetizarse y viviendo como nativos, formaban ya parte de la “fauna” tan sui géneris del lugar. Richard enamorado de las nativas, haciendo bellas construcciones que se empeñaba por mimetizarlas entre la selva. Magnolia y su mascota Jesús, un puerco tamaño Jumbo que se paseaba con holgura por su cabaña. Pam, una guapa filósofa de piel roja que había hecho de Sayulita su entrañable patria. Barrabás (Craig) igualmente filósofo y escritor que, con su perro que era idéntico a él, por las noches regreso a casa se resbalaba con cáscaras de tequila en las oscuras veredas de la selva virgen. La queridísima Tía Adriana que hacía fiestas para los niños del pueblo en su propia casa de allá de más arriba. Don José, el dueño de la ferretería, que con su casi-título de doctor recetaba con bastante acierto a quien le consultara de sus males y dolencias. Y ni qué decir del famosísimo Ruperto… el primero en comerciar con granos y semillas que traía desde San Blas. Era todo un personaje, que además de despachar en la carnicería de la “trastienda” de su casa, inició con sus hijos un restaurante de mariscos que hasta la fecha sigue exitosísimo. Además… por las noches… nos ofrecía función de cine en el patio de su casa, en donde cada quien debía llevar su silla. No puedo pasar por alto a una pequeña y alocada muchachita que de un de repente apareció en escena en el poblado, sin más credenciales que su libertad, su voluntad, su deseo de vivir, su ingenio, simpatía y, su vestido luidito que hacía juego con sus sandalias desgastadas. Nos dijo que se llamaba Tracy; a lo que… dado su encanto, apariencia y locuacidad vital, tuve a bien convertirlo en “Cracy” (locuaz) que le quedó perfecto. Tracy en la actualidad es una exitosísima empresaria, propietaria del famoso “Choco Banana” de la plaza principal, que empezó vendiendo bananas congeladas que, ensartadas en un palito las cubría con chocolate. ¡Bravo Cracy…! Historias sin fin… de la vida que corre a velocidades impresionantes. Hace unos días regresé al lugar y… vaya extrañeza… el pueblo aunque está muy cambiado sigue sin cambiar... afortunadamente sigue igual de locuaz. “Es lo mismo pero diferente” (decía un comercial). Gringas en bikinis exagerados (para gloria de Dios) caminando como si nada por las calles. Chavos regionales peinados tipo cheyenne, algunos luciendo panza con la clásica camiseta arremangada. Pescadores fortachones de piel tostada entregando su cosecha marinera. Familias de turistas bajo las sombrillas de la playa con la hielera al lado, y la suegra derramándose por ambos lados de la silla, al cuidado de los chilpayates. Unos gringos viejos, de color camarón y lente oscuro, se entretienen embarrándose menjurjes con olor a coco. Surfistas fortachones sobre las olas agregan vida al paisaje. Los restauranteros con sus mesas y sillas a media calle, impiden el paso de los coches. El sol agrega bochorno al cuadro, aplasta las figuras y destiñe los colores. Y nada… lo de siempre… ¡Me gustó...! pfs@telmexmail.com Temas Pasaporte Lee También Zacatecas y La Antigua: Viaje a dos joyas históricas de México El arte de saborear Nayarit Un viaje por el tiempo en Cuitzeo, Michoacán Abrazo otoñal en la Riviera Nayarit Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones