Viernes, 10 de Octubre 2025
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Recibieron el Espíritu Santo prometido

Y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse

Por: EL INFORMADOR

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Era un gran día de fiesta para el pueblo judío; le llamaban pentecostés --palabra griega que significa cincuenta días después--, porque ocurría cincuenta días después de la Pascua, fiesta clave de la liberación de dicho pueblo. Era la segunda de las tres fiestas anuales, y a todo varón israelita se le exigía la visita al templo de Jerusalén. Tenía un origen agrícola, pues señalaba el fin de la cosecha de cebada y el principio de la de trigo. Después se le asoció a la promulgación de la ley de Moisés en el Sinaí.

La multitud bulliciosa llenaba casas, calles, plazas en su festejo. Sólo un pequeño grupo --once galileos-- temeroso, encerrado, aseguraba las puertas; nada querían saber del tumulto de allá afuera. Así unidos oraban, obedientes y anhelantes. Su espera estaba fincada en una promesa del Señor Jesús: “Es conveniente que yo me vaya, para enviarles al Espíritu Santo consolador”.

Se les había ordenado: “No se aparten, permanezcan unidos”. Y esperaban. En la hora de Dios estaba previsto el momento culminante, y éste llegó la mañana del domingo.

Un fuerte viento sacudió la casa

Ellos aún no salían de su asombro, ni se atrevían a comentarlo, cuando otro portento se manifestó: sobre la cabeza de cada uno de los once apareció una pequeña lengua de fuego.

El Padre omnipotente y el Unigénito del Padre, hecho hombre para salvarnos, enviaban en ese momento a la Tercera Persona de la angusta Trinidad, al Espíritu Santo, que se manifestaba con dos maravillosos signos: la fuerza impetuosa que sacudió la casa, y la luz para iluminar y encender las almas.

Veinte siglos después, en la catequesis parroquial de una iglesia de pueblo, la maestra les hizo a los alumnos una pregunta difícil: “Niños, hoy nos toca el tema del Espíritu Santo. A ver, santígüense todos y digan: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

“Quién es, y cómo es, el Espíritu Santo?”. Uno de los más avispados contestó a la carrera: “Señorita, es una paloma blanca que llega volando”.
“No. niño. El Espíritu Santo no tiene cuerpo como nosotros, y no es una paloma. Se manifestó en forma de paloma cuando el Hijo fue bautizado en las aguas del río Jordán por Juan Bautista, el Padre dejó escuchar su voz diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. El Espíritu Santo se manifestó así, pero no es paloma”.

Los niños que preguntaron “¿Entonces la paloma no era el Espíritu Santo?” recibieron luego la explicación sobre la diferencia entre el sentido real y el simbólico. “No, niños. Así se manifestó, pero el Espíritu Santo es Dios omnipotente, infinito y eterno. Es más: el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo son distintos, pero son un solo Dios”.

Ya respiraba tranquila la maestra, cuando otro de los niños hizo una respuesta audaz: “¡Señorita, señorita! ¿Entonces el Espíritu Santo es como la electricidad: luz y fuerza, no para verse sino para sentirse?”. La maestra tuvo que reconocer una realidad: Dios inspira a quien Él quiere, cuando quiere y como quiere.

Y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse
     
Los apóstoles, tomados de sus cotidianas labores en el lago de Tiberiades, habían recibido el mandato: “Vayan por todo el mundo. Prediquen la Buena Nueva a todos los hombres”. Allí y entonces se hizo el milagro: ya estaban capacitados para hablar de Cristo resucitado y ser entendidos por todos. Había en Jerusalén, con motivo de la fiesta de pentecostés, medos, partos y elamitas; otros de Mesopotania, Judea y Capadocia; del Ponto y Asia; de Frigia y Panfilia; de Egipto y la zona de Libia que limita con Cirene; otros visitantes del Ponto, de Asia, cretenses y árabes. Y ocurrió el portento: “Y sin embargo, cada quien oye a los apóstoles hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

Cuando en la misa dominical el creyente dice: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica”, en ese momento está profesando, está diciendo en voz alta ser miembro de esa sociedad universal, porque universal ha sido el gran misterio de la redención. Cristo, el Verbo de Dios, se hizo nombre para que todos los hombres se salvaran.

