Domingo, 12 de Octubre 2025
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Nueva ley para el Nuevo Reino

Proclamar la Buena Nueva: buena porque viene de Dios, y cuanto viene de Dios es bueno

Por: EL INFORMADOR

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     Es solemne el comienzo de la predicación de Jesús el Hijo de Dios.

     Han llegado el día y la hora de proclamar y promulgar.

     Proclamar la Buena Nueva: buena porque viene de Dios, y cuanto viene de Dios es bueno; nueva porque nunca antes había sido dada a la humanidad.      

     Los profetas sólo anunciaban ese advenimiento, mas ellos ya quedaron atrás, hasta el último, Juan el Bautista.

     Ahora el Padre mismo habla por boca de su Hijo, que ha venido a traer el fuego del amor, a proclamar el amor del Padre y el mensaje de salvación para todos los hombres.

     Promulgar la nueva ley: Alguien escribió una frase un tanto atrevida: El decálogo da los señalamientos para ser hombres buenos, y el Sermón de la Montaña marca ocho senderos para escalar a la cumbre de la santidad.

El Sermón de la Montaña  

     Escenario para la promulgación dfe la antigua ley fue el Monte Sinaí.

     La montaña es ahora escogida por Cristo como lugar preferido. Hay una preferencia, las cumbres, para los momentos grandes en la vida del Señor.

Le fue siempre grato al Señor subir a lo alto de los montes, para elevarse en oración con su Padre; en un monte se transfiguró, dejó ver la majestad divina en la pequeñez humana, ante los tres azorados testigos, y la voz del Padre y el Espíritu Santo en la nube luminosa fue la teofanía o manifestación.

     Y un monte, el Calvario o de la Calavera, fue el escenario de la oblación suprema.

Bienaventurados, felices, dichosos

     Estos tres vocablos son sinónimos, mas por tradición de siglos se le ha llamado a este discurso de Cristo el Sermón de las Bienaventuranzas.

     Ocho refiere San Marcos y San Lucas presenta el mismo tema en dos partes: cuatro positivas y cuatro negativas, para dejar de manifiesto el blanco de contradicción de siempre.

     Cristo invita a todos a ser felices. Bienaventurado es quien ha salido bien de una aventura; por ejemplo, se hizo a la mar, sobrellevó tempestades, mareos, peligros y piratas, mas por fin llegó al puerto deseado. Le fue bien en la aventura.

     La vida es una gran aventura. Son estas ocho bienaventuranzas, ocho distintas maneras para ir más allá de esas locuras de poder, de dinero, de esas fuugaces atracciones engañosas del mundo.

     Son ocho caminos abiertos a Dios, para vivir con los bienes de la tierra sin apegar el corazón, sin especular, sólo con el bienestar terrestre.

Las bienaventuranzas son:

     Cumbre, porque son un ideal, una apertura a Dios y a los hombres en una sabia forma de valorar todo con nueva mirada.

     Pluralismo, porque son distintas maneras de comunicar según los propios carismas.

     Antipoder, porque ofrece un orden mayor distinto y superior a todos los planes de los hombres; son, cada una, una paradoja, un aparente contrasentido.

     Mas quienes las han vivido allí han encontrado la felicidad buscada, son el antipoder frente a las aspiraciones de muchos.

Jesús comenzó a enseñarles y dijo:

     “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

     Llama felices, dichosos, a los que tienen alma de pobres. Tengan o no tengan bienes materiales, la pobreza de espíritu es una disposición interior del alma y del espíritu.

     Si no se apega, si se despoja de toda servidumbre, así de lo material como de otros atractivos, entonces es pobre.

     Es una libertad interior. San Antonio Abad regaló todas sus tierras, mas fue verdaderamente pobre cuando se despojó de sus pasiones, su egoísmo.   

“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”.

     Llorar, pero de pena, de compasión al sentir las desgracias ajenas. Sufrir por los sufrimientos de los golpeados por la vida. “¿Quién se enferma sin que yo no me enferme con él?” (2a. Cor. 11, 29) Así sentía San Pablo.

Llorar porque, peregrinos todavía, es seguir las huellas de Cristo en el que es la Cabeza, y en el cuerpo a todos los que sufren.

     “Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra”.

     Éstos no son los que se rinden la maldad, ni los que no se rebelan contra el mal, sino los que luchan contra el mal viviendo, practicando, el bien.

     No los débiles, no los impotentes para combatir en la vida, sino los valientes que no ponen violencia contra la violencia.

     “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.

     Tener hambre y sed de justicia significa buscar “el Reino de Dios y su justicia”.

     En este siglo XXI cada día crece el anhelo de justicia. Mas se olvida que debe ser obra de todos.

     Así como el amor se alimenta de amor, la justicia se alimenta de justicia. La justicia ha de empezar por sí mismo. No se puede exigir justicia si no se aplica la justicia en su propia persona. “Si la justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarás en el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 20).

     “Bienaventurados los misericordiosos porque obtendrán misericordia”. El cristiano ha de ser íntegro con el íntegro, limpio con el limpio, misericordioso con todos. Con la medida con que mides serás medido. Comprensión es no juzgar, no condenar.

     “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Esta limpieza es la rectitud del corazón, es la sinceridad para ver todo con buenos ojos, sin malicia.

     “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque se llaman hijos de Dios”. Si viven el amor, si luchan por la justicia, entonces serán artífices de la paz. La paz no se obtiene con las solas potencias del mundo. Ejemplo: el mundo de hoy.

     “Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Es un camino para los valientes. Es el glorioso ejército de los mártires en seguimiento de Cristo. También los mártires con su derramamiento de sangre, con un martirio oculto, sólo visto por los ojos de Dios.

     Ahora, siglo XXI, y siempre, el Sermón de la Montaña es una respuesta a la búsqueda humana, es el camino, o más bien los ocho caminos para alcanzar la felicidad definitiva. Es la flecha que indica cómo poseer el Reino, vivir la filiación divina.

José R. Ramírez Mercado  

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