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Miércoles, 20 de Febrero 2019

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Suplementos | Cuando Jesús entregó la copa para que bebieran de ella, mencionó que se trataba de un “pacto de sangre”, o “sangre de la alianza”

Pacto de sangre

Nos relata el evangelista Marcos que la noche anterior a su ejecución, el Señor Jesús llevó a cabo un ritual que quedó como memorial para todos sus seguidores

Por: EL INFORMADOR

     Nos relata el evangelista Marcos que la noche anterior a su ejecución, el Señor Jesús llevó a cabo un ritual que quedó como memorial para todos sus seguidores: tomando pan sin levadura, y vino, los repartió entre ellos para simbolizar su cuerpo y su sangre que serían entregados para obtener el perdón de los pecados de la humanidad.
     Cuando Jesús entregó la copa para que bebieran de ella, mencionó que se trataba de un “pacto de sangre”, o “sangre de la alianza”. Esta es una afirmación muy importante, porque de todos los pactos que pudieran hacerse en la historia de la Biblia, el más profundo era el pacto de sangre.
     Algunos de los pactos comunes en los tiempos bíblicos incluían los pactos verbales, en los cuales se empeñaba la palabra; los pactos simbólicos, que podían manifestarse intercambiando armas o ropas; los pactos de sal, los pactos señalados con una figura visible como un árbol, una columna de piedras, u otras cosas; sin embargo, no había pacto más profundo que el pacto que incluía el derramamiento de sangre.
     Dios estableció que la única manera en que los pecados podían ser perdonados, era a través del derramamiento de sangre; por eso desde el principio de la historia era común ver a las personas acercarse al perdón de Dios a través del sacrificio de una oveja, una cabra o un novillo. Sin embargo, estos sacrificios eran imperfectos, ya que eran de naturaleza temporal y tenían que volver a presentarse cuando la persona volvía a pecar. Todo esto anticipaba que era necesario que apareciera un sacrificio que fuera definitivo y suficiente.
     Cuando Jesús murió en la cruz, derramó la cantidad de sangre necesaria para que perdiera la vida, aunque la hemorragia no fue la única condición que determinó su muerte; además, su sacrificio cumplió con todos los requerimientos del Padre: se trataba de una víctima perfecta e inocente, cuyo sacrificio no necesitaría ser repetido, ya que se ofrecería una sola vez y para siempre.
     Puesto que la sangre era necesaria para el perdón de pecados, Jesús derramó su sangre para pagar la deuda de toda la humanidad. A cambio de este derramamiento de sangre, cada ser humano en lo particular debe responder con fe, creyendo en el sacrificio de Jesús y entregándole el control de su vida para aprender a vivir como Él. A pesar de lo maravilloso de esta oferta, las personas tienen la libertad de no aceptar o no creer, con lo que ellas mismas van determinando su destino en la eternidad.
     Si bien Jesús derramó su sangre por nuestros pecados (lo cual convierte este pacto en un pacto de sangre), nosotros no necesitamos derramar nuestra propia sangre, sino actuar con fe; no se trata de que hagamos algo para ganar el favor de Dios, o para intentar atenuar los sufrimientos que ya padeció Jesucristo, sino que creamos que ese sacrificio perfecto se llevó a cabo por la poderosa razón de que cada uno de nosotros estaba perdido, y esa era la única manera de salvarnos.
     Para hacer efectivo este pacto de sangre, es necesario creer con el corazón en Jesús como el Señor y el Salvador de nuestra vida; pedirle en nuestras propias palabras que nos limpie y que venga a vivir en nuestro corazón, y que a partir de ahora nos guíe en la vida diaria como el dueño absoluto de nuestra vida. A Él le costó su sangre, a nosotros nos costará nuestra voluntad. ¿Le interesa este pacto?


Angel Flores Rivero   
    iglefamiliar@hotmail.com



    

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