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Domingo, 17 de Diciembre 2017
Suplementos | El florecer de un mundo otronuestro

Literatura

Dicen los que creen en ello que tras la muerte estaremos de nuevo junto a quienes nos amaron y han muerto

Dicen los que creen en ello que tras la muerte estaremos de nuevo junto a quienes nos amaron y han muerto. Creer o no, no hace la diferencia cuando el amor es más fuerte que la muerte.
Es con esa fuerza que Elizabeth Vivero ha escrito su libro Ese suelo tan otro, que toma como pretextos hechos cotidianos (y no tanto) ocurridos en diversos tiempos y espacios para imaginar las palabras que tal vez pronuncia en otra dimensión su padre muerto.
Comparto con ella la difícil tarea de reconstruir el pasado, aunque sea a través de las palabras, ella lo hace al escribir monólogos imposibles de verificar, pero no por ello menos entrañables y deseados.
Y precisamente han sido esos pasajes los que me han seducido de su novela, hay uno en especial, en el que cierto personaje dice: “Desde ese momento mi única esperanza fue ella”, pues esa frase, su guiño juguetón que al mismo tiempo es un homenaje al amor que se profesan sus padres, define a la perfección el carácter de la autora, y que tanto sorprende a sus lectores, quienes, al conocerla luego de leer sus textos llenos de muerte y tragedias, creerán tal vez que los escribe muerta de risa, ¿quién sabe?, yo todavía no sé si esa alegría la acompaña mientras escribe. Pero eso no importa, lo esencial, lo que ha de perdurar de la imagen que tenemos de ella es su obra, la que a solas, enfrentada con el lector habrá de defenderse con sus propios medios estilísticos y de lenguaje.
En alguna parte de la novela alguien afirma: “Ninguno se atrevió a mirar el rostro detenido en la eternidad”, al leerla, recordé aquella frase que se le atribuye a Julio Cortázar, en la que refiriéndose a los escritores, mencionaba que son los que están molestando siempre a la realidad, como los niños que tocan a los bichos con un palito, y así es como veo a Elizabeth al decidirse a escribir “Ese suelo tan otro”, con sus preguntas al hombro de aquí para allá, y luego de sus investigaciones viene y nos regala palabras como “amole” (lástima que no hiciera espuma) o secretos que se roba que pretendían estar escondidos en lo profundo de corazones que conoce perfectamente, no en vano durmió desde viva y antes, con el oído atento al palpitar de ese que a lo largo de su vida la ha llenado de esperanza.
Celebro más que la publicación de esta novela, la existencia en el medio literario de Guadalajara de una autora con los arrestos de Elizabeth Vivero, quien no se toca ningún órgano interno ni externo para hacer hablar a los muertos, para tensar la línea del tiempo o aflojarla para jugar con ella como quien salta la cuerda, invocando la infancia que le asoma a los ojos desde que la conozco; porque estoy segura de que será con estos arrestos nacidos de su pasión creadora que ha de regalarnos con otras obras que seguramente habrán de sorprendernos por su temática y su estructura.

Luego de leer esta novela polifónica recordé algunas preguntas: ¿por qué escribimos?, ¿tal vez por jugar?, ¿acaso transformamos la sombra de la mano sobre el papel en el que se escribe en un personaje de destino impostergable, inminente e inverosímil?, ¿ese afán de hacer que los hechos de la vida vayan más allá de sí mismos es el que transformó a nuestra escritora de cuentos fantásticos en una historiadora a tiempo parcial? No sé, eso habrá que preguntárselo a ella, como ella hace a sus personajes interrogar al espejo, como todos los que escribimos le preguntamos a la realidad, a la eternidad, ¿eso es todo, no hay nada más? Y ante el silencio del universo (no somos ángeles, no comprendemos la música de las esferas) nos lanzamos a escribir mundos alternos, donde los matrimonios muertos pueden abrazarse bajo la tierra y conversar tranquilamente mientras la lluvia moja la tumba compartida.
Celebro pues las ganas que Elizabeth tiene de crear historias a partir de la historia, celebro su afán de compartir con nosotros sus afectos, secretos y esperanzas a través de un juguete escritural que se llama novela, y es, como todos los territorios que la imaginación construye, Ese suelo tan otro sin dejar de ser entrañablemente nuestro.

Destacado: En alguna parte de la novela alguien afirma: “Ninguno se atrevió a mirar el rostro detenido en la eternidad”, al leerla, recordé aquella frase que se le atribuye a Julio Cortázar, en la que refiriéndose a los escritores, mencionaba que son los que están molestando siempre a la realidad, como los niños que tocan a los bichos con un palito.

por: guadalupe ángeles

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