Suplementos | Por: Jorge Zul de la Cueva La tragedia del bebedor de aguardiente El haragán culturoso Por: EL INFORMADOR 3 de octubre de 2009 - 02:33 hs En los barrios más corrientes de Nueva York (algunos de los cuales llegué a frecuentar por lo económico de sus rentas), suele haber una auténtica proliferación de locales dominicanos de pésimo gusto. Durante el día hay desayunos y guisados en una vaporera. Tienen una mesera adormilada y no falla la señora gorda y bigotuda que se hace cargo de la caja. Al fondo, en el rincón hay un bar apagado y digo bar por decir algo; es en realidad una serie de repisas en tonos espantosos que terminan en una pseudocúpula en blanco y azul. En las repisas hay botellas y cuatro copas que se nota a seis kilómetros cuan mal lavadas están. La barra y la rockola están apagadas por la mañana y a eso de las seis o siete se apagan los alimentos y las luces de la vaporera, se va la mesera y llegan las meseras bailarinas para convertir la fonda en un salón de baile y de ficheras. Nunca fui, confieso, por la tarde. Algo de miedo me daban los obreros de la construcción nadando entre vendedores de drogas, tomando cubetas de cerveza y bailando con las gorditas. Pero más de alguna vez aparecí por la mañana a tomarme un desayuno rápido antes de ir al trabajo. Una de esas veces quedó, supongo, un trasnochado parroquiano del horario anterior y teniendo en cuenta como dan ganas de hablar cuando uno está hasta la azotea, pues se me acercó con su aliento de dragón y comenzó a sacarme plática, misma que yo ignoraba con monosílabos, lo cual a él naturalmente daba lo mismo puesto que hablaba más solo que conmigo. Yo era el pretexto de oyente. Después de un rato de monólogo el hombre como que notó mi incomodidad y sintió pena, esbozó una sonrisa de deficiente y dijo: -No crea que soy así diario, noooo. Lo que pasa es que a mi me embarga una pena muy fuerte. Murió mi padre. -No me diga, respondí un poco apenado yo mismo ante lo titánico de la tragedia, y cuándo… - en 1987 - Ah, ya veo. Mis pésames. Seguí aguantando la risa y tratando de tomarme mi sopa cuando el hombre ya en confianza después de haber compartido la calidad de sus problemas, contome también que era ecuatoriano y que allá en el Ecuador trabajaba en los ingenios cañeros vendiendo aguardiente en el mostrador. El trabajo era por demás interesante ya que cuando llegaba un desconfiado comprador al ingenio pedía un litro y el procedimiento era siempre el mismo: Nuestro huérfano amigo servía el litro, luego sacaba un vaso pequeño y servía una pequeña cantidad que se tomaba para así demostrar que el licor no estaba adulterado ni lo dejaba a uno ciego. El comprador, habiendo visto al vendedor ingerir el veneno, se iba a casa a imitarle con sus amigos. Algunas más cosas dijo el otrora vendedor de aguardiente y hoy comprador a granel. Pero ya no escuché la perorata. Pagué mi caldo y me fui de ahí silbando una canción de Julio Jaramillo mientras el hombrecito de ojos vidriosos se quedó mirando la puerta con su cerveza en la mano. Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones