Suplementos | Ser cristiano es creer, es esperar, es amar La victoria de Cristo es la victoria de todos La esperanza es Cristo; porque Él resucitó, 'entonces los muertos resucitan', y entonces 'el que crea en Mí, aunque haya muerto vivirá', 'yo soy la resurrección y la vida' Por: EL INFORMADOR 2 de abril de 2010 - 08:08 hs “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la vida triunfante se levanta” Ser cristiano es creer, es esperar, es amar. Creer que Jesús es el Hijo de Dios; creer que murió en la cruz entre dos ladrones; creer que dejaron su cuerpo inerte en un sepulcro cubierto con una enorme piedra, el sello del gobernador Poncio Pilato y un pelotón de soldados montando guardia; y creer que en la mañana del domingo Jesús resucitó lleno de vida, glorioso, y así se dejó ver entre los suyos durante cuarenta días. Ser cristiano es esperar. La esperanza es Cristo; porque Él resucitó, “entonces los muertos resucitan”, y entonces “el que crea en Mí, aunque haya muerto vivirá”, “yo soy la resurrección y la vida”. El cristiano no cree en la vida futura; cree y espera, por Cristo, en la vida eterna. Ser cristiano es amar. El cristianismo es amor, porque la obra toda de Dios es amor. “Cristo nos amó y se etregó por amor a la muerte, y muerte de cruz”. Por eso a quien cree, espera y ama, apenas le cabe en el pecho la alegría; ser cristiano --ser verdaderamente cristiano--, ser santo, es ser alegre, vibrar de alegría como vibran los bronces de las campanas en este Domingo de Pascua, después de tres días de silencio y del sonido plañidero de las matracas. “¿Qué has visto en el camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada” Tan gran prodigio, único en la historia de la humanidad; que el Mesías esperado terminara así --dejar que le quitaran la vida al mediodía del viernes, para volverla a tomar a la aurora del domingo-- debía tener testigos... y los tuvo: más de quinientos por lo más insignes. Primero, una mujer y dos de los discípulos. María Magdalena, porque ya es una mujer nueva, porque ella resucitó al caer sobre su alma la suave brisa del perdón, porque ella no cree que el cristianismo es el pecado, la tristeza, la soledad. Ella ha creído en el amor, y el amor es Cristo; ahora ella es testigo del amor y testigo de la resurrección. María Magdalena fue al sepulcro “estando todavía oscuro” el domingo y “vio removida la piedra. Echó a correr con la noticia”. ¿A quiénes? A Pedro, el que sería cabeza del Reino, y a Juan, el fiel confidente de los misterios del amor. Ambos corrieron a toda prisa. Juan, el joven --la cortesía ante todo--, aunque llegó primero, le cedió el paso a su superior. Ambos entraron y vieron el sepulcro abierto, vacío. Lo contemplaron y, tal vez tras una larga pausa de reflexión, Pedro “vio y creyó”. “Porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos” Éste es el mensaje perpetuo del cristianismo. Desde que los once discípulos por el mandato del Maestro pasaron a la categoría de apóstoles --o sea, enviados--, deberían ir “por todo el mundo” --el de entonces-- para dar testimonio de que Cristo resucitó, porque lo vieron, oyeron su palabra y hasta con su mano lo tocaron. Mas, “dichosos los que sin ver creyeron”. Y en veinte siglos de cristianismo cada cristiano ha sido testigo --sin ver-- del prodigio de la gran victoria del “Jesús Nazareno, rey de los judíos”, suspendido en la cruz y muerto, y luego victorioso resucitado. En este siglo violento, incrédulo, desesperado, con los ojos sólo puestos en lo inmediato y fugaz, el hombre un día puede encontrarse con Cristo porque en este siglo Él está presente con su amor, con su comprensión y perdón. Él puede porque es Dios, y quiere porque se hizo hombre para todos y por todos. Puede y quiere hacer felices a los hombres pesimistas de hoy, a esos con cara mustia, buscadores de felicidad en las fuentes secas en donde sólo hay desilusiones y tristezas. Encontrar a Cristo resucitado es, para ellos, felicidad. El cristiano, partícipe del Misterio Pascual El hombre, por su condición de trascendente --de que no está en este globo de colores nada más entre la cuna y el féretro, sino que es para más allá y espera el más allá--, no puede eliminar la presencia de la Eternidad en el tiempo, en el Misterio, lo que está más allá de la historia, el Absoluto, el Único que es capaz de explicar al hombre y de crear un hombre nuevo: Dios manifestado en Cristo Jesús resucitado. Jesús vino a cambiar la esperanza en realidad. El pueblo de la Antigua Alianza vivió en la esperanza. El Mesías, por siglos esperado, vino a inaugurar el Reino de Dios con su persona y su Evangelio. Dios y hombre en perfecto equilibrio. Con su pasión, con su muerte, con su resurrección, Jesús proclama su señorío, pues “el que era vencido, venció”. La Iglesia, pregonera del Misterio Pascual La liturgia católica, los mensajes mediante la Palabra y los signos diversos, desde el color de las vestiduras sacerdotales y los cánticos propios de cada tiempo y de cada día; la oración oficial de la Iglesia --el Oficio Divino, así llamado--, todo es pregón del Misterio de Cristo. Esos signos sensibles mantienen la fe, propician la unidad y unen en un culto fraterno, comunitario y activo . Son además un signo escatológico --que se refiere al más allá--, pues en todo asoman el anhelo y la esperanza de la salvación futura. La Iglesia hace constancia en el culto, su condición de peregrina hacia la posesión de Dios, pero al otro lado del tiempo y del espacio. Y en su condición de peregrina, la Iglesia camina a ciegas, no ve y ha de ser la fe la que guíe los pasos del viandante; y estrechamente unida a la fe va la esperanza. ¿Para qué ahora creo? Pues para un día dejar de creer, cuando ya tengas la visión beatífica.Y la fe sin obras es obra muerta; pero será la lengua de fuego que ilumine, con el aceite de la caridad, las buenas obras. “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a los fieles parte en tu victoria santa” El hombre moderno se ha lanzado a la búsqueda, a muchas búsquedas. Los obispos de todo el mundo reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965), y desde hace casi cincuenta años, dieron testimonio de esa fiebre de la humanidad: “La turbación actual de los espíritus y la transformación de las condiciones de la vida, están vinculadas a una revolución global más amplia, que da creciente importancia a la formación del pensamiento, a las ciencias de ella derivadas”. (G. S. 5). “En nuestros días el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad”. (G. S, 3) Esas interrogantes dolorosas provocan insatisfacción, desequilibrio. Los materialistas, embotados en la materia; los oprimidos por la miseria, en rebelión y luchas ineficaces; los que nada esperan, abatidos, tristes, deprimidos; y los que se atienen a la política experimentan la volubilidad y lo tornadizo de las personas y las multitudes. Sólo el hombre de fe se sabe trascedente, sabe que bajo la superficie de lo cambiante está lo permanente. “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíiritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación”. (G. S. 10) La victoria de Cristo es la victoria de todos. Unidos a Cristo vencedor de la muerte, los hombres encontrarán respuesta plena a sus angustiosas interrogantes, porque Él es Camino, Verdad, Vida. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También ¿Cómo llegar en camión o tren a la Romería 2025? La gran reunión mágica Romería: Los kilómetros al ritmo de la fe ¿Qué día es la Romería 2025 en Guadalajara? 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