Suplementos | En este segundo domingo de cuaresma, el Evangelio hace un viaje desde el austero desierto hasta la cumbre de un alto monte “Los hizo subir con Él a un elevado monte” Ya era la hora de que el Maestro se manifestara a sus discípulos más cercanos con su imagen divina... Por: EL INFORMADOR 10 de marzo de 2009 - 10:42 hs En este segundo domingo de cuaresma, el Evangelio hace un viaje desde el austero desierto hasta la cumbre de un alto monte. Ya era la hora de que el Maestro se manifestara a sus discípulos más cercanos con su imagen divina. Así los preparaba para los graves acontecimientos que pronto vivirían, de los que serían no sólo testigos, sino fuertemente partícipes. Así les abría los ojos del alma para emprender dos verdades profundas: muerte y resurrección. Pedro, la piedra fundamental del Reino y el príncipe, el principal del colegio apostólico; Santiago, llamado para ser el primero de los doce en derramar su sangre en testimonio de amor y fe; Juan, alma limpia y abierta, para llevar al mundo el profundo mensaje de vida, de amor, del misterio del Verbo de Dios hecho hombre. A un elevado monte Mientras se está inclinado mirando la tierra y gozándose en las cosas terrenas, no se puede contemplar el rostro de Dios. Es preciso subir. La ascensión a una montaña, a una cumbre, es árdua, es para los audaces, los valientes. Es el premio al esfuerzo. En la vida espiritual se llama purificación. San Juan de la Cruz la nombra “vía purgativa”, porque para subir es preciso ante todo hacer ligero el equipaje; liberarse del peso de las pasiones, dejar las cadenas de los goces y los vicios. Desprendimiento que es libertad interior, abnegación que es verdadera alegría. Alta y escarpada es la cumbre, áspero el camino de la santidad; mas nunca han faltado los intrépidos, los valientes, y en la cumbre han encontrado la dicha: han encontrado a Cristo. Santo Tomás de Aquino, una de las grandes lumbreras de la humanidad e íntimamente experimentado en el arte de la vida interior, dejó dicho: “Jesús nos enseña con esto que a todos cuantos desean contemplar a Dios, les es necesario no dejarse llevar de los bajos placeres, sino elevarse sin cesar por medio del amor hacia los bienes celestiales”. A ellos solos Una montaña está rodeada de soledad y silencio. El mundo siempre produce ruido. El mundo moderno con la multiplicidad de máquinas, de aparatos que corren por calles y caminos y surcan los cielos; con las incontables argucias de la industria y el comercio, hace que los hombres vivan agitados y confundidos. Muchas vidas desperdiciadas en ruidos ensordecedores, en músicas atronadoras, en muchedumbres aceleradas, en palabrería inútil. Todo ello hace de la vida un flujo de ruido y palabras vacías. Los que aman el ruido siempre andan inquietos, siempre impacientes, siempre insatisfechos. Para ellos el silencio es un vacío, y hacen resistencia al silencio porque ignoran su valor. Silencio para encontrar a Dios Silencio exterior, lejos del mundanal ruido; silencio de la lengua, silencio del corazón. Silencio interior, libre de deseos desordenados, de apetitos; libre de la imaginación, “la loca de la casa”, la que desordena y enturbia. Con el silencio interior llega al alma la paz. El silencio rompe la barrera entre el hombre y el infinito, entre el infinito y el misterio, entre el misterio y Dios. Del misterio nace la palabra, porque el silencio llega a las profundidades del alma, y del silencio brotan las virtudes cuya raíz es Dios. A la soledad y el silencio lleva Dios a las almas selectas. A la cumbre del monte, en soledad y silencio llevó Jesús a los tres discípulos, “y allí se transfiguró a la vista de ellos” Se manifestó: “Sus ropas se volvieron resplandecientes”, y se le aparecieron Elías y Moisés. Jesús dejó ver su divinidad, fue la revelación del misterio de Cristo. Jesús se dejó ver como una persona en quien habita la divinidad oculta. Porque es el Hijo de Dios ha venido el profeta Elías, perseguido por la reina Jezabel. Ella, ciega por las pasiones, por la codicia, lo odiaba porque él habla con la verdad de Dios. El profeta caminó fugitivo cuarenta días por el desierto. Moisés, cuando la gloria de Dios coronaba la montaña, duró cuarenta días en la cumbre del Sinaí y bajó con el Decálogo, la ley para el pueblo de Israel, para los hombres. Los profetas y la ley, el Antiguo Testamento por ellos representado, dan testimonio de que allí, entre los dos, está el Mesías esperado; allí está “la gracia y la verdad”. “Maestro, qué bien estamos aquí” Nunca hubieron imaginado aquellos sencillos pescadores del lago de Tiberiades, que serían transportados a esa visión celestial. Simón Pedro, admirado, asustado, suelta esa exclamación y luego le propone al Señor ya no bajar, y para ello construir allí tres chozas: una para el Maestro, otra para Elías y otra para Moisés, aunque ellos se quedaran al descubierto. San Marcos dice: “En realidad , Pedro no sabía lo que decía”. Es el misterio del hombre que lleva dentro de sí la eternidad. El ser humano jamás tiene satisfacción plena con las cosas materiales, con lo que trae el tiempo y lo que el tiempo se lleva. Es un proyecto eterno, y en su peregrinar terreno, aunque le está velado su verdadero destino como inmortal y eterno, anhela y espera. Mas concedió el Señor ese anticipo, breve, fugaz, de la gloria en donde premia a los justos. Aunque la Iglesia es muy cauta en reconocer gracias extraordinarias a algunos cristianos, ha admitido, sin embargo, en muy contados casos, revelaciones y visiones celestiales a cristianos muy distinguidos por la autenticidad y generosidad en su entrega a Cristo. San Pablo las tuvo y lo confiesa: “Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años --si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, tampoco lo sé-- fue arrebatado al paraíso, y oyó palabras inefables que el hombre no puede decir” (Corintios 12, 2). “Éste es mi Hijo amado, escúchenlo” El actual es un siglo de imágenes y palabras, tantas hasta el cansancio. Molesta escuchar todo el día palabras que nada dicen, o dicen tonterías ; palabras que halagan, palabras que asustan, palabras que seducen y engañan. A veces no se acaba de saber si se puede alguien fiar en lo que dicen o escriben. Para confiar hay siempre una: la Palabra del Hijo de Dios. Es una, es eterna, es verdad, es camino, es vida. Mas por ignorancia el mundo sigue siendo lento para escuchar la voz de Dios. Muchos nunca han gustado de la dulzura del mensaje de Cristo, siempre amor, siempre comprensión y misericordia. Al amparo de la noche, Nicodemo llegó a la cumbre de la montaña y gozó en diálogo íntimo con el Maestro. “Con razón nuestros corazones ardían”, contaban los dos discípulos de Emaús, porque la palabra de Cristo iluminó sus mentes y les elevó el ánimo. Multitudes embelezadas pasaban horas y días escuchando al Divino Maestro. En este siglo XXI Jesús habla y quiere ser escuchado. Él es la Sabiduría infinita, la verdadera respuesta a todas las interrogantes del hombre de hoy; es el consuelo en las penas y tristezas, Él es la fortaleza, su palabra anima, conforta, ilumina, salva. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También ¿Cómo llegar en camión o tren a la Romería 2025? 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