Viernes, 10 de Octubre 2025
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La raíz del pecado

Existen dos reacciones que ninguno de quienes hemos pasado por las aulas podemos negar

Por: EL INFORMADOR

      Se dice con frecuencia que el ser humano tiene una tendencia natural hacia el mal, hacia lo que no lo ayuda a ser mejor como persona, por ser el camino más fácil y apetecible, y que por eso tiene que haber tantas normas de vida, recomendaciones y hasta castigos. Pero además, podemos afirmar que también, con la misma frecuencia, el ser humano tiene una tendencia natural hacia lo que es intrínsecamente bueno, pues busca belleza, verdad y bien. Por ejemplo, cuando los estudiantes de cualquier nivel educativo copian sistemáticamente en los exámenes, rápidamente podemos decir que es por la tendencia natural al mal, ya que copiar es una forma de mentir, engañar y cometer un fraude.
      Existen dos reacciones que ninguno de quienes hemos pasado por las aulas podemos negar. Cando recibimos el resultado obtenido por medio del fraude escolar, momentáneamente se tiene una reacción de euforia por la buena calificación. Esta emoción es efímera. En el fondo sabemos que se actuó mal, que hubo engaño y ese sentimiento, que hacemos todo lo posible por minimizarlo o ahogarlo, permanece por periodos prolongados, a veces durante toda la vida. Su perenne presencia nos aleja de la felicidad verdadera.
     Tenemos tendencia a lo “malo”, porque es a veces lo que trae una satisfacción inmediata, como en el caso anterior, o porque es lo que se aplaude socialmente, ya sean borracheras entre adolescentes o negocios ganados a base de mentiras y fraudes entre adultos;  de ahí el dicho “el que no transa no avanza”.
     Pero al final, esa voz interna llamada conciencia nos aleja poco a poco de la felicidad verdadera. Así, una primera aproximación a los pecados capitales tiene que ver con que éstos son a los que la naturaleza humana se inclina principalmente. Santo Tomás y San Buenaventura señalan siete pecados capitales, que representan otros tantos defectos o debilidades principales: soberbia (arrogancia o vanagloria), avaricia, gula, lujuria, pereza, envidia e ira. El nombre de “capital” no se refiere a la magnitud del pecado, sino a que da origen a muchos otros pecados. De acuerdo con santo Tomás, “un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal”.
     En otras palabras, los pecados capitales son, más bien, defectos en nuestra naturaleza humana, entendiendo “defecto” como el “lado flaco” que nos hace fácil cometer pecados y difícil practicar virtudes. El defecto es una debilidad del carácter más o menos permanente, mientras que el pecado es un hecho aislado, hasta cierto punto accidental, que se origina por nuestro defecto. Si comparamos el pecado con una planta nociva, el defecto es la raíz que lo sustenta. Así es, entonces, claro que la pereza lleva al estudiante a copiar tareas y exámenes con todas las consecuencias que ello trae, la gula lleva a los adolescentes a sus ratos de bacanales, y la avaricia conduce al adulto a conseguir el jugoso negocio a costa de lo que sea. Y finalmente todo ello lleva a la vaciedad e infelicidad.
     El camino de la santidad –léase felicidad– tiene entre sus veredas el autoconocimiento, cuyo fin es detectar los defectos y debilidades del corazón, examinarse sobre ellos y encontrar la manera de corregirlos. Las consultas de gran número de psicólogos están llenas de personas infelices, que buscan un alivio a sus penalidades y solución a sus problemas terrenales. La cuestión es que, como lo prueban muchos casos, el origen de los problemas está dentro de uno mismo, y la invaluable ayuda profesional consiste en confrontarnos para tomar conciencia de esta realidad. La salida de las dificultades también se halla en el interior del individuo.
     Podemos constatar entonces que la doctrina de N. S. Jesucristo muestra una realidad terrena apabullante para la existencia humana; no se trata de realidades inalcanzables externas al hombre, sino de vías espirituales seguras para llegar a la meta final de la paz y la felicidad, de manera que el camino más seguro y menos caro para el alivio de los infortunios que nos aquejan, es el de conocer cuáles son los defectos principales y luchar por corregirlos, pues todo acto que nos lleva irremediablemente al remordimiento de conciencia (la infelicidad) y/o a consecuencias graves, es producto de una de las debilidades de nuestro carácter. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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