Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Yo, tan sólo una turista, comencé a temer verme varada ahí, sin comunicación alguna con el exterior

Relato: Después de la tormenta

Los efectos de devastación de una tormenta no pueden compararse, ni mucho menos la forma en que las personas resultan afectadas por la fuerza de la naturaleza.

Por: EL INFORMADOR

Recuerdo el despertar una mañana de verano en una playa de Michoacán y ver cómo las enramadas frente al mar eran paulatinamente desmontadas, tablón por tablón, mientras el río crecía incesante, las olas se levantaban llenas de fuerza y las palmeras se mecían con las ráfagas de viento, casi tocando con sus hojas el suelo. Un ciclón acechaba. No había policías, ni bomberos, ni agentes gubernamentales coordinado la acción; los habitantes sabían perfectamente qué hacer para minimizar los daños a su comunidad.
Yo, tan sólo una turista, comencé a temer verme varada ahí, sin comunicación alguna con el exterior, y sin tener explícitas órdenes de evacuación, partí presurosa hacia Colima a refugiarme. Cuando regresé a la playa un par de días después, parecía como si no hubiera pasado nada, las enramadas habían sido de nuevo instaladas en su lugar; el sol brillaba incesante, una ligera brisa refrescaba a los paseantes que se recostaban en hamacas o se resguardaban bajo la sombra de un árbol. El ánimo de la gente continuaba apacible, alegre, vital.
Anoche dormí poco. Unas horas atrás había entrado en pánico el pueblo sureño de Estados Unidos donde estudio, bajo aviso del inminente paso del “huracán” Hanna, que hasta pocas horas antes de desconectarme de las noticias continuaba siendo aún “tormenta tropical”. Los centros comerciales habían cerrado a las cuatro de la tarde, no sin antes instalar inmensos bultos de arena para proteger los aparadores y mercancía. Las clases en la universidad habían sido canceladas, y demás medidas precautorias fueron decretadas, incluyendo un estatus de “evacuación voluntaria” para los habitantes.
Un día antes me había encontrado con una amiga en el supermercado, me condujo de inmediato a la sección de agua embotellada, insistiéndome que tomara provisiones, pero grande fue su desconcierto al encontrar con que casi toda había desaparecido. Tal vez mis preocupaciones comenzaron cuando presencié el inconcebible espectáculo de anaqueles vacíos en uno de los grandes supermercados estadounidenses, siempre desbordante de mercancía. Pero sin duda, fue el ver aquel inmenso centro comercial cerrar temprano lo que me hizo sentir miedo. ¡Qué peligro nos acechaba que pudiera forzar a los estadounidenses a tomar medidas tan drásticas!
Camino a casa, otra persona me urgió que comprara baterías para lámparas de mano, y sobre todo, parecía consternarle el que yo tuviera un abrelatas manual, ya que ella recién había caído en cuenta que con el suyo, al ser eléctrico, le resultaría difícil sobrevivir a un apagón de días. Ciertamente, contesté. No sé cómo describir mi desconcierto al ver a una sociedad movilizada, con sus ciudadanos en estado de alarma, al ser enviados a su casa temprano, bajo recomendación de tener un “buen libro” a la mano ante la inminente pérdida de electricidad. Había llegado la hora de encerrarse en casa a esperar y aprovechar al máximo las “últimas” horas de televisión.
Las noticias bombardeaban avisos precautorios, con mapas y diagramas con ondas giratorias y coloridas flechas representando la trayectoria del huracán en potencia, así como la señal en vivo de periodistas instalados en las playas, listos para llevar la noticia de la futura tragedia al mundo. Pero Hanna ya había perdido fuerza luego de azotar Haiti, y dejar ahí sí, a muchos sin casa, ni sustento, y a unos cuantos, sin vida.
Empecé a dudar de mi aparente calma, así que me surtí de agua, quité muebles del balcón, desenchufé aparatos y me recluí. Como a la una de la mañana comenzó a soplar el viento. Poco a poco fue aumentando en intensidad, y aunque al principio me recordó las noches de verano en Guadalajara, después, el resquicio de la duda de qué tal que toda esta gente sí esté en lo cierto, me invadió. Y fue así que no pude dormir. Por miedo, no a lo que estaba viviendo, sino a que el pánico colectivo tuviera fundamento.
Al amanecer salí con cámara en mano esperando encontrar árboles caídos, automóviles aplastados, casas volteadas y no sé cuántos más productos de mi imaginación. Pero me encontré con una mañana apacible, calurosa y soleada, con ramas por aquí y por allá, uno que otro árbol trozado y poco más. El viento había soplado con fuerza, pero por fortuna nada grave había sucedido.
Los efectos de devastación de una tormenta no pueden compararse, ni mucho menos la forma en que las personas resultan afectadas por la fuerza de la naturaleza. No se puede minimizar el daño a la propiedad o el dolor que pueda conllevar la pérdida de un ser querido, o un hogar. Pero me parece curiosa la forma tan dispar como he vivido una similar experiencia, pareciera que la calma del mexicano prevalece cuando se avecina la tormenta, mientras que en Estados Unidos es el pánico lo que dicta el comportamiento. ¿Será que cada país es un mundo?

Tapatío

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