Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Carl Lumholtz realizó cada uno de sus viajes con el objetivo de estudiar la naturaleza

Lumholtz: desconocido en México

Carl Lumholtz realizó cada uno de sus viajes con el objetivo de elaborar algunos estudios de la naturaleza, la diversidad humana; a la par fue tomando fotografías de cada uno de los lugares que visitó

Por: EL INFORMADOR

Lumholtz describió, estudió, comprendió y respetó tanto a los humanos como los divinos de cada lugar que visitó. ESPECIAL /

Lumholtz describió, estudió, comprendió y respetó tanto a los humanos como los divinos de cada lugar que visitó. ESPECIAL /

GUADALAJARA, JALISCO (13/ABR/2013).- Carl Lumholtz, autor del ahora tan famoso México Desconocido, irónicamente es casi desconocido en México.

Lumholtz fue un sueco, que allá por tiempos de don Porfirio –y de alguna manera ayudado por él– se dedicó por más de cinco años a recorrer, a lomo de mula y la mayor parte en solitario, las serranías de la Sierra Madre Occidental; habiendo registrado cada cerro, cada barranca y cada cueva; cada objeto usado por quienes habitaron los lugares, observando y respetando cada costumbre y cada tribu; conviviendo con los nativos de cada lugar; registrando con precisión en notas y dibujos en sus agendas, datos y apuntes de su propia mano que fueron compilados en un par de tomos a los que llamó El México Desconocido.

Este científico sueco, aventurero, explorador, antropólogo, fotógrafo, filósofo y humanista, Carl Sophus Lumholtz, fue  uno de los últimos grandes y míticos viajeros de la época victoriana que, auspiciado por el Museo de Historia Natural de Nueva York, se embarcó en una misión que muy pocos se atreverían a hacer: buscar los vestigios de los anazasis, antiguos habitantes de las barrancas y cuevas de las remotas serranías del Norte y Occidente mexicano.

Como lo que descubrió este gran hombre, valiente y humanista, fue un profundo conocimiento de las  costumbres y filosofía de las razas y etnias a quienes visitaba, ha sido muy poco el interés que ha despertado en la cultura de nuestro cibernético México actual, atestado de agobiante y superflua información.

En los libros escritos por él, actualmente impresos en lujosos volúmenes de El México desconocido; cinco años de exploración entre las tribus de la Sierra Madre Occidental, en la tierra caliente de Tepic y Jalisco, y entre los tarascos de Michoacán,  aparecen tanto sus anotaciones humanistas, antropológicas y fotográficas, como imágenes, anotaciones personales y dibujos de su propia mano; elegantemente publicado por la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, es una verdadera joya para quienes aprecien las culturas y las costumbres de quienes nos antecedieron.

Allá cuando la fotografía era sacada de misteriosas cajas de madera pulida, en donde la imagen casi milagrosamente quedaba impresa en delicadas placas de vidrio, Lumholtz asombrosamente registró en ellas sus admirables fotos, desde la incomodidad de sus remotos campamentos en la sierra, para que a lomo de mula, fueran llevados hasta “la civilización”, y posteriormente enviados por barco o ferrocarril hasta el Museo de Nueva York.

Alto, flaco, rígido “y de buen ver”; solitario y pensativo cabalgaba sobre su mula y rara vez se arredraba por el mal clima, del que se protegía, ya fuera por un elegante Stetson o por un desaliñado sombrero de palma.

La tenue luz de una lámpara de petróleo al atardecer brillaba sobre su frente, su libreta y su cena. Casi siempre se dormía, abrumado por el cansancio de las largas caminatas, sobre un sencillo catre a la luz de los relámpagos, tarareando canciones tarahumaras con las que se congraciaba con quienes, inquietos, le rodearían al amanecer.

En su austera y precaria soledad, alguna vez escribió en su agenda “¿Hay nada mejor que una naranja para el fatigado viajero? ¿Su hermosa forma, su fragancia y su sabor sugieren que hay un mundo mejor?”.

Otra vez describió: “Al amanecer, creyendo que era médico, los nativos me despertaron pidiendo que les tomara el pulso estuviesen enfermos o no. Creían a ciegas que con ese misterioso contacto podría decirles si tenían alguna enfermedad o cuánto tiempo tenían por vivir, o si sanarían o morirían”.

Lumholtz fue un sueco que se enamoró de nuestro México, y que quizás vio y vivió cosas que nosotros, malinchistas, no sabemos apreciar.

Un buen corolario pudiera ser: “Extraño, ayúdame a ver quien soy”.

deviajesyaventuras@informador.com.mx

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