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Domingo, 17 de Noviembre 2019
Suplementos | No todo el hombre termina en el polvo, porque no se es solamente polvo

Ni se apagará la luz, ni se extinguirá el fuego del amor

En este domingo décimo tercero ordinario del año, las tres lecturas de la Santa Misa apuntan a una sola idea: Dios le pondrá un término al mundo, como un árbol que cae

Por: EL INFORMADOR

     En este domingo décimo tercero ordinario del año, las tres lecturas de la Santa Misa apuntan a una sola idea: Dios le pondrá un término al mundo, como un árbol que cae; también todos y cada uno de los hombres, por su condición de mortales, llegarán a su final en el tiempo. ¿Cómo será eso? ¿Cuándo? Ya... todavía no... misterio...
     Hace apenas una semana los medios de comunicación masiva daban el resultado de una encuesta, fruto de entrevistas a jóvenes, muchachos y muchachas, y el mayor temor de la mayoría era la certeza de tener --así con ese verbo-- que morir.
     Mas no solamente piensan así los jóvenes. En la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” (Gozo y esperanza), sobre la Iglesia en el mundo actual, los obispos de todo el orbe dejaron esta reflexión: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y el adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte”
(GS 18).
     No todo el hombre termina en el polvo, porque no se es solamente polvo. No vino sólo para trabajar, sufrir, amar, morir. Vino para trascender al tiempo y a la materia. Ante el enigma de la muerte, sólo Dios es la respuesta, y en Dios no se apaga la luz ni se extingue el fuego del amor.

Perspectivas estrechas
cuando falta la fe

Cada época tiene sus luces y sus sombras. Las luces de este tiempo, de estos años, son el disfrute de todos los adelantos de la técnica con la satisfacción de que todo es más llevadero, más cómodo, más fácil, más agradable. Muchos hasta han encontrado un inconsciente dejarse llevar por ese conjunto de recursos englobados llamado progreso; y así lo es, mas sólo en lo material.
     Allá en lo más profundo, en lo espiritual, está la otra cara, la negativa de esta época: las miserias, las injusticias, la violencia, el afán enfermizo en la lucha no siempre sana y noble por tener dinero; vicio, pasión que tiene su nombre, la codicia.
     Mucho sufren los pueblos, las familias y los hombres por esa pasión de mil maneras manifestada. Y la codicia es para tener y para consumir. El consumo se ha incrementado, no en la línea sana de adquirir bienes y servicios necesarios y útiles, sino a lo superfluo y hasta la vanidad y la ostentación. Muchas riquezas acumuladas, mientras otros, y no lejos, carecen hasta del pan de cada día. Allí está el pecado de la injusticia, allí los contrastes entre la opulencia y la miseria, dos desgracias, porque ni una ni otra deberán de aparecer.
     Miseria espiritual es también ese “standard” de ser, de pensar, si es que piensan; visten igual, hablan de lo mismo y consumen lo mismo; son seres en serie fruto de la indiferencia, con poco o ningún interés por los temas espirituales, religiosos.
     Y luego la globalización, el amontonamiento en las urbes, la masificación, la despersonalización, el desorden, la prisa, el ruido y el deterioro de la casa que Dios le dio al hombre: su planeta. Muchas de estas miserias nacen, crecen, se desarrollan cuando falta la fe. Dios no quiere el mal; éste no procede de Dios; es el hombre, cegado por sus pasiones, la causa del pecado, de los males.

La presencia de Cristo debe
impregnar al mundo ahora

     Ante un mundo distraído y acelerado, la presencia de Cristo es la luz que brilla en el horizonte y la da sentido y razón a todo. El mensaje no es que ya todo ha concluído, no una tragedia cósmica y universal, sino la alegría de que Cristo está presente para transformar a un mundo envejecido.
     Debe entenderse como la destrucción del orden anterior, a fin de que se llegue a algo nuevo.
     Cristo es lo nuevo de Dios. Así debe de cambiar la vida de los hombres ante la luz de Cristo, porque su presencia es para que no reine un orden establecido por el egoísmo. Que desapareza en la tierra la manera de sentir y pensar del descreimiento y la dureza de corazón.
     El mensaje de este domingo no es para asustar, sino para que los ojos de los hombres vean más allá de donde día a día miran. Mirar más arriba, y tener por cierto que sin una apertura hacia lo divino, la vida humana es una desgracia, una calamidad.

