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Martes, 19 de Noviembre 2019
Suplementos | Rellenar es no dejar agujeros en el camino. El alma se llena con la práctica de las virtudes teologales, cardinales y morales

Preparen el camino del Señor

Dos hombres escogidos por Dios para recibir su revelación y hacerla saber a los hombres, para su instrucción y edificación, ofrecen su mensaje en este segundo domingo de adviento

Por: EL INFORMADOR

 Dos hombres escogidos por Dios para recibir su revelación y hacerla saber a los hombres, para su instrucción y edificación, ofrecen su mensaje en este segundo domingo de adviento.
     Isaías --el más notable de los cuatro profetas mayores, hijo de Amós, descendiente de familia real--, en su extensa profecía ocho siglos antes de Cristo, en ocasiones se dirige a sus conciudadanos, a veces a extranjeros.
Este profeta anuncia la venida del “siervo de Yavé”, que habrá de traer la salvación, mas se ha de prepararle el camino.
     Y Juan el Bautista, último profeta del Antiguo Testamento y primero y último de la Nueva Alianza, aparece en el desierto “predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados”.
     Juan es el eco de la voz de Isaías, y su presencia es el anuncio de la ya cercana, casi inmediata, llegada del esperado, del Mesías.

“Ya viene detrás de mí
uno más poderoso que yo”

     Así anuncia Juan, con valentía, con humildad, a quien el pueblo de Israel esperó por siglos y siglos.
     El hombre es por esencia un perpetuo e incansable buscador. Está en camino, no ha llegado aún al término de su vida, y siente fatalmente deseos confusos, necesidades imprecisas que atormentan su espíritu.
     Para aturdirse, para asilenciar esas voces interiores, detiene su mirada en lo cercano, en lo visible, en lo tangible. Por eso se vuelca al consumismo --muy alto en este mes de diciembre--, al materialismo y al hedonismo.
     Quiere la gente olvidarse del verdadero rumbo de la vida, y en la práctica vive el consejo de los epicuristas: “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
     Por eso aparecen deformaciones filosóficas, intelectuales, sociales y hasta religiosas. Eso ayer, hoy, siempre, porque el hombre siempre se decide por lo fácil.
     “El que viene es Jesucristo, y es el mismo hoy que ayer, para siempre. No se dejen extraviar por doctrinas llamativas extrañas” (Hebreos 13, 9).

“Que los valles y las
hondonadas se rellenen”

     Rellenar es no dejar agujeros en el camino. El alma se llena con la práctica de las virtudes teologales, cardinales y morales.
     No es suficiente una moral meramente negativa, como la del que tontamente afirma ser bueno porque “no he matado, no he robado”.
     Ser bueno, a los ojos del Señor, es vivir con hechos, no sólo de palabra, la ley del amor. En un solo mandamiento resumió el Señor toda la ley y todos los profetas: en “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”.
     Rellenar es, entonces, poner amor en todo y a todos.

“Que los montes y
colinas se allanen”

     Allanar es emparejar. Así quiere el ciudadano, en la vida terrena, que sus
 calles y sus carreteras puedan ser transitadas sin tropiezos.
     En la vida espiritual, allanar es la labor de quitar. San Juan de la Cruz, artífice y maestro de la perfección interior, en la imagen de la subida del alma a Dios --la subida al monte Carmelo-- pone como primer empeño la vía purgativa.
     Esta vía purgativa es quitar el pecado, quitar el afecto al pecado, quitar cuanto sea obstáculo.     
     En este adviento se invita a quitar odios, rencores y toda clase de excesos. Quitar es hacer fácil la llegada del Señor.

“Que lo torcido se enderece”

     La mentira es del demonio y la hipocresía es una mentira continuada.
Dios es la misma verdad, y la verdad es la vida es la vida.
     En el mundo es común ver la falta de rectitud, de lealtad, de sinceridad.
Hay mentira en la publicidad, en la política, en la vida social. El hombre se vuelve desconfiado porque ha sido engañado, ha sido defraudado.
     Muchos se hacen hábiles en el arte de engañar al prójimo, pero a Dios nadie lo engaña.
     Cristo condenó la mentira y la hipocresía de los fariseos. Que los cristianos luchen por no ser de labio mendaz y lengua fraudulenta. Ni complacerse en murmuraciones, ni ser factores de dificultad. Deben ser derechos, sin curvas, sin torcidas intenciones.

“Que lo escabroso se suavice”

     Cuando se presenta algún candidato para iniciar el proceso de la Iglesia para llevarlo a los altares, se estudian minuciosamente la vida, la familia, las costumbres, el pensamiento, las palabras y los hechos del posible santo.
Mas nunca llegará a ser venerado en los altares, el que no haya vivido heroicamente dos virtudes: la caridad y la humildad.
     Así en la vida de los ya reconocidos santos, se habrán encontrado defectos --pues eran humanos--, mas de distinguieron por su trato suave, porque vivieron el amor y porque siempre se consideraron siervos inútiles.
     Ser suave es no dejarse arrastrar ni de la ira, ni de la soberbia.

“Él los bautizará
con el Espíritu Santo”

     El bautismo de Juan es una prefiguración del bautismo de Cristo. Juan no puede perdonar los pecados, sino que mueve a los pecadores a un deseo de ser perdonados, a pedir perdón a Dios.
     Derrama agua del río Jordán como un símbolo de purificación interior; un signo de conversión; un anhelo de cambiar.
     La conversión que Juan pide a sus oyentes, es por la inminencia del Reino de Dios.
     El bautismo de Juan es un signo provisional, un anticipo del bautismo en el Espíritu Santo que impartirá el que viene detrás de él: es el bautismo sacramento con la gracia santificante, para purificar, limpiar de todo pecado y engendrar nuevos hijos de Dios.
     El adviento es también la voz de Juan el Bautista, con un llamado renovado, como cada año, a la conversión.

Pbro. José R. Ramírez

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