Suplementos | Ante el misterio de Dios, está el misterio de la existencia humana Para que creyendo tengan vida eterna Dios interviene en la vida del hombre y le ha revelado el verdadero sentido de la existencia de cada uno y de todos Por: EL INFORMADOR 2 de octubre de 2010 - 13:51 hs - / El evangelista y apóstol San Juan, con inspiración de lo alto dijo esta frase, que es del siglo I; y ahora, veinte siglos después, tiene la misma fuerza y la eficacia para el hombre de este tiempo. ¿Quieres salvarte? ¿Sabes, tienes profunda convicción de tu paso por el tiempo, mas con dirección, con camino a otra vida? Ni la ciencia, ni las más profundas elucubraciones de la inteligencia pueden dar la respuesta. Dios se ha manifestado. Dios interviene en la vida del hombre y le ha revelado el verdadero sentido de la existencia de cada uno y de todos. Cristo bajó para indicar el camino para llegar. Nadie, sólo Él, ha podido decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. El camino para llegar a su destino último; la verdad entre muchas verdades a medias; la verdad absoluta, la respuesta a la más profunda interrogación: “¿Yo para qué nací?”; y la vida, porque en el fondo de todo corazón humano está el anhelo de no morir para siempre, de destrucción total, y él ha venido “para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. Mas allí, ante el misterio de Dios, está el misterio de la existencia humana. La respuesta no la da la razón, ésta se queda corta: la respuesta es la fe. El corazón tiene razones que la razón no alcanza Esta expresión del filósofo-teólogo francés Blas Pascal es una respuesta, la del racionalismo, al intento de todo quererlo explicar con las luces de la razón. Muchas veces, en distintos tiempos, se ha pretendido poner en el trono a la razón, y siempre ha quedado un vacío, una angustia, al sentirse los hombres errantes, sin rumbo, sin dirección. Cuando la luz de la fe llega, allí está el testimonio de los grandes convertidos, todo cambia para el hombre. Camina firme, confiado. La fe proyecta una luz divina e ilustra al hombre. Cristo “abrió el camino, en cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido” (Gaudium et Spes No. 22). La fe es don del Espíritu Santo. El antiguo Catecismo de Ripalda se abrió paso con una pregunta y una respuesta: ¿Eres cristiano? --Sí, por la gracia de Dios, soy cristiano. Regalo muy grande es ser creyente, tener fe --y con la fe ser seguidor de Cristo, ser cristiano. Es de un corazón noble saber agradecer. Agradecer la vida, la salud, los bienes materiales, las alegrías. Pero más noble es darle gracias a Dios por habernos permitido haber nacido en un hogar cristiano; estar integrado a Cristo por el bautismo, es el mayor motivo para ser agradecidos con Dios, después del don de la vida. Mas la fe, además de regalo divino, es una búsqueda Porque la fe tiene grados, es perfectible; es una actitud humilde ante las manifestaciones de Dios; es una actitud sincera de responsabilidad amorosa. La fe no es “el opio del pueblo”, porque continuamente pone al hombre --ser pensante y libre-- en crisis, en el predicamento de doblegarse ante los testimonios de la razón, ante la globalización comunicativa actual, ante los millares de ofertas y el contacto con cualquier creencia. Porque la fe es indemostrable, el hombre llega por fin a concluir como ser creyente; el tener fe supone de él una conversión, y esta conversión lleva al amor. Creer es creer en el amor, creer a pesar de las fuertes tendencias al egoísmo, creer en una Realidad Suprema. “Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”, así escribió San Juan a la comunidad cristiana de Asia Menor en el siglo I. Y es insistente en el tema: “Amémonos, porque el amor viene de Dios, y quien ama es quien conoce a Dios y ha nacido de Dios... Nosotros hemos creído en el amor”. La fe no es aceptar un conjunto, una caja donde se guardan los dogmas revelados. No es que Dios existe, sino porque Dios es amor y ama a los seres por Él creados, interviene en la Historia. Dios crea, visita, salva, en todo está su amor. Así se manifiesta Dios viviente: viene, se manifiesta y entra en relación personal con los hombres. “Señor, auméntanos la fe” Fue la súplica humilde de aquellos doce apóstoles, cerca de él, atentos a sus enseñazas, testigos de sus milagros y todavía con sus temores porque era como “apuesta”. Todo lo habían dejado por seguir a Jesús y se la tenían que jugar. Ese ruego de ellos ha sido una enseñanza para todos los seguidores de Cristo. Por eso han llamado a la fe como “la audacia de creer”, porqe implica una decisión contra la corriente, un riesgo, una entrega; no un seguro estático de vida, sino el riesgo de vivir como Jesús hasta las últimas consecuencias, y claramente en varias ocasiones les anunció su decisión de subir a Jerusalén, para ser entregado a los ancianos y a los sumos sacerdotes, ser condenado a morir en la cruz, “ser levantado en alto” y resucitar. Bien se entiende la súplica de los apóstoles: su fe no ha alcanzado todavía el nivel para la gran entrega. La fe y el hombre del siglo XXI Es un reto. Es la valentía del hombre a salir de su soledad y convertirse a Cristo. Es siempre la fe una respuesta personal. Con mucha tristeza una madre de familia comentaba: “Mi hijo el mayor ya no cree, y pretende llevar a sus hermanos por donde él va. ¿Qué hacer?”. Sólo hay un camino: pedir a Dios, pues sólo Dios puede devolverle la fe, el tesoro perdido. En Polonia hace años se divulgó mucho un cartel: una mano desgranando las cuentas de un rosario, y una breve leyenda: “Único camino para devolverle la fe a quien la ha perdido”. Cierto, la fe se apoya y descansa con seguridad granítica en la autoridad de Dios, en la Palabra de Dios. Pero el hecho de entrar en una nueva vida, si se ha decidido creer, coloca al creyente en un compromiso de realizar una tarea constante. El Reino de Dios ya está presente Jesús invita a la fe: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. Dios ha intervenido en forma definitiva en la historia humana por medio de Jesús, y sigue actuando en las personas, en los pueblos, en la humanidad, porque “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Por eso su invitación constante a creer, a creer en la fe, y una fe madura, plena de buenas obras. José R. Ramírez Temas Religión Fe. 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