Suplementos | A través de ellos los hombres santifican las diversas circunstancias de la vida Los sacramentales Pensar que su imposición tendrá efectos benéficos recibidos del exterior sería caer en superstición Por: EL INFORMADOR 5 de marzo de 2011 - 10:39 hs De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica (1667) y con el Código de Derecho Canónico (Canon 1166), los sacramentales son “signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos sobre todo espirituales obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida”. Esta definición nos muestra diferencias entre los sacramentos y los sacramentales. Los primeros han sido instituidos por N.S. Jesucristo para otorgar la gracia, mientras que los segundos han sido instituidos por la Iglesia según la autoridad otorgada por Jesús para cumplir su misión. Los sacramentales aparecen en el catecismo bajo “Otras Celebraciones Litúrgicas” e incluyen: funerales, exorcismos, bendiciones de personas, consagración y bendición de objetos, visita a santuarios, peregrinaciones, procesiones, el Vía Crucis, el rosario, las medallas, etc. (Catecismo 1674). Otros sacramentales son la señal de la cruz, el escapulario y las velas. Lo más importante acerca de sacramentos y sacramentales es que los primeros confieren la gracia por la misma acción del sacramento, siempre y cuando la persona que lo recibe no ponga obstáculos en su camino, y la gracia del sacramento no depende de los méritos ni la santidad del ministro. Por su parte, los sacramentales comunican la gracia por acción de la Iglesia que obra; esto es, reciben su eficacia de los méritos de la persona que reza y de los méritos y oraciones de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. En otras palabras, un sacramental nos conferirá gracia en la medida de nuestros propios méritos, fe y disposición interior a la conversión. De nada (en sentido espiritual) servirá rezar el rosario o el Vía Crucis si no se tiene la disposición interior para la conversión, ni tampoco tendrá efecto alguno llevar una medalla si no se tiene el propósito firme de cambiar actitudes poco cristianas. El sacramental que nos ocupa es la ceniza que ha de recibirse el próximo miércoles. Es un día especial, pero no de precepto, por lo que no obliga como sí lo hace la misa de todos los domingos. En ese día, los católicos iniciamos un tiempo de purificación del espíritu. Sus orígenes se remontan a la costumbre del pueblo hebreo de cubrirse de ceniza y vestir una túnica áspera como señal de arrepentimiento y, lo más importante, su ferviente deseo de convertirse. La herencia de esta costumbre implica que la persona, haciendo de lado su soberbia, reconoce su condición de pecadora, su necesidad del perdón de Dios y su voluntad de cambiar interiormente. La ceniza es un símbolo de humildad, nos recuerda que del polvo venimos y al polvo vamos. No es aleatorio que la palabra humildad provenga de “humus”, que significa polvo. En los remotos inicios del cristianismo, la ceniza se imponía especialmente a los penitentes, los pecadores públicos que iniciaban así su preparación que duraba toda la cuaresma para recibir finalmente la reconciliación. Vestían el hábito penitencial y ellos mismos se rociaban con ceniza antes de presentarse a la comunidad. En el Medioevo se comienza a imponer la ceniza a todos los fieles, lo que significaba que todos somos pecadores y necesitamos conversión. La cuaresma, como tiempo de penitencia, reflexión, purificación y conversión es para todos; se trata de un tiempo “fuerte” para la “metanoia” o “conversión” que --en teología y vida cristiana-- significa una adecuación de nuestro ser, existir y actuar a la misma vida de Jesucristo, a su evangelio, asus valores, asus convicciones, a su propuesta de vida. En nuestra época es de apreciarse que este acto de humillación es voluntario, por lo que el propósito de conversión es también de acuerdo con el deseo de cada persona. Por otra parte, hemos de insistir que la ceniza, como sacramental, sólo nos hará provecho en la medida de nuestro mérito, es decir, de acuerdo a nuestra disposición interior. Pensar que su imposición tendrá efectos benéficos recibidos del exterior sería caer en superstición, así como hacerlo porque todo el mundo lo hace y después seguir con una vida disipada, lo convertiría en un acto farisaico. Que Dios nos abra el entendimiento para que al recibir la ceniza comprendamos que lo hacemos con el firme propósito de volvernos a Él y vivir según sus mandamientos. Que el Señor nos bendiga y nos guarde. Antonio Lara Barragán Gómez OFS Escuela de Ingeniería Industrial Universidad Panamericana Campus Guadalajara alara@up.edu.mx Temas Religión Fe. Lee También Evangelio de hoy: Jesús se deja encontrar en nuestro sufrimiento Romería de la Virgen de Zapopan: “Pido que haya paz en el país” ¿Cómo llegar en camión o tren a la Romería 2025? La gran reunión mágica Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones