Suplementos | Las mujeres ganan espacios en las actividades laborales que se pensaban de hombres Poder femenino Las mujeres ganan espacios en las actividades laborales que antes se pensaban exclusivas para hombres Por: EL INFORMADOR 21 de julio de 2013 - 03:50 hs Nombre: Alejandra Vázquez Barajas Edad: 32 años Oficio: Bombero ESPECIAL / GUADALAJARA, JALISCO (21/JUL/2013).- Una dama construyendo un edificio, guiando el tráfico, o extinguiendo un gran incendio? Hace 60 años resultaba impensable imaginar a una mujer desempeñándose profesionalmente en oficios considerados exclusivos para hombres. Hoy en día, ya no es nada extraño observar a mujer en casi todos los ámbitos laborales. Hay oficiales de tránsito, maestras de obra, albañiles, bomberas, mecánicas, electricistas, taxistas, choferes de camiones, militares, policías, o a cargo de aviones, barcos y helicópteros. Es tendencia mundial. Y contrario a lo que podría pensarse, no sólo en los países con mayor desarrollo económico se vive este fenómeno, también en las poblaciones con menores ingresos se puede constatar este fenómeno. Las calles de Guadalajara no son la excepción. Ya sea por gusto o por necesidad, las tapatías trabajan sin descanso, sin miedos y sin ningún reparo en oficios de hombres. Para saberDatos >En México, las mujeres ejercieron su derecho al voto en 1953. >Cuarenta y tres de cada 100 mujeres participan en actividades económicas, de acuerdo con el Instituto Nacional de las Mujeres, en 2012. Hombres son 77 de cada 100. >Los hombres son quienes más se han beneficiado en los últimos 20 años con el incremento salarial en América Latina y el Caribe, se asegura en la Nota de Investigación sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe 1/2013 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Susana Martínez-Restrepo y George Gray Molina). Fuego en la sangre ¿Todos los bomberos soñaron desde niños en calmar las lenguas de fuego que consumen grandes edificios de concreto? No, sin embargo, cuando llega la vocación, se arraiga hasta el tuétano. Así le sucedió a Alejandra Vázquez Barajas, que con 20 años llegó a la Base 1 de Bomberos Guadalajara por una oportunidad de trabajo. “Trabajaba en la Cruz Roja, donde Estudiaba para Técnico en Urgencias Médicas en la Cruz Roja. Un compañero era comandante de Bomberos y me dijo que había plazas. Me llamó la atención, y competí para obtener la mía”. Al igual que los otros aspirantes, la mayoría hombres, realizó un examen físico. En natación tuvo que nadar cien metros, flotar por 10 minutos y sumergirse a una profundidad de seis metros para sacar un objeto del fondo. Finalmente consiguió ser la tercera mujer en la Base. “Para mí fue difícil, porque yo era una persona que no tenía mucho contacto con hombres. La mayoría de mis amigos eran mujeres y entrar a una sociedad laboral llena de hombres se me complicó un poco, pero nada que no pudiera sobrellevar poco a poco”. Al entrar quería hacer lo mismo que ellos, pero en ocasiones le impedían realizar algunas actividades por ser vista como el eslabón delicado en una cadena de hierro insoldable. “En ocasiones por ser mujer te impiden hacer cosas. Es difícil, porque ellos están acostumbrados a realizar las cosas de una cierta forma y al entrar una tienen que salir de ello. Creo que hombres y mujeres debemos ser complemento. No creo en el feminismo, tampoco en el machismo. Creo que cada quien tiene características que nos podrán llevar al éxito en cualquier labor que estemos desempeñando”, recuerda. Un paso a la vez fue demostrando sus capacidades y la fuerza no sólo física para atender emergencias, sino también emocional, ya que en ocasiones el trabajo la lleva a enfrentarse con situaciones que se graban en la memoria. Alejandra viaja por el tiempo y recuerda. Ve a gente herida, requiere de mucho esfuerzo físico. Fue un incendio donde había cinco niños. La mayor de 13 años. Ellos descuidados como la casa sucia. “Fue muy impactante ver cómo estaban tan desprotegidos y comprendí que mi trabajo podía impactar en la sociedad”. Viaja más atrás, a otro incendio. Un hombre desesperado sale de entre las llamas. Busca a su esposa, a su hijo. Ella se acerca para darle malas noticias. Pero al igual que esos casos hay otros que en sus 12 años como bombero le han dejado la satisfacción de poder brindar ayuda a personas en peligro. Ahora comparte sus anécdotas con su esposo, otro bombero con quien lleva nueve años de matrimonio. “Platicamos del trabajo y nos entendemos completamente bien. Los dos tenemos horarios de 24 y 48 horas. Tenemos una hija, a veces él la cuida, otras yo y otro los dos estemos con ella. Es difícil, pero me gusta mi trabajo”. Escultora de detalles Es ella, Eva Chavarín Arreola, y seis hombres en un taller que se encuentra en el pueblo de San Sebastián, al pie del cerro. Se dividen el trabajo, a ella le toca dedicarse a los últimos detalles en la creación de esculturas. Aplica la pigmentación a las piezas. El oro, plata, el albayalde o blanco de España y hasta la cola de conejo para que el aceite pueda entrar en contacto con las fibras vegetales del tablero o lienzo de madera. Son esculturas de hasta cuatro metros en las que trabaja. Se las entregan y las pule para borrar rastros de herramienta. Con lija de esmeril, a mano, porque hay que cuidar detalles del escultor. Con sus palmas obtiene hasta textura de piel en las figuras religiosas que en ocasiones realizan. Hace un año incluso elaboraron un alto relieve de la Última Cena que se encuentra en el Templo del Señor Grande, con una dimensión de seis metros de ancho y dos de altura, pero ésta no fue su primera vocación. “Yo soy preparador físico. Estudié y practico ejercicio. Daba clases de aerobics. En una ocasión hasta iba a dar clases a gimnasios. Llegó el momento en que me tuve que retirar, desmoralizada, porque estudié para instructor”, dice. “Mi esposo se dedica a realizar piezas de ornamentación y su hermano, graduado de Artes Plásticas, se hizo de un taller, donde me invitó a trabajar. Así llegué a trabajar en este lugar, donde también se requiere de esfuerzo físico. Me empecé a involucrar en el trabajo, a pulir las piezas y a darme cuenta de todo lo que puedo hacer. Si modelo cuerpos humanos, ¿por qué no ampliar mis conocimientos a esculpir?”. Los riesgos en el trabajo son el pan de cada día, ya que al elaborar las piezas en materiales tan diversos como madera, resina, pintura y fibra de vidrio las heridas en la piel son comunes. “Este trabajo me encanta, porque te encuentras con lo más sutil y lo más rudo. Es como trasportar lo más feo a lo bello. Como una lucha física y mental”, cuenta. El machismo y los prejuicios en contra de las mujeres, ella los ha vivido en carne propia y ha tenido que aprender a luchar por sus sueños, a imponerse, a tranquilizarse, para después vivir en armonía. “Yo no voy a quitarles su trabajo ni mucho menos. Deben aprender a compartir su trabajo. Tal vez ahora la armonía es mejor, pero sí me costó. A veces decía ‘qué hago aquí’. Pero no, es lo que me gusta y no le voy a dar gusto a ellos. Siempre me protejo de que no me dañen y mantengo mi idea de lograr mis objetivos”. Mejor sin tacones Con más de 15 años dedicándose a polarizar vidrios de todo tipo, Malena Sandoval confiesa que llegó a este oficio, porque no le gustaba caminar con tacones. “Soy secretaria. Estudié para secretaria bilingüe y salí de auxiliar de contador, pero cuando fui a mis prácticas me di cuenta que andar de tacones no me gustaba. Me quedaba muy lejos y tenía que caminar mucho en tacones; resultó que no me gustó. Me gusta más platicar con la gente, conocer a los que llegan con su carro a que se los polarice”. Su hermano inició un negocio para polarizar vidrios y necesitaba quien le ayudara en las tareas del taller, sin pensarlo más de una vez, Malena tomó la decisión de cambiar los tacones por los zapatos deportivos o de suela de caucho y las minifaldas por los overoles y pantalones. “Así que le entré. Me pagaba muy poquito, pero lo hacía para aprender. Vi todo poco a poco, de limpiar el vidrio a pegar. Yo no estudié nada que ver con esto. Me ponía a ver cómo mi hermano hacía las cosas y así me enseñé: haciéndolas, preguntando”, cuenta. Y aunque Malena asegura que fue una decisión personal, por gusto, la verdad es que fue una separación sentimental, un divorcio, el que la orilló a buscar un trabajo de manera urgente. “Yo me separé, me divorcié y pues tenía que entrar a trabajar. Me separé. No sabía ni qué era una manija para subir el vidrio. Me tuve que enseñar. Me obligaba a aprender hasta lo más facilito, como limpiar vidrios. Para mí han sido logros bien grandes”, dice. “Mi hermano me enseñó a limpiar el vidrio por dentro, con navaja, y a usar un buen papel que no se decolore y que vaya a durar. Sólo necesitas una navajita, un portanavajas y una franela. También rotulo diseños por computadora, desde letras para camiones hasta florecitas para las muchachas. Pero al