Los apóstoles exaltaron a Dios y sus maravillas en lenguas para ellos, hasta esos días, desconocidas. Muchos de los peregrinos que habían acudido a la fiesta se asombraron ante la maravilla de poder entenderlos.

Entonces se levantó Pedro, cabeza del Nuevo Reino, y se hizo presente ante la multitud. A él le correspondió presentar el punto final de ese acontecimiento, pues también la multitud reunida en la plaza, unos tres mil, pudieron escuchar y entender que Jesús de Nazaret, a quien dieron muerte, había resucitado.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles

Fue cumplida la promesa. El Espíritu Santo cumple siempre su acción en el pueblo de Dios. Conduce sin cesar a los hombres de fe con sus inspiraciones. Desde el comienzo de los tiempos el Espíritu Santo renueva la faz de la tierra y conduce a la salvación. Infunde aliento de vida a la Iglesia, la vivifica y rejuvenece continuamente. Su acción es invisible en el ámbito del pensamiento, del afecto, de la libertad para conducir a la acción.

Aunque han pasado ya muchos años, no se puede olvidar la acción eficaz, luminosa, del Espíritu Santo en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Fue el Espíritu Santo quien inspiró al anciano Sumo Pontífice Juan XXIII a convocar a todos los obispos del orbe católico en cuatro años de intenso trabajo. A muchos tal vez les pareció una locura, pero la acción invisible del Espíritu se sentía. En ese Conciliio la Iglesia se miró en el espejo, se encontró envejecida y no aceptada por muchos hombres de su tiempo. Pero se examinó, se rejuveneció y salió al servicio y la orientación del hombre de su siglo.

Fue sin duda el Espíritu Santo la luz y la fortaleza para dar ese nuevo impulso al Reino de Cristo para las nuevas generaciones, con otra mentalidad, otras necesidades, otros problemas, otras soluciones.

Fue el Papa Pablo VI, también con la luz del Espíritu Santo, quien puso punto final a esta asamblea de los sucesores de los apóstoles, los obispos --alrededor de tres mil--, llenos de fe, encendidos sus corazones en el fervor y con el empeño común de presentarla Buena Nueva, el Evangelio, alegre, vibrante, juvenil.

Ahora en 2012 la Iglesia sigue viviendo de esas luces, de esos efectos fervientes del Concilio. Los apóstoles de entonces, reunidos no en el cenáculo, sino en la Basílica de San Pedro en Roma, no sintieron que era sacudida por un temblor, no vieron luces sobre sus cabezas, pero estaban ciertos de que había descendido sobre ellos el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo conduce sin cesar a los hombres por buenos caminos

El Señor Jesús ha prometido que el Espíritu Santo será un nuevo Consolador. El mundo en estos primeros años del siglo XXI pide a gritos la presencia del Espíritu Santo. ¿Habrá alguien que pueda sentirse satisfecho al ver el espectáculo mundial, nacional, que presentan la prensa, la radio y la televisión todos los días? Incertidumbre, angustia, tristeza,  crímenes, injusticias, opresiones y, a pesar del avance material de los pueblos, desigualdades tremendas en la distribución del pan, señales de la ausencia del Espíritu para iluminar las mentes, para mover los corazones hacia el bien.

Ya no sería pedir los siete dones del Espíritu Santo. Bastaría con decir todos los días: “Te pedimos, Señor, que por acción del Espíritu Santo lleves a la unidad en el amor a los hombres de todas las naciones de la Tierra.
Que el Espíritu Santo ilumine y fortalezca las mentes y los corazones de los hombres, para que venga el Reino de Cruisto, Reino de justicia, de amor y de paz”.

José R. Ramírez Mercado
 

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