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Sábado, 22 de Septiembre 2018

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Suplementos | Cristo es el Rey que invita, y espera a que lleguen de todos los cruces

Mira a tu Rey

Éste es el último domingo del año de la Iglesia. Después de cincuenta y un domingos el pueblo creyente contempla hoy a su Salvador con gran poder y majestad

Por: EL INFORMADOR

    Éste es el último domingo del año de la Iglesia. Después de cincuenta y un domingos el pueblo creyente contempla hoy a su Salvador con gran poder y majestad, Rey del Universo, de los seres inanimados, de los animales domésticos y salvajes, de los que se mueven en las aguas, en los vientos y en la tierra, y de los seres pensantes y libres, de los hombres.
     El evangelio de este domingo, del ciclo A, presenta a Cristo, el Salvador, en su tercera venida, ahora como juez, a quien le han rendido cuentas los que ya llegaron a su presencia y ante quien le darán la razón de sus obras quienes vengan llegando ante Él, quien aparece como el dueño de la vida y premia o castiga, y el pastor que separa a las ovejas de los cabritos.
     La primera venida fue luz en las tinieblas la noche de Belén: la segunda, su oculta presencia en medio, entre los suyos, en su Reino, en su Iglesia. Su presencia en la historia de la humanidad fue la llegada del Mesías Rey, anunciada y esperada por siglos.

Mira a tu Rey acostado
sobre las pajas del pesebre

     “Vino a los suyos y los suyos no lo reconocieron”. Los de ojos limpios por su sencillez, sí lo reconocieron. Los pastores dejaron sus rebaños y corrieron a verlo, a adorarlo, a ofrecerle sus regalos. Los magos de Oriente dejaron su tranquila comodidad y emprendieron largo camino para postrarse ante el recién nacido, y, abiertos sus cofres y sus corazones, de allí sacaron incienso, oro y mirra para el Rey de los judíos.

Mira al Rey, Maestro y misericordioso

     Así lo contemplaron las multitudes, ávidas de escuchar las maravillas que de su corazón brotaban por sus labios y de recibir de su bondad: salud los enfermos, consuelo los tristes, libertad los oprimidos por las esclavitudes del mundo, del demonio y de la carne. Siempre buscó el Rey a los pecadores, a los débiles, a los golpeados por las injusticias de los poderosos, y regó la alegría, la gracia y la salvación por donde iban sus pasos.

Mira al Rey montado
en un asno pequeño  

     Así lo vieron y aclamaron a gritos, tremolando palmas y ramas de olivo, los habitantes de Jerusalén, en aquel domingo de alegría. “He aquí que viene tu Rey con mansedumbre”. Rey humilde, Rey de la paz, entra en su ciudad el descendiente, en lo humano, del Rey David.
     Los judíos esperaban otro Mesías: armado, quizá caballero en un brioso corcel y empuñando la espada. Un Mesías fuerte, victorioso en lides humanas para engrandecer a su pueblo, con los dos grandes enunciados de los mundanos: el dinero y el poder. Por eso se irritan cuando el pueblo aclama a quien con humildad se presenta en su ciudad capital. “Él no debe seguir adelante”, lo ha dicho el sumo sacerdote. “Es mejor que muera un hombre y no que perezca todo el pueblo”. Mas sus palabras, sin quererlo, fueron proféticas: la muerte de uno, del justo, de Cristo, sería la salvación de todos. “Mira a tu Rey, que viene a ti justo y vituoso, modesto y cabalgando en un asno, un pollino de borrica”.

Mira aquí al hombre, al Rey

     Cinco días después de esa alegre entrada triunfal, surgió la misma multitud voluble, cuando el cobarde Poncio Pilato presentó al hombre, vestido de púrpura y sangrante; todos, azuzados por los poderosos, ciegos, necios, gritaban: “¡crucifícale!, ¡crucifícale!”.
     En seis distintas ocasiones el Señor Jesús con toda claridad les anunció a sus discípulos que tenía que subir a Jerusalén, a ser rechazado por los sumos sacerdotes, por los escribas, y luego ser injustamente juzgado y condenado a muerte. Así, a gritos piden la libertad de Barrabás, un perverso asesino, y que el justo sea llevado a la cruz, castigo destinado para los malhechores de mayores crímenes y maldades.

Mira al Rey clavado en la cruz

     Así, con crueldad, taladraron sus manos y sus pies para levantarlo en alto, entre el cielo y la tierra, y esperaron que llegara el final. Y enmudecieron la boca fuente de verdad y de vida, porque ellos eran hijos de las tinieblas, discípulos del padre de la mentira y caminantes hacia la muerte.
En unas tablas quedó escrito el reconocimiento del mismo Poncio Pilato, que para siempre dejó señalada la personalidad del que gota a gota iba lavando con su sangre redentora las culpas de la humanidad entera.

Mira al Rey compasivo y misericordioso

     Mas antes de que sus labios se cierren en el silencio de la muerte, dejan caer sobre los enfurecidos verdugos el fresco rocío de su amor, de su misericordia: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
El perdón de Cristo es la actitud permanente en su presencia en el caminar de la humanidad. La imagen de Cristo es bondad, es dar la alegría de la salvación a Zaqueo y a María, pecadora postrada a sus pies; a la otra mujer, a la sorprendida en flagrante adulterio, y a muchos y muchas pecadores y pecadoras. “Padre, perdónalos...”.

Mira a tu Rey que
te invita a su mesa

     La parábola del Rey que invita a sus amigos a la boda de su hijo, es un símbolo. Cristo es el Rey que invita, y espera a que lleguen de todos los cruces de los caminos y con Él se sienten a su mesa. El banquete de la Santa Eucaristía es una manifestación del infinito amor del Rey, al quedarse como alimento que da lavida y en prenda de Vida Eterna: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día”. “Éste es el pan bajado del cielo; no como el pan que comieron sus padres y murieron. El que come de este pan vivirá para siempre” (Juan 6, 54-58).

Mira al Rey que viene a
administrar rectamente la justicia

     En el santo evangelio de este domingo con que se cierra el ciclo A del culto litúrgico de la Iglesia, San Mateo, en el capítulo 25, presenta a Cristo Rey.
     Son las palabras del mismo Cristo que anuncia: “Cuando venga el Hijo del hombre rodeado de su gloria, con autoridad propia, inapelable, elegirá a unos y reprobará a otros. A su derecha los que supieron y practicaron que ese temporal llamado vida era para vivirlo en el amor a Dios y a sus semejantes. Juzgados por el amor, premiados porque vivieron el amor.
“Allí serán las preguntas: ¿Qué has hecho ante tus hermanos con hambre, con sed? ¿Con qué ojos miraste al inmigrante, al triste, al enfermo, al prisionero?¿Me viste, viste mi imagen en esos seres humanos cargados de desdichas?
“Los pobres de espíritu, los mansos, los sensibles con hambre y sed de justicia, serán llamados así: ‘Vengan, benditos de mi Padre. Tomen posesión del Reino preparado para ustedes...’” (Mateo 25, 34).

Ahora el Rey mira dónde
hubo amor y dónde no

     El criterio fundamental es el amor comprometido y misericordioso. El Rey juzga según el amor manifestado. “Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.
     Y dirá también a los de la izquierda: “Cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo”.
     El amor es una lucha por la verdad, por la vida, por la justicia. El desamor merece castigo. Desigual es la suerte última, como desigual fue la vida.
La justicia está en dar a cada quien según sus obras.

Pbro. José R. Ramírez         

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