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Jueves, 17 de Enero 2019

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Suplementos | El legado de la orden religiosa fundada en el siglo XVI por Ignacio de Loyola

La restauración de la Compañía de Jesús: 200 años de perseverancia

El legado de la orden religiosa fundada en el siglo XVI por Ignacio de Loyola

Por: EL INFORMADOR

La Compañía cumplió con fidelidad la orden de supresión, pero dieron también muestra de perseverancia en su vocación. NTX / ARCHIVO

La Compañía cumplió con fidelidad la orden de supresión, pero dieron también muestra de perseverancia en su vocación. NTX / ARCHIVO

GUADALAJARA, JALISCO (05/OCT/2014).- Este año se conmemora el bicentenario de la restauración de la Compañía de Jesús, orden religiosa que se fundó en el siglo XVI por Ignacio de Loyola —su aprobación papal se dio en 1540— y que se distinguió no sólo por su labor evangelizadora sino por sus aportes en el ámbito educativo y una huella doctrinaria que sería de mucha importancia para el posterior desarrollo de iniciativas de carácter social a favor de muchas comunidades en el planeta.

Aunque la supresión formal de la orden fue decretada en 1773 por el papa Clemente XIV, las presiones políticas eran anteriores; Portugal los expulsó en 1759, Francia tres años después y España, por orden de Carlos III, en 1767, por lo que a partir de abril de ese año abandonaron España dos mil 641 jesuitas y de sus territorios en Indias salieron dos mil 630.

No desaparecer del todo

Después de eso, su refugio fueron algunos puertos mediterráneos y los Estados Pontificios. Cuando se dio la supresión, había unos 23 mil jesuitas en el mundo, dirigiendo unos 700 colegios; con todo, la Compañía no desapareció totalmente, dos monarcas no católicos —Federico II de Prusia y la zarina Catalina II de Rusia— se negaron a prescindir de la formación que los jesuitas impartían en sus tierras y pudieron trabajar allá por varios años en libertad (incluso se admitió a otros jesuitas que llegaron ahí desde otros puntos).

Más de 40 años después, el papa Pío VII restaura la Compañía el 7 de agosto de 1814, fecha en la que se calcula que había sólo 150 jesuitas en Roma y cerca de 600 en el resto del orbe. El suceso supuso el retorno y resurgimiento de la orden que, en apenas seis años, duplicó su número en el mundo, a pesar de que en el momento de la restauración muchos de los miembros supérstites de la Compañía eran muy viejos.

La presencia solicitada


En nuestro país, a pesar de los conflictos de la época —movimientos independentistas e inestabilidad política y social— muchas ciudades reclamaron su vuelta, con el propósito de que contribuyeran, por ejemplo, a mejorar la enseñanza; a partir del 29 de mayo de 1815, el rey Fernando VII autoriza la llegada a España de 120 jesuitas.

Sin embargo, la restauración sería efectiva en México hasta 1816; pero durante la celebración del Congreso de Chilpancingo, en 1813, consta en actas que una vez aprobado el decreto de independencia se pide la “repatriación” de la Compañía de Jesús. Y esto va más lejos, el propio cabildo de Guadalajara, desde 1810, había hecho una solicitud de “reposición” de la orden, la cual se envió, a través del canónigo Don José Simeón de Uría, a las Cortes de Cádiz.

En pocos meses, estos fervores se replicaron en el continente americano y hasta Filipinas; muchos antiguos miembros de la orden residentes en España, poco a poco, comenzaron a predicar y refundar congregaciones o grupos, así como difundir el catecismo, atender a presos y consolar enfermos; en este sentido, aunque no se distancian de los círculos de poder, tampoco lo hacen de la clase trabajadora (lo que les produjo no pocos conflictos a lo largo de los dos siglos siguientes).

Modelo y también plataforma


Por otra parte, en el caso de Guadalajara, de acuerdo con el Dr. Arturo Reynoso Bolaños, Jefe del Departamento de Filosofía y Humanidades del ITESO, los vínculos entre la ciudad y la Compañía “siempre han sido muy fuertes, desde la llegada de los primeros tres miembros de la orden en 1586 y durante todo este momento de ausencia, porque la gente les recordaba, aún después de que habían sido expulsados”.

Con la Compañía de Jesús comienza a establecerse en el mundo, lo hace también un modelo educativo, pero detalla Reynoso que “generalmente los historiadores señalan que la presencia en México de los jesuitas fue prioritariamente en el campo educativo, pero creo que hay que precisarlo porque, en el momento de la expulsión la red de colegios en Nueva España era de 26 (desde Chihuahua a Guatemala) y, si bien no eran todos de las mismas dimensiones e importancia, la red educativa no era única, había otra, una artística, otra social –con las congregaciones devocionales– y una de comunicación con las misiones”.

A pesar de ello, comenta el doctor, “la comunidad establecida alrededor de una escuela no restaba importancia a funciones de misiones circulares, apostolado urbano o investigación. Un colegio era una plataforma, pero no sólo se trabajaba en la educación. Ahora, el modelo se hizo insostenible en el México independiente, pero vale rescatar el espíritu detrás del modelo, era humanista y dirigido al servicio; desde la ciencia, la poesía y la historia, se buscaba aportar al desarrollo de la sociedad”.

Balance tras dos siglos


De lo ocurrido hace dos siglos, se puede concluir que la Compañía cumplió con fidelidad la orden de supresión decretada por el Papa, pero dieron también muestra de perseverancia en su vocación y se sobrepusieron a los obstáculos que planteó la sobrevivencia, se adaptaron a lugares y costumbres ajenas durante sus exilios, lo mismo que a las disposiciones de quienes gobernaban, aunque estaba claro que, a pesar de las pérdidas, debían comenzar de nuevo.

Por supuesto, como orden religiosa, estaban obligados al reconocimiento y examen de los “errores” cometidos, pero tras la restauración supieron mantener los ideales originales de san Ignacio y los primeros miembros, para reconstruir una nueva época a partir de lo mejor de un legado que fue punto de apoyo importante tras años de aislamiento y separación, que no mermaron su deseo de servicio a un mundo “moderno” que llegó a serles hostil, pero en el que han dejado su impronta en numerosos colegios, santuarios, publicaciones, prácticas pastorales y misiones en casi todos los países.

Con esta conmemoración por los dos siglos que han pasado desde la restauración de la Compañía, como establece Reynoso Bolaños, se necesita “aprender de esta memoria, recuperarla y reconstruirla de modo permanente”, porque la herencia de la orden —que ha buscado siempre la “consolidación de una sociedad más justa”— es un elemento que puede ser de apoyo “para poder discernir acciones en el presente”.

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