Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | El mensaje unitario es el misterio de Cristo presente en el tiempo

La palabra de Cristo entonces y ahora

'Agolpándose la muchedumbre para escuchar la palabra de Dios y hallándose junto al lago, Cristo vio dos barcas que estaban al borde del lago'

Por: EL INFORMADOR

     En sólo once versículos del capítulo quinto de su evangelio, San Lucas presenta cuatro temas de sabiduría divina para el hombre, ente apresurado del siglo XXI como lo fue en el siglo primero y en el camino de la Iglesia.
     El mensaje unitario es el misterio de Cristo presente en el tiempo; porque asumió la naturaleza humana, camina con la historia de la humanidad y con su alma; y su Reino, su Iglesia, es cabeza del cuerpo formado por los bautizados.
     El mensaje de salvación, de vida eterna, no era sólo para los afortunados atentos a las palabras que salían de sus labios, sino que debería ser proclamado, anunciado, repetido continuamente como las olas del mar, una tras otra por siempre.

Enseñaba desde
la barca de Pedro

     El escenario es alegre: “Agolpándose la muchedumbre para escuchar la palabra de Dios y hallándose junto al lago, Cristo vio dos barcas que estaban al borde del lago”.
     Una muchedumbre, unos ansiosos de escuchar, otros con sus dolencias en busca de salud y de consuelo.
     Urge la presencia de Cristo ahora en Haití. Es necesaria la presencia de Cristo en los cristos: los ungidos, los cristianos, con amor hecho servicio, servicio hecho entrega.
     Y siguiendo el relato de San Lucas viene a la mente una reflexión: “Subió pues en una de las barcas...

... era la de Simón”

     A ese Simón le cambió el nombre; después su nombre fue Pedro, primera piedra del edificio de la Iglesia. Y desde la barca enseñaba, consolaba, iluminaba a la multitud.
     Desde entonces tiene la barca de Pedro su continuador en la misión de predicar la Buena Nueva. Pedro pasó la barca --es decir, la cátedra-- a Lino, éste a Cleto y así uno tras otro hasta Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Joseph Ratzinger, el Papa actual con el nombre de Benedicto
XVI.
     Es la continuidad del evangelio y siempre desde la barca de Pedro.
Y un comentario a propósito: ¿Qué se puede opinar de quienes aceptan a Cristo, se gozan con la lectura de los evangelios, pero no quieren a la Iglesia?
     En la Iglesia, esa barca desde donde junto con la fidelidad a la palabra de Dios se camina con una gloriosa tradición de veinte siglos, con el testimonio de mártires, confesores, vírgenes e incontables páginas gloriosas, tampoco han faltado escándalos, desórdenes y culpables, pero eso es consecuencia normal de un Reino compuesto con hombres frágiles.
   Cristo despidió a la multitud y le dijo a Pedro:

“Boga mar adentro y echa las redes”

     Pedro, desconcertado, obedece pero dice: “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada”. Mala noche para los pescadores, que están malhumorados y cansados. “¿Y quién sabe más de este oficio, el hijo del carpintero o nosotros, nacidos a la orilla del lago y adiestrados en este oficio?”.
     Pedro tiene sus alternativas, pero aunque echar ahora las redes para pescar le suena a disparate, dice:

“En tu nombre echaré las redes”

     La obediencia, difícil virtud humana y cristiana, siempre es un torrente de bendiciones. Obedecer abre y deja correr el raudal de aguas vivificantes en un desierto de triste aridez.
     Si todos los hijos obedecieran, si los empleados cumplieran obedeciendo las normas, si los ciudadanos se apegaran a las leyes...
     La obediencia es humildad; la desobediencia es soberbia.
     Bellos frutos de obediencia han dejado los santos al dejarse conducir.
El Papa Juan XXIII dejó escrito en sus memorias y en los últimos días de su vida, que él había encontrado la paz interior porque desde joven descubrió que “sería feliz al hacer la voluntad de Dios y no su propia voluntad”.
     Pedro, pues, obedeció y sus ojos vieron en sus redes


“una cantidad de peces,
que las redes se rompían”
 
     Y llamaron a los de la otra barca y llenaron las dos. Al desconcertado Pedro de antes no le cabe ahora el asombro. De golpe, Pedro comprende el abismo entre lo divino y lo humano. Se siente pequeño, insignificante, yerba, polvo, nada. Cristo es Dios y él, Pedro, es un pecador.
     Así el profeta David, cuando el profeta Natán le echó en cara su doble terrible maldad --adulterio y homicidio--, reconoció su culpa y, postrado en tierra, exclamó: “¡Apiádate de mí, oh Dios, según tu misericordia!”.
     Pedro se acobardó y aturdido se postró a los pies de Cristo y le dijo:

 “Señor, apártate de mí,
que soy un hombre pecador”

     Extraña confesión. Ciertamente muy humilde, muy sincera, pero en vez de echar a correr al sentirse manchado, hizo lo contrario. Se siente mal, muy mal.
El cristiano, cuando reconoce su pecado, su miseria, su maldad, debe mejor decir a Cristo no que se aparte de él, sino como el leproso: “Si quieres, puedes curarme”, y un milagro diferente al de la pesca se hará: el pecador quedará limpio. Limpio quedó Pedro y entonces el Señor lo amó con amor de predilección a él, a su hermano Andres y a los dos hijos de Zebedeo: Santiago y Juan, para dedicarlos a otras diversas y apasionantes ideas: ya lo único será estar con Cristo.

“En adelante vas a ser
pescador de hombres”

     Ya Pedro y sus compañeros jamás se separaron de Jesús. Cambió su vida, cambió su suerte. Apasionante aventura, al sentirse responsables para continuar la obra del Maestro.
     Después de tres años de cercanía, de aprendizaje, en un momento solemne les dirá: “Vayan por todo el mundo. Vayan a enseñar a toda la gente... yo estaré con ustedes hasta la consumación del mundo”.

Y ahora, ¿cómo van las
vocaciones sacerdotales

     De distintas maneras, en diversas circunstancias, Cristo llama. La vocación sacerdotal se compone de dos elementos: el primero es la iniciativa divina. Él llama cuándo, cómo y a quién quiere llamar, “Te escogí desde el seno materno”, le dijo al profeta.
     Y luego la respuesta humana: si la vocación es en cierta manera invitación, se puede responder sí o no. Mas aquí asoma el grave problema de discernimiento. Saber descubrir la voluntad de Dios: ¿me llama? Y saber decir un sí para toda la vida, como el sí de Pedro.

Pbro. José R. Ramírez
  
 

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones