Suplementos | Ana María López tiene 57 años y desde que se acuerda viene a Guadalajara La pitayera mayor Ana María López tiene 57 años y desde que se acuerda viene a Guadalajara cada año a vender esta fruta regional, que con las lluvias se acaba. ''Es un oficio de locos'', decía su abuelo, inciador de la tradición Por: EL INFORMADOR 9 de junio de 2013 - 04:24 hs Familia. Unos son los que desde las dos de la mañana cosechan las pitayas en Techaluta. ESPECIAL / GUADALAJARA, JALISCO (09/JUN/2013).- Todos los días, durante tres meses, Ana María López, de 57 años, originaria de Techalutla, se levanta a las cinco de la mañana para preparar los alimentos que habrán de consumir ella y su familia durante las doce horas que permanecen en Guadalajara, en uno de los puestos de pitayas que cada año se instalan en las Nueve equinas. Así ha sido para ella en los últimos 45 años, es decir desde que era una niña y acompañaba a sus papás a la vendimia de esta exquisita fruta, muy demandada por los tapatíos. Ana María cuenta que fueron sus abuelos, Don Higinio López y Elisa Becerra, quienes empezaron con la tradición anual de instalarse por la zona de las Nueve esquinas. De eso hace más de 50 años. Este matrimonio tuvo cinco hijos: Justino, José, Dolores, Guadalupe, Celia y Rodolfo. Estos a su vez procrearon alrededor de cinco a ocho hijos por pareja. Toda esta descendencia se dedica al trabajo del campo. Los tres meses que no cortan y venden pitaya, producen y comercializan otros alimentos, en especial el nopal, que llevan a vender a Ciudad Guzmán. Ana María, un mujer afable, rolliza, que representa más edad por el trabajo al que ha sido sometida desde niña, dice que en la época de pitayas a veces duermen de cuatro a cinco horas. Todos los días salen de Techalutla máximo a las 7:15 de la mañana para llegar a instalarse antes de las 10:00. Y se retiran entre las ocho y las 10 de la noche. En el trayecto a su casa intentan dormir, o por lo menos echar una pestañeada, para poder aguantar el trabajo del día siguiente. Durante tres meses, de domingo a domingo, la rutina se repite, pero Ana María se siente afortunada de tener un oficio que le permita vivir y tener para comer. Ella y los suyos ocupan toda una banqueta de la zona conocida como las Nueve esquinas, en el barrio de Mexicaltzingo. Por cada puesto pagan al Ayuntamiento de Guadalajara alrededor de 30 pesos diarios. El hecho de que todos sean familia les permite apoyarse y cuidar a los hijos y nietos que les acompañan. El trabajo entre ellos está dividido, ya que mientras unos se levantan a las dos de la mañana a cosechar las pitayas, otros se vienen a Guadalajara a vender. Ana María cuenta que cada uno de los integrantes de la familia saca entre 150 a 180 pesos diarios, que les permite vivir pobremente, y en ocasiones comprarse de dos a tres mudas de ropa por temporada. Sí embargo no les da para comprar alimentos preparados en Guadalajara, por lo que cada día traen lo que consumirán. Lo más común son tortas con huevo, tortas de frijoles, a veces con queso o algún guisadito, que consumen al tiempo. Ana María habla con entusiasmo de su oficio de pitayera. Dice que no se imagina en otra cosa, es lo que ha hecho desde que tiene uso de razón y que es un oficio heredado por generaciones. Ella es de la tercera. La cuarta generación, compuesta por familiares más jóvenes, se dedica a invitar al público a pasar a comprar, la fruta que luce apetitosa. Apartan lugares para que los automovilistas que llegan a comprar se acomoden. No se pelean a la clientela, finalmente es un trabajo familiar. Ana María recuerda que sus abuelos y su padre llegaron a sembrar café que traían a vender a Guadalajara. Arribaban en camión a la central camionera vieja, bajaban los costales de café y caminaban hasta el centro de la ciudad a vender el producto. Los más pequeños de la familia cuidaban la mercancía mientras, que los mayores se iban a acercando al centro. Esa operación podía llevarles toda la mañana, hasta que trasladaban el último costal por el Mercado Corona. Pero como el precio del café bajó, ya no les era negocio traerlo, así que empezaron con los guamúchiles, las pitayas y los nopales. Su abuelo decía que este era un oficio de locos, pero ella lo disfruta, ya que les da para vivir. Gracias a la venta de pitayas, ella y la mayoría de sus familiares tienen sus casitas en su pueblo, la mayoría de autoconstrucción pero es un techo propio. “Pobremente, pero tenemos donde vivir”, señala ufana Ana María, que mientras es entrevistada no deja de ofertar sus productos y despachar. El movimiento en las Nueve esquinas es por ciclos. De las 10:00 a las 11:00 llegan los compradores de mayoreo, quienes buscan cajas de pitayas cerradas, fruta que no ha abierto Son los vendedores que escuchamos por las calles con sus carritos y que ofertan el producto casi al doble de lo que cuesta en las Nueve esquinas. A las dos de la tarde llegan grupos de oficinistas o estudiantes, que si bien compran en menor cantidad, ya en grupo representan una buena compra. Por la tarde, alrededor de las cinco a seis de la tarde llegan grupos de compradores, y poco a poco va disminuyendo la venta. Ana María y el resto de la familia que está en las Nueve esquinas venden la pieza de pitaya de dos a cuatro pesos, mientras que en las calles el precio promedio es de ocho pesos. Cuando las pitayas son muy pequeñas llegan a venderlas hasta en un peso. Las más demandadas son las de color mamey y las blancas. Le siguen las de diferentes colores, que en general son más pequeñas. La verde es más dulce, pero la mamey o rosa llaman más la atención por su color fuerte y brillante. Aunque el clima en estos días ha sido bastante caluroso, los vendedores y vendedoras no se quejan, parecería que están de fiesta, pregonando su mercancía, pelándola cuando la clientela lo solicita y hablando de las maravillas que contienen. Además de pitayas, existen dos o tres puestos que ofertan guamúchiles y algunas otras frutas de la temporada. Ana María cuenta que se casó a los 17 años, que vive con su esposo y que tuvieron siete hijos, los cuales están trabajando con ellos, incluso hay tres que tienen su propio puesto. Los nietos juegan entre los puestos e invitan a los paseantes a pasar a probar las pitayas. Se siente orgullosa de poder aportar al gasto familiar, está acostumbrada al trabajo de campo, a levantarse de madrugada para ir a sembrar o cosechar, esa ha sido su vida desde que tiene uso de razón. Es la pitayera mayor. Para saber En el llano en llamas > Techaluta de Montenegro, es la población líder en la producción de pitayas en Jalisco con un estimado de 450 toneladas. > El siguiente municipio en importancia es Tolimán, ubicado en los límites con Colima. > Llegan a Guadalajara también pitayas de Teocuitatlán, Acatlán de Juárez, Zacoalco de Torres, Sayula y Amacueca. > En México hay 21 especies de pitayas, de las cuales 80% son endémicas del país. La de Jalisco es la Stenocereus. Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones