Suplementos | Una travesía sorprendente haci el Sur de Venezuela Rumbo a Canayma Una travesía sorprendente y emocionante en un pequeño y enclenque avión hacia el Sur de Venezuela Por: EL INFORMADOR 26 de mayo de 2012 - 23:19 hs Un gran piloto para un pequeño avión. Una travesía sorprendente y emocionante en un pequeño y enclenque avión hacia Venezuela. / GUADALAJARA, JALISCO (27/MAY/2012).- Con las luces del amanecer a orillas del Orinoco, en el hermoso y políticamente conflictivo país de Venezuela, la avioneta nos esperaba. Aunque lucía endeble, decidimos confiar en ella cambiando las malas vibras que a primera vista pudimos tener. “¡No!”, dijimos. “Es ligera pero adecuada. Su potente motor de seguro tiene gasolina. Las llantas están recién infladas y… los vidrios están limpios… ¿Qué más se puede pedir para viajar entre nubes y montañas?”. El piloto, grande y rotundo, se subió a su asiento sin dirigir una mirada, ya no digamos a sus pasajeros, sino a su mismo añoso y enclenque avioncito. Se puso sus audífonos y masivamente ocupó –las cuatro dimensiones de– la mayor parte de la cabina. Un turista iraní, igualmente de grandes proporciones –que además se sentía guapísimo– sin decir agua va, se escurrió hasta el asiento de al lado del redondo capitán, quien por supuesto ni siquiera le dirigió una mirada. Nosotros, parándonos en una de las llantas, logramos alcanzar el piso sin alfombra en donde se localizaban un par de maltrechos asientos, a los que nos atamos con sendos “cinturones de seguridad”. Magaly, la novia venezolana del iraní –de mayor edad que él y nada bonita pero muy simpática–, tuvo que colocarse en un pequeño asiento atrás de nosotros, entre bidones de gasolina (creímos que serían para que no quedara rastro alguno, haciendo así más expedito cualquier trámite posterior). Al sentir que ya habían cerrado la puerta trasera, en donde acomodaron a nuestra amiga venezolana, el grandulón encendió el motor del avioncito que, haciendo un gran estrépito y lanzando bocanadas de humo, parecía estar muy dispuesto para otra más de sus archiconocidas travesías. Aún no habíamos llegado a la pista de despegue, cuando comenzamos a elevarnos, llevados a los cielos por aquel misterioso y mudo hombrón con sus audífonos encasquetados. La primera nube se dejó venir de inmediato y nos adentramos en ella sin más averiguación. La lluvia azotó el parabrisas y el avioncito bajaba y subía a cada instante. Unos larguísimos minutos pasamos a ciegas en territorios angelicales, cuando un hueco que había allá muy alto entre las nubes, hizo que nuestro amigo remontara hacia él. El hermoso valle que vimos al salir, colmado de ríos entre el verdor de la sabana salpicada con algunas palmeras ocasionales, hicieron que nos volviera el alma al cuerpo. Otra enorme torre algodonosa que se alzaba al frente le hizo, por fortuna, efectuar un viraje para pasarla por un lado. Otro valle, cada vez más selvático y arbolado, con más ríos que curveaban a unos cuantos cientos de metros bajo nosotros, nos hizo sentir maripositas en el estómago. De pronto, nuevamente todo desaparecía entre algodones, y en el siguiente instante de nuevo aparecía gloriosa la tupida selva, cada vez más arbolada y llena de maleza. La espesísima vegetación tropical ahí estaba amenazante, arropada por decenas de ríos serpenteantes y lagunas que parecían espejos con las luces del amanecer. Poco más de una hora llevábamos admirando paisajes y traspasando nubes, cuando un brusco e inesperado giro al salir de una de ellas, nos colocó sobre una pista semi pavimentada en donde “caímos” con sorprendente destreza; esquivando además –al estar ya sobre ella– los charcos y huecos que había en su corto trayecto. Descendimos, parándonos en la consabida llanta. El iraní, con gran esfuerzo desenrolló su aterida humanidad tras de nosotros. A su novia la sacaron “dulcemente” por la puertita de atrás. El hombre mudo que piloteaba el avión, siguió impávido en su asiento, y no se movió ni pronunció palabra alguna mientras todo sucedía en su derredor (posiblemente azorado de que hubiéramos llegado a salvo, y no se hubieran necesitado los bidones de gasolina). Una pequeña caseta de control nos cobró una aportación para entrar al Parque Nacional de Canayma (maravilla de la Naturaleza con dos mil 500 millones de años de antigüedad). David, nuestro extraordinario guía, nos esperaba para llevarnos en un camión de doble tracción hasta nuestra cabaña a la orilla de la laguna, con sus aguas enrojecidas por los taninos de los mangles y recibiendo los torrentes de las cascadas. Los Tepuys al fondo, con sus enormes planicies elevadas tan características, completaban el estupendo cuadro de esta región selvática. 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