Un clima de filial
confianza en Dios

     Desde hace meses en boca de todos está una queja común: se ha caído la economía, a nivel mundial. No hay un rincón del globo en donde no lamenten el desplome de las finanzas, hasta dentro de los países poderosos, y su consecuencias en los pueblos de pocos recursos es la preocupación. Sin embargo, ni antes, ni ahora, ni nunca el remedio estará en sólo lamentarse. No es el fin del mundo, y el remedio está en Dios con el esfuerzo del hombre: “Ayúdate, que yo te ayudaré”. Primero, pues, confiar en Dios.
     A veces el hombre olvida que Dios es Padre. Toda la revelación al aparecer Cristo en la tierra, afirma que es amor que lleva al conocimiento de la majestad de Dios; mas lo presenta como es, como el Padre que todo lo ha dispuesto para bien de los hombres.
     Es el Padre providente, y por Cristo se puede alcanzar todo. “Lo que pidan a mi Padre, en mi nombre, les será concedido”.
     En estos días de crisis, debemos acudir al Padre, confiar en su bondad, en su misericordia,confiar en Él. Y luego:

Cumplir, soportar, amar

     Es, sencillamente, una advertencia para que la libertad humana acepte la voluntad divina. Es el tiempo del espíritu. Por eso la imagen de la higuera que se cubre de verdes hojas y así anuncia la llegada del verano, la estación propicia para dar no sólo hojas verdes, sino los frutos maduros.
     Cumplir en el trabajo de cada día; en los estudios los estudiantes, y dispuestos todos a dar solución a cuanto sea una barrera, aunque se manifieste difícil de ir más allá.
     Soportar, porque no siempre hay días de sol y alegría, sino que son frecuentes los vientos fríos y las horas amargas. Pero en todo, confiar en Dios y luchar.
     Y en todo el amor a Dios, a los cercanos, a los buenos y a todos. No es el anuncio final, sino un renovar el castillo interior, ante la certeza de que se ha de llegar el día de rendir cuentas, y aprender a valorar lo que debe ser valorado y distinguido, de lo intrascendente y relativo.

Estén atentos y vigilen

     “Y lo que digo a ustedes, se lo repito a todos: ¡vigilen!”.
     El que vigila o hace la guardia no puede, no debe distraerse, porque un descuido puede ser fatal.
     Se vive una sola vez. Cada hombre se juega la única carta de la vida. No hay otra vida para rehacer, para enmendar.
     El cristiano debe estar siempre vigilante, ni dormido, ni ciego, ni mudo. Asumir la vida con responsabilidad, con seriedad.
     Es el tiempo de rehacer la propia vida conforme a Cristo, e interpretar conforme al Evangelio, eso es ser vigilante.

Fase gloriosa del
Reino de Dios

     “Entonces verán venir al Hijo del hombre con gran poder y majestad, y Él enviará a sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales”.
     Por tanto, el fin del mundo para los cristianos, los bautizados, los elegidos, es motivo de alegría, de esperanza. Es una manifestación gloriosa y universal de Cristo.
     Esta esperanza lanzó a los apóstoles a predicar con fuego la Buena Nueva. A Pablo le dio fortaleza para anunciar a Cristo por todos los pueblos del Imperio Romano, para poder ver cómo volvía Cristo.
     El cristiano del siglo XXI ha de esperar con alegría, pero con la idea clara de que es él, el bautizado, responsable en cierta manera de la salvación del mundo. Por eso siempre ha de llevar en su mente la idea de que por ser bautizado, es discípulo y ha de ser misionero. Así, con esta clara idea, manifestar ante el mundo que cree en Dios, y si cree en Dios cree en la salvación del mundo. Espera en Dios, espera la salvación del mundo, ama a Dios, y amar a Dios es amar a los hombres y al mundo, como Él los ha amado.

Pbro. José R. Ramírez                  

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