principio, cuando agarraba el plotter, no sabía ni cómo meter el papel”. Después de un tiempo, su hermano cerró el negocio, pero ella ya le había encontrado el gusto, así que tomó las riendas y tras dos años de espera, reabrió el taller de polarizado. “¿Quién dijo que el polarizado no lo puede hacer una mujer? Yo hasta te desarmo un carro, no es tan pesado. Yo no veo las cosas así, yo creo que hay gente con la mentalidad muy chiquita. Estoy satisfecha. Tengo una hija que me ayuda cuando tengo mucho trabajo. Ahorita estamos bien así”. Y a pesar de que cada vez es más común conocer a mujeres dedicadas a los oficios considerados como masculinos, quienes desarrollan una de estas actividades no se escapan al escrutinio de la sociedad. “Eso sí, hay veces en las que estoy trabajando y siento que alguien me está mirando. Yo sólo sentía que alguien estaba ahí parado. Volteé y una señora me estaba viendo, como feo. No me importa”, afirma Malena. Mujer ciclopolicía Con 24 años de edad, María Luisa Gómez se dedica a mantener el orden y la paz pública en la cabecera municipal de Zapopan. Es policía, como muchos miembros de su familia. Papá, mamá, primos, tías; algunos de ellos también militares. Por eso dice llevarlo en la sangre como herencia de familia. Actualmente lleva nueve meses en labores administrativas en el área de ciclopolicía, pero antes de ello se subía en dos ruedas y pedaleaba por las arterias del centro para tener contacto con la ciudadanía y vigilar zonas conflictivas en los alrededores. Antes de ponerse el uniforme azul tenía un negocio, fue estilista y estudió una carrera técnica en administración de empresas, así como un diplomado en criminología. Tras volverse madre soltera decidió que lo mejor para ella y su hijo era tomar la profesión de familia. Ya lleva cuatro años en el cuerpo de Policía Municipal de Zapopan y dice que poco a poco se va ganando su lugar en el trabajo y la admiración de su uniformada familia. Gabriela Carolina Campos Madrid, es otra mujer en el cuerpo policíaco. Tiene 32 años, 11 de ellos laborando de operativa, todos en la calle. Ahora es policía primero en la Unidad de Víctimas de Violencia Intrafamiliar y de Género. “El ser policía me nació por el gusto de servir”, afirma Gabriela, con su mirada oculta tras unas gafas azules. Su cabello recogido en coleta, impecable y su rostro inmutable aparecen como rasgos de personalidad dominante. Es sólo una coraza. Al hablar deja salir su personalidad. “Es común que se encasille a un policía como el malo, el ogro… el represivo, pero necesitas vivirlo para entenderlo. No todos somos así. A mí me gusta mucho el área de Seguridad Pública, porque te deja una satisfacción bien personal, aunque a veces no vuelves a encontrar a la persona que ayudaste”. En el área de Violencia Intrafamiliar ella da apoyo con orientación, información en cuestiones psicológicas y jurídicas, así como asistenciales. Hace visitas domiciliarias de seguimiento porque abre expedientes de cada caso. Esa apariencia ruda se disipa cuando comparte que en ocasiones simpatizar con las víctimas, pues se le revuelven muchos sentimientos al ver menores en servicios de agresiones, violaciones, maltrato y daño psicológico que debe atender. Algunas de los casos que ha atendido requieren de emergencias médicas y justo son esos los que ella considera le han marcado como policía. Por iniciativa tomó un curso en primeros auxilios porque en una ocasión un menor murió ahogado por no poder darle atención hasta que llegara la ambulancia. También he visto compañeros lesionados en el servicio; esas anécdotas la inclinaron a buscar la rama de Policía en la que se desempeña. “Cuando inicié no era común ver mujeres porque se creía que no servíamos en la calle y yo era lo que quería. Antes jamás podías aspirar a ser la encargada de tripulación. Ahora ya hay equidad de género”. “Ahora soy policía primero y quiero certificarme en el área prehospitalaría a nivel nacional en la escuela de la Cruz Verde. ¿Por qué? Pues somos los primeros que llegamos a los servicios, atendemos al lesionado antes de que llegue la ambulancia”. “Un minuto hace la diferencia entre la vida y la muerte y que un policía pueda atender una lesión puedes salvar muchas personas”, dice, antes de tomar sus cosas y retirarse a descansar luego de una jornada de 24 horas. Temas Tapatío Mujeres Lee También ¿Se debe activar la tarjeta de la Pensión Mujeres Bienestar? Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones