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Jueves, 22 de Agosto 2019
Suplementos | Diego Petersen da en 'Casquillos Negros' una versión distinta del caso Posadas Ocampo

Otra visión de un magnicidio

A 24 años del asesinato del cardenal, Juan Jesús Posadas Ocampo, se publica ‘Casquillos Negros’

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (30/ABR/2017).- La confusión perfectamente planeada por el crimen organizado, la clase política y el Estado derivó en un tiroteo el 23 de mayo de 1993 en el aeropuerto de la ciudad de Guadalajara donde murió el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. De ese hecho histórico reciente surge “Casquillos Negros” (Tusquets, 2017), novela de Diego Petersen Farah, que tomando elementos de la realidad y de su oficio como periodista narra lo que pudo pasar aquella tarde soleada con olor a pólvora quemada de balas de segundo uso, percutidas por elementos oficiales o sicarios del barrio Logan de San Diego.

-¿Cómo surge la necesidad de narrar a Guadalajara, la de contar historias que pongan a la ciudad en un plano literario?

-Decidí que fuera Guadalajara un personaje más de la novela, como lo hacen Leonardo Padura con La Habana o Qiu Xiaolong con Shanghái. Es parte esencial de las novelas negras tener una ciudad que vibre en el fondo de trama.

-El lector y autor mexicano no están muy acostumbrados a leer y crear ficción sobre su historia contemporánea, ¿por qué es difícil abordar temas como el asesinato de un jerarca católico, un candidato presidencial, o presidente del PRI?

-El gran riesgo de los que venimos del periodismo es que gane el “yo” periodista sobre el “yo” narrador. Se nota cuando hay exceso datos o la información no deja que sean los personajes que hablen y actúen sobre la realidad que quieres narrar. La narración literaria te permite a partir de la creación de imágenes, espacios, de personajes ir haciendo verosímil una situación que de otra manera no sería creíble, la realidad es tan cruda, si alguien hubiera inventado el “pozolero” en una novela, hubieran dicho que exageración, por eso es realidad cuando la quieres narrar en la literatura, requiere otras formas de acercamiento. Cuando se trata de personajes muy recientes hay dos métodos: uno es ponerlos en situación, la otra es recurrir a seudónimos que puedan apelar a un personaje real, pero que quede claro que es ficción, un personaje real recrea varios actores sociales a la vez.

-¿Cómo marca el mapa de la violencia, el control del narcotráfico y el crimen organizado la muerte del Cardenal?

-Visto en retrospectiva es un punto de quiebre de un modelo de una pretendida administración del narcotráfico. Si lo vemos hacia atrás del crimen organizado en México, con un modelo de cartel único y de partido único, se quiebra con el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena. El modelo de administración del narco a partir de varios carteles vinculados con diferentes actores o agencias del Estado tiene su quiebre con el asesinato de Posadas y nos permite ver que arriba no sólo estaban peleando dos carteles, sino que abajo también estaban chocando diferentes fuerzas del Estado, una parte del Ejército con parte de la Procuraduría federal. Estos cambios permiten desde el punto de vista de una novela narrarlos para entender de dónde venimos y el acomodo actual.

-¿Quién asesinó al Cardenal?

-¡Yo no! No sé quién fue. Yo narro que el Nintendo de Carpizo fue el primer videojuego con personajes intercambiables, cambiaron el nombre del asesino tres veces, primero dijeron que fue el “Güero camarón”, luego el “Güero jaibo” o el “Negro”. Lo creo y lo que trato de plantear es que el narcotráfico es la punta de un iceberg y no vemos el tremendo témpano que son las raíces que sostienen al narcotráfico que están perfectamente claros que son el Estado y la sociedad. Por la sociedad me refiero de sus empresarios, ciudadanos y la Iglesia católica. Lo que narro es quien haya matado al cardenal tenía que ver mucho más que una guerra entre dos bandos, abajo es la disputa entre el Chapo y los Arellano, además había una confrontación al interior del Estado y había relaciones del Estado con el narcotráfico.

 -En “Los que habitan el abismo”, hicieron su aparición Beto Zaragoza y el Capitán Peláez, ¿cómo fue la experiencia de contar otra historia con ellos?

-En la primera novela adquirieron su propia personalidad que permitió continuar como personajes con vida propia. Zaragoza y Peláez son dos personajes que se respetan y se estiman, pero por sus posiciones tienen mucha confrontación, en el fondo se dan cuenta que son lo más parecido a un amigo, llevan años y años juntos. Busqué un caso que fuera atractivo como el de Posadas para que ellos lo pudieran contar a su manera.

-Beto Zaragoza pertenece a esa estirpe de reporteros de seguridad que se forjaron en la calle y no el aula, ¿cuáles son las características que más destacas en él para encontrar el cabo del crimen?

-Beto tiene una habilidad nata desarrollada en el oficio y no en la academia para leer los signos de los cadáveres, pudiera ser un gran semiólogo, pero él jamás estudió semiología. Sabe leer la escena del crimen, a él le habla la escena porque conoce las diferentes maneras de matar. Eso nos refleja la forma de vivir como de matar. La novela negra te permite ver las formas de cómo matamos, las formas de cómo se relacionan las altas esferas con los bajos mundos, Beto lee estos signos, con una ética muy particular en su visión del periodismo y la libertad. Lo que demuestra Beto es que para hacer periodismo de investigación no se necesita pasar por la alta academia. El oficio del periodista se debe fundamentar en las ganas de saber y conocer la realidad en la que te mueves y a partir de ahí interpretar los datos que la realidad te da. Lo más importante es saber preguntar, la pregunta que no te haces es la que nunca te respondes. Beto tiene la capacidad de reportear donde nadie lo hace.

-“El Tripa” es el retrato de policía secreta y de los cuerpos de seguridad de México ¿consideras que en la actualidad continúan operando este modelo de policía en el país?

-Entender la evolución de “El Tripa” es también entender la evolución del modelo de policía secreta a un modelo más profesional. Sin embargo, él refleja el paso de los estudiantes de los años setenta que se dedicaron a la “grilla”, aprendió más de Derecho en la cantina La Iberia que en la universidad. Esto le permitió sobrevivir y hacer trabajos para la Federación de Estudiantes de Guadalajara, obtener una “charola” de la Dirección de Seguridad Federal y luego evoluciona por sus habilidades propias a ser parte del CISEN, de alguna manera refleja cómo ha ido evolucionando, no mejorando las formas de trabajar la seguridad pública y del Estado.

-En las cartas le das voz a un personaje femenino ¿cómo surge la idea de que fuera ella la que explicará la versión del asesinato del Cardenal?

-La parte de las cartas permite llevar el hilo de lo que pudo haber pasado aquella tarde, fue la parte más satisfactoria por el ejercicio narrativo. Quería que fuera un testimonio, que no pareciera un reportaje. Tenía que explicar cómo el padre Montes llegó a ser lo que fue, había que construir el por qué hizo lo que hizo, se logró a partir del sentir de un niño que llenó de coraje a la familia por los abusos de su papá y abusos sexuales. Narrarlo en segunda persona fue para generar esa sensación de no saber quién lo está escribiendo.

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Presentación del libro “Casquillos negros”, de Diego Petersen, el próximo jueves 4 de mayo, en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, 20:00 horas. Participan Karla Sandomingo, Fernando M. González y el autor.

EL INFORMADOR / JOEL CASTILLO

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