Suplementos | Por: David Izazaga ´Postales urbanas de otoño Cuando comienzas a trabajar de chofer de transporte urbano en Guadalajara a los pocos días te implantan un chip que te hace actuar igual que todos Por: EL INFORMADOR 3 de noviembre de 2012 - 21:48 hs AFERRADOS. Los espacios para sujetarse se desvanecen con cada mano que se ase para mantener en pie un cuerpo. / GUADALAJARA, JALISCO (04/NOV/2012).- Y a mí, ¿cuándo me toca? Hace un par de meses, a unos pasos de la entrada de mi oficina, mataron a balazos a un tipo por la mañana. Su cuerpo quedó atravesado en la banqueta y la mancha de sangre duró ahí varios días. Cuando paso por ahí, no puedo dejar de voltear a ver la mancha que —evidentemente — no está ya, pero que por razones que no entiendo muy bien yo sigo viendo. La mancha tiene forma parecida a la del Continente Africano. Unos meses antes de este asesinato, al novio de una amiga le quitaron a punta de pistola, su camioneta recién salida de la agencia; era sábado, faltaba poco para la media noche y circulaban por Marsella, a una cuadra de Chapultepec. Ya van tres veces en menos de un mes, que cuando voy saliendo de la librería del FCE, sobre Chapultepec, me toca ver a los “motoladrones” en el momento en el que, o le arrancan a alguien un collar o le arrebatan el teléfono celular. Hará unos tres meses, que a un amigo en una de esas tiendas de conveniencia que están sobre la carretera, camino a La Primavera, lo asaltaron y golpearon a plena luz del día. Operan siempre igual: están dentro de un auto, estacionado afuera de la tienda, observando y decidiendo cuál será su próxima víctima. Al mismo amigo, hace unos días, un par de tipos lo asaltaron a las seis de la tarde por el rumbo de Casa Jalisco. Son un par de tipos que se acercan a quien sube o baja de su auto con el pretexto de venderle cinturones o cosas así. Es el gancho: ya que lo tienen cerca le quitan todo, amenazándolo con navaja o pistola. Conozco muchos casos más que me han contado de primera mano. Y les ha sucedido a personas tan cercanas que todos los días me pregunto en qué momento me va a tocar a mí. Ya salgo todos los días, paranoico, desconfiando hasta de unas monjas que venden rompope. “Chulada de maíz prieto” Entro a la farmacia que está ubicada en la esquina en donde se encuentra el puesto de periódicos de Los Hermanos Ceniza (nótese que no es: el puesto que está ubicado donde está la farmacia, sino al revés) y vivo una escena que se repite al menos nueve de las diez veces que la visito: hay como veinte personas en el mostrador —con receta en mano — y cinco señoritas vestidas de uniforme rosa; cuatro que acomodan cajas de medicinas y una que atiende. Quien atiende se está peleando con un cliente por teléfono. Entre que sigue discutiendo y haciendo caras, se digna a atender a los desesperados que esperan, no como han ido llegando sino como a ella se le ocurre que tiene que atenderlos. Alguien protesta que llegó primero y ella, diligente, deja de atender a quien atendía y ahora despacha al quejoso. Cuando me toca, le digo que quiero un desmaquillante, me dice que de cuál y cuando le digo que del que sea, porque así me lo encargaron, me voltea a ver como si le hubiera dicho “¡tu madre es tamalera y le va a los Tecos!”. Me regaña primero, me ilustra después sobre la amplia gama de desmaquillantes y sus efectos en los distintos tipos de pieles… y ya que saca cinco o seis frascos y escojo el primero que se me ocurre, me dice mientras me cobra que al cabo al que van a regañar es a mí. Me pasan a regañar más en esta farmacia que en las visitas a casa de mis papás, pienso. Lo de todos los días Supongo que cuando comienzas a trabajar de chofer de transporte urbano en Guadalajara a los pocos días, y quizá sin que te des cuenta, te implantan un chip que te hace actuar igual que todos. Supongo que son pocos a los que no logran implantárselo. Me subo a un minibús cuyo conductor va hablando por teléfono celular, recibe mi billete, cierra la puerta, me da cambio. Mete clutch, cambia velocidad, sume acelerador, saca clutch, me devuelve cambio. Da vuelta al volante con la mano derecha y el codo izquierdo, porque no suelta el celular. No será novedad describir que maneja como si lo que trajera fueran melones y no seres humanos a los que no les alcanzan las manos y las uñas para sujetarse de donde se puede. Va rapidísimo por una calle que se supone es de baja velocidad. No se detiene a subir pasaje a lo largo de varias cuadras, aún cuando se lo han solicitado. Baja a los pasajeros que le piden la parada, no donde se la piden, sino donde él cree que les va mejor: pasando el semáforo, a principio de la siguiente cuadra, en el carril pegado al camellón… Y parece que es bipolar, porque de repente suelta el teléfono y comienza a avanzar a vuelta de rueda y procura detenerse en cada esquina y busca que le toque el alto a toda costa. Luego se para en una esquina, se baja y se mete en una tienda a que le preparen un lonche. No sé qué me detuvo para no sentarme al volante e irme de ahí con todo el pasaje. Quizás el miedo a que me implantaran el chip. Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones