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Suplementos | Una de las dos islas del lago de Chapala que posee bravías historias de los locales

'Mezcala: heroísmo olvidado'

Una de las dos islas del lago de Chapala que posee bravías historias de los locales
Panorama de la Isla de Mezcala. EL INFORMADOR / P. Somellera

Panorama de la Isla de Mezcala. EL INFORMADOR / P. Somellera

GUADALAJARA, JALISCO (03/SEP/2017).- El lago de Chapala tiene dos islas: una de ellas es la de “los Alacranes”, lugar sagrado de los wixáricas (huicholes): “Shapawillemata” para ellos, y punto de encuentro con sus divinidades. Y la otra es Mezcala, mal llamada “del Presidio” en el Oriente. Poseedora de bravías historias de los regionales, quienes en busca de la liberación del yugo español se afortinaron en ella desafiando a las tropas “realistas” (fieles al rey Fernando VII) hasta que, después de cuatro largos años de increíbles hazañas y batallas desiguales, hubieron de pactar una honrosa capitulación debido a la hambruna de sus tropas. Muchas vidas se perdieron, y muchas penurias se tuvieron que pasar para obtener la libertad. Intentaré platicarles brevemente lo sucedido en esos tiempos.

Algunos de los mezcaltecas que sobrevivieron a la desastrosa batalla de “Puente de Calderón” causada por los desatinos del iluso Cura Hidalgo (embrujado por el “Mal de Ibris” que afecta a cuanto líder ha existido) decidieron refugiarse en su tierra, creyendo que por lo apartado de la zona los españoles los dejarían en paz.

En una ocasión, cuatro soldados que llegaron a buscarlos, recibieron tal andanada de pedradas que velozmente pusieron pies en polvorosa. Días después, al llegar otro contingente, mañosamente lo dejaron entrar hasta la plaza solamente para… ¡darles otra apedreada gigantesca! El que sus soldados hubieran sido derrotados a pedradas, provocó la conocida rabia del General José De la Cruz, el sanguinario sujeto que ostentaba el rimbombante título de Gobernador de la Nueva Galicia.

Al ver que las agresiones de los realistas aumentaban, tanto Encarnación Rosas como José Santana quienes encabezaban la rebelión, confiados en sus conocimientos de la laguna, tuvieron la peregrina idea de afortinarse en la pequeña isla frente a su pueblo, donde imaginaron que estarían fuertes y seguros (¿?). Marcos Castellanos otro cura -tan iluso como bien intencionado- se adhirió a la causa fungiendo como guía y faro de luz para los rebeldes.

Construyeron jacales en la isla; hicieron trincheras y almacenes en lugares estratégicos; se abastecieron de granos, animales y provisiones, y como el islote es sumamente pedregoso, hicieron un sinfín de montoncitos de piedras del tamaño de la mano en ciertos lugares estratégicos. Además, colocaron piedras grandes bajo el agua y en la orilla, para que al encallar los barcos enemigos ¡quedaran a tiro de piedra!

Al ver la bravura de estas gentes, un tal Coronel Linares decidió diezmar (matar a uno de cada diez) las poblaciones ribereñas. Los mezcaltecas, ni tardos ni perezosos salieron al ataque, volcaron sus canoas, y acabaron con los uniformados. El tal Linares apareció colgado de un árbol en la plaza de Tizapán que días antes había incendiado.

Los rebeldes tenían que hacer arriesgadas incursiones nocturnas a los pueblos ribereños para proveerse de armas, municiones, comida y hasta ¡leña para cocinar! En una ocasión Santana -acompañado por un puñado de valientes- navegó durante la noche hasta el lejano Jocotepec para con temeridad ¡asaltar el fuerte español! y llevarse las provisiones necesarias y ¡el crucifijo de la iglesia! ante el asombro de los gachupines.

Ya eran casi tres años de resistencia (1814) cuando José De la Cruz decidió atacar la isla con barcos construidos en San Blas; mismos que tuvieron que ser traídos a lomo de mula desde el puerto nayarita.

El primer ataque -comandado por Pedro Celestino Negrete- habiendo encallado en el muro bajo la laguna, recibió tal lluvia de piedras que una de ellas le cercenó los dedos de la mano, y otra certera mandó al comandante García al otro mundo.

Como el asedio español estaba yendo a mayores y la comida escaseaba, además de que las enfermedades empezaban a aparecer, la moral de los rebeldes se fue a los suelos. José Santana, sin entender por qué los españoles que  predicaban amor estaban tan llenos de odio, enseñaban perdón y castigaban brutalmente, hablaban de no matar y asesinaban a sangre fría, al ver a su gente moribunda, se lanzó él solo en su canoa a negociar las condiciones de capitulación, llegando al acuerdo de que no se cortarían más cabezas, que todo mundo recuperaría su libertad, que las tierras les serían devueltas, y que se les proveería de semillas, yuntas y herramientas para poder estabilizar su vida.

Mas tarde De la Cruz mandó a Santana un pliego nombrándolo gobernador de la isla. Ya imaginarán lo que hizo Santana con el pliego. Marcos Castellanos continuó con su ministerio en Tlachichilco, y los defensores de la libertad, habiendo recibido el reconocimiento y admiración de sus gentes, obtuvieron el enorme premio de vivir en paz.

Actualmente ahí existen las ruinas de un nefasto presidio. Pero ya se fueron los fantasmas, y la isla es un paraíso de belleza y tranquilidad. Bellos amaneceres y mejor atardeceres gracias a ese puñado de valientes.

pedrofernandezsomellera@prodigy.net.mx

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