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Sábado, 22 de Septiembre 2018

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Suplementos | Un lugar lejano que (si se animan) vale la pena conocer

San Pedro Analco… ya me la debías

Por allá por el mes de agosto intenté llegar al pueblito perdido de San Pedro Analco entre las barrancas del Río Santiago, y no pude

Por: EL INFORMADOR

San Pedro Analco es una pequeñísima población en donde sus menos de trescientos habitantes, se desperezan tratando de mirar a un cielo que con dificultad se asoma entre el lomerío mientras llega la hora de ir a talacharle al cuamil; un incipiente pedazo de tierra remontado entre los cerros -para conveniencia o inconveniencia de lo que se cultive- que para variar, se encuentra envuelto entre la bruma de los inacabables intríngulis ejidales que hacen dudosa su pertenencia.

Una vez, hace ya más de treinta años, hubo una bonanza en la que portentosas compañías mineras, horadando sus cerros molieron las tierras de sus entrañas sacando unos cuantos gramos de plata por cada tonelada. La plata bajó de precio y las pingües ganancias obtenidas, hicieron a los gambusinos hacer las de villadiego, dejando abandonados y a medio escarbar 93 socavones que ahora son abrigo de murciélagos y fuente de historias y leyendas -unas verdaderas y otras como siempre, imaginadas- que hasta la fecha siguen siendo principio y fin de las pláticas interminables de la gente que en espera de algo que posiblemente suceda, permanece ahí.

Para llegar a San Pedro Analco hay que ir a Magdalena; luego a La Quemada; después a Hostotipaquillo donde, a la izquierda, sigue una carretera que va a la enorme y monumental Presa de La Yesca actualmente en construcción; digna de ser presumida por nuestro gobierno.

A la derecha y pasando por el pueblo, comienza la brecha hacia La Estanzuela y luego a La Labor, donde empieza la estrechez de la bajada que cruza el río allá al fondo.

La primera vez no pudimos llegar porque la brecha además de empinada, pedregosa y resbalosa, unos nubarrones negros amenazaban con hacer más complicado el subir y bajar por el incipiente camino. Consideramos que al momento en que los hilitos de agua que corrían por la brechita se convirtieran en torrentes revoltosos corriendo entre las llantas de la Cherocles 2 x 4 (que como los políticos, solo dos son las que jalan y las otras nomás dirigen) harían nuestro caminar más peligroso. Sin embargo,… la espinita de la aventura quedó clavada en el corazón del chofer.
Tres meses después, ya pasando el temporal de aguas, y con una de esas Coyotas 4 x 4 de las que están de moda, decidimos volverlo a intentar.

En 4L y a marcha lenta, bajamos sin dificultad hasta el puente. Cruzamos el Río Santiago ya muy bajo e iniciamos la subida por la aún más estrecha vereda, tan sólo para encontrarnos con una ostentosa “Lobo” que sin dudarlo exigía su paso a toda costa. La reversa de bajada en curva, sin visibilidad y con grandes piedras en el piso, pared de rocas de un lado y el abismo en el otro no fue nada fácil. Tres veces más sucedieron cosas así en el trayecto; pero la libramos pese a la insistencia de quienes encontrábamos, que nos advertían que no pasaríamos por los túneles.
¿Túneles? ¿De qué hablan?

No acabábamos de recuperar el aliento, cuando una enorme pared de piedra con un pequeño agujero cavado en la roca nos marcaba el camino a nuestro destino.

¿Cabremos por ahí? Nos preguntábamos. Tomamos con nuestras manos la medida de nuestra Coyota y luego, ilusos, la medida del sólido y rocoso túnel.

-Pus creo que sí pasamos- dijo Rodrigo, el más aventurero
-Ustedes échenme aguas- propuso el chofer.

Y así, literalmente centímetro a centímetro, y a costo de los espejos laterales, pasamos uno, y luego dos y tres túneles; al cuarto nos quedamos atascados a medio socavón.
-Pos ora dale pa`tras- ordenaba Rodrigo voluntarioso.
-Ey, sí, ta´bien fácil- reclamába el pálido conductor.
Pos total que salimos con bien de aquel atolladero tan solo para ver que el camino de regreso transcurría interminable entre la pared de rocas de un lado y el abismo de unos cien metros en caída libre por el otro.
 -Ahora hay que darle vuelta para regresarnos- dijo confianzudo nuestro echador de aguas.
-Pos ni modo, no hay de otra- dijimos.

Y así, literalmente centímetros para atrás contra el abismo y centímetros para delante contra las rocas, con el alma en un hilo, después de unos treinta movimientos milimétricos de ida y vuelta, logramos ponerle la trompa ya enfilada de regreso.
La dejamos en otro pequeño espacio que pudimos encontrar, con las llantas a no más de 20 cm. del voladero por un lado y lo suficiente para que pudiera pasar, dejando sus huellas en nuestro impecable taxi (así parece por sus colores amarillo y blanco) a otro valiente que quisiera hacerlo.
La siguiente etapa (un par de kilómetros) la tuvimos que hacer a pié, a través de otros cuatro túneles por los que ni de relajo hubiéramos podido pasar.
Tres gallinas, unas ruinas en abandono, varias Lobos y Cheyenes estacionadas trabajosamente entre los cerros, nos condujeron a la pequeña plaza rodeada de antiguas viviendas pintadas de colores contrastantes en donde encontramos con la bonhomía de la gente, que además de contarnos sus cuitas, nos platicaban a trompicones la historia de aquel lugar en donde, (excepto las camionetotas y el enorme esterio que puso un cuate ahí en la entrada) desde hace mucho, mucho tiempo… que no ha pasado nada.
Un lugar lejano que (si se animan) vale la pena conocer.

deviajesyaventuras@informador.com.mx   

Foto 1: Al fin, San Pedro Analco lucía esplendoroso entre las barrancas del Río Santiago.
Foto 2: Rodrigo nos echa aguas para pasar por uno de los túneles excavados en la roca.
Foto 3: Cantiles cavados en la roca son el camino para llegar a San Pedro Analco.

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