Suplementos | El bufet promete que uno comerá de todo, hasta reventar Pesadilla en el infierno de los glotones El bufet promete que uno comerá de todo, hasta reventar. Exagera. Pero una vez adentro del infierno la exageración será el eufemismo de la gula Por: EL INFORMADOR 27 de abril de 2013 - 21:12 hs El tercer círculo. En el bufet las ganas de comer son eternas. ESPECIAL / GUADALAJARA, JALISCO (28/ABR/2013).- Me encuentro en el tercer círculo. En el pantano de los glotones. Pero acá no es el infierno de Dante, acá es la ciudad de Guadalajara, en el Occidente de México. Y no es Guadalajara a secas, sino la Guadalajara pequeña; la que puede gastarse 2.8 salarios mínimos en una sola comida, en un restaurante de bufet que se instaló justo donde el promedio de quienes tienen empleo gana dos salarios mínimos diarios. Separado de Italia por 10 mil 500 kilómetros y un mar bravo, este lugar es la Roma donde no basta con comer, hay que atracarse. Rollos de sushi y roast beef y espaguetis y pizza de salami añejo y helado de tres sabores y perros calientes y gelatina y salchicha alemana a la parrilla y pizza de doble queso y una fuente de chocolate amargo y lomo con piña y chocoflan y macarrones con queso amarillo y puré de papas y salmón a la pimienta y papas a la francesa y chongos zamoranos y brochetas griegas y frijoles refritos y salmón a la mostaza y cebiche estilo Pacífico y lasaña así y asado. Y la gente vino a repetir plato. Y cuando va por la tercera vuelta se acuerda de que no probó todavía la sopa de alubias y de que no le puso a la ensalada uno de los 12 aderezos que se ofrecen en la barra fría. “Habitación maldita /donde ninguna vida se renueva”, escribió Dante Alighieri, hace casi ocho siglos, sobre el infierno de los golosos. Si Dante viviera hoy sabría que la cara del infierno es engañosa. En el siglo XXI tiene forma de cabaña, acogedora alfombra, ricos menús para vegetarianos, hartas proteínas para carnívoros y postres para diabéticos. Los habitantes de este infierno no se han enterado dónde están. Ni siquiera lo sospechan cuando las señales son inequívocas y toman la forma, por ejemplo, de un plato donde al mismo tiempo caben los sushis fritos, el hot dog y la ensalada de garbanzos coronada con chocoflan. Muchos acá son gruesos y sudan de la excitación. Miran sus platos con los ojos lúbricos, jamás hablan con sus acompañantes, se acaban de un sorbo el agua de jamaica porque quieren probar la de horchata y después la de lima. Tragan sin masticar y no les importa que pedazos enteros de su vianda acaben en la alfombra tinta. Cuando sus papilas gustativas les informan que la miel del chocoflan invadió a los garbanzos, los visitantes del infierno dejan el plato a la mitad. Entonces viene un mozo y, con cara de urgencia, hace desaparecer los cuatro platos a la mitad que se han acumulado en la mesa, sobre la cual deposita dos o tres servilletas de papel. Esta escena parece no tener fin. A los glotones cientos de platos blancos y limpios los esperan apilados sobre una mesa, porque varios kilogramos más de alimentos aguardan en varias barras, cuyas charolas galvanizadas se desbordan bajo una luz blanca mortecina. En el infierno el chocoflan y los helados y las salchichas alemanas son eternos. En el infierno las ganas de comer son eternas. “¡Hay que desquitar!”, ordena un pecador a su prole de tres, que gustosa se esparce por los pasillos. Allá van los adolescentes de entre 17 y 10: atropellándose, a empujones, arrebatándose la cuchara para servir lasaña, bromeando y compitiendo por un plato de comida, igual que donde no la hay. Porque esa es otra. Afuera del tercer círculo de Dante, que en el siglo XXI es más bien un espacio cúbico y flemático, otros sufren tinieblas antónimas. Más de siete millones de mexicanos padecen de hambre, afirman los de la Cruzada de Rosario Robles —que estos días es priista y vive su propio vía crucis— . En el municipio de Mezquitic, en el Norte de Jalisco, la insuficiencia de alimentos afecta a uno de cada cuatro. Un poco más lejos, en un municipio chiapaneco que se llama Mitontic, casi la mitad de la gente no sabe lo que es bien alimentarse, no sabe de esta abundancia. No hay que ir tan lejos: en la avenida más próxima a este cubo infernal media docena de niños famélicos pide dinero “para un taco”. Los mal alimentados, dice la ciencia, dejarán la escuela pronto, perderán los dientes, se enfermarán del hígado. Para los sobrealimentados (70% de los mexicanos, según el Instituto Nacional de Salud Pública) vendrán diabetes, infartos y obstrucciones arteriales. Unos y otros, compartirán la misma patria, enferma a su vez de ese padecimiento que se llama desigualdad. Pero es temprano para pensar en esos incómodos temas. Son apenas las tres de la tarde y acá se viene a comer. Tomo un plato blanco y comienzo a coronarlo: salmón a la pimienta; no, salmón a la mostaza; no: los dos; salchicha alemana; sushi capeado; chocoflan, y un puñado de garbanzos, aliñados a un aderezo en crema, de la docena que se sirven aquí. “Era el círculo tercio; fría greva/ de eterna lluvia, habitación maldita /donde ninguna vida se renueva”. Al tercer círculo, querido Dante, se le llama hoy Bufet. El bufet promete que uno comerá de todo, hasta reventar. Exagera. Pero una vez adentro del infierno la exageración será el eufemismo de la gula, y la gula la condición común, el principio y el fin. El sabor de la comida será lo de menos. El bufet promete que uno comerá de todo, hasta reventar. Exagera. Pero una vez adentro del infierno la exageración será el eufemismo de la gula Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones