Domingo, 19 de Octubre 2025
Suplementos | Primera parte

La increíble necesidad de creer

El genio teológico de santo Tomás de Aquino entendía esta fe como una práctica más que un sistema

Por: EL INFORMADOR

     Revisamos en artículos anteriores dos aspectos fundamentales de la biología del ser humano: la identificación de un gen relacionado con la autotrascendencia y la espiritualidad, y ciertas áreas (o estructuras anatómicas) en el cerebro relacionadas con el sentimiento religioso. Aunado a esto tenemos también evidencia histórica sobre la religiosidad del ser humano, la cual se manifiesta desde los albores de la civilización. La religiosidad, en su manifestación de necesidad de creer en algo más allá de nosotros, la fe, ha acompañado al hombre desde siempre.

    Sin embargo, una importante cuestión histórica que se ha dejado de lado es la forma en que el genio teológico de santo Tomás de Aquino entendía esta fe: una práctica más que un sistema, y como una realidad última a la que había que aproximarse a través de la creencia, del ritual y de la aceptación de que para el intelecto humano sólo es posible aprender lo que Dios no es; esto es, que la comprensión real de la divinidad es imposible. Este tipo de prácticas han permanecido casi en el olvido en Occidente a raíz del desarrollo de la ciencia moderna, y no porque ciencia y religión se excluyan mutuamente, sino porque –es sólo una hipótesis– los pensadores religiosos sucumbieron ante las verdades propuestas por la ciencia.

     En la época actual, uno de los problemas que enfrentamos los católicos es el calificativo de dogmáticos, que para muchos es prácticamente un improperio. Muchos fatuos irreflexivos, al calificar de dogmática a una persona, quieren decir que es un testarudo obstinado, y argumentan que en la era del facebook ya no hay lugar para dogmas. El mayor reproche se dirige a las iglesias, acusándolas de dogmatismo extremo en sus doctrinas. Pero el concepto de dogma ha sido utilizado en exceso, se ha abusado de él y se ha sacado de contexto. El dogma se define como “una proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable, que no admite réplica”. Así entendidos, los dogmas proporcionan los fundamentos de un sistema, una doctrina, religión o ciencia y sin ellos es imposible ni siquiera tratar de hacer algo. Cualquier asociación, doctrina social o política, corriente filosófica o ciencia los tiene y su aceptación es inevitable para tener la calidad de adepto.

     De acuerdo con lo anterior, en nuestra época se ha gestado una situación de confusión en la que ateístas radicales ridiculizan las Sagradas Escrituras pues en su ceguera intelectual tratan de, por ejemplo, reconciliar las palabras del Génesis con la existencia de los dinosaurios. Es altamente probable que santo Tomás de Aquino o san Buenaventura se hubiesen sorprendido ante la idea de la evolución, pero los pensadores posteriores quisieron convencerse de que la verdad religiosa era literal, de que las doctrinas religiosas son equivalentes a preceptos científicos, y de que los textos sagrados debían coincidir con las ciencias naturales (o viceversa). Para salir de este debate sin sentido –cosa que se propugna desde hace varios lustros– los ateos deben dejar de lado su arrogancia para comprender que el dogma religioso no rivaliza con el dogma científico, y que las enseñanzas religiosas no pueden comprenderse por medio de juicios sobre su verdad o su falsedad, sino solamente hasta que se traduzcan en acciones éticas o rituales. Los creyentes, por nuestra parte, también dejando de lado la soberbia, hemos de recuperar la sabiduría de nuestros antepasados, con la convicción de que la revelación no fue un hecho que sucedió una vez en un pasado ajeno y distante, sino que es un proceso actual y creativo que requiere de la fe.

     La historia nos muestra un ejemplo de proceso anticlerical, la Ilustración, movimiento cultural del siglo XVIII que defendía la aplicación de la razón en todos los órdenes de la vida y que no pudo erradicar la religiosidad humana ni el interés por lo metafísico. Por otra parte, el secularismo actual, definido por el historiador y estudioso de las religiones McHilhenny como “el deseo de proporcionar un espacio público autoritario y autosuficiente preparado para regular y limitar las disputas religiosas en la vida pública”, ha terminado por convertirse en aquello que inicialmente pretendía desterrar: un dogma basado en una creencia exagerada, en una fe ciega. La necesidad humana de creer en algo es innegable. Continuaremos la próxima semana con la discusión. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx

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