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Martes, 21 de Noviembre 2017
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La impresionante Paquimé

La antigua ciudad se encuentra en pleno desierto de Chihuahua

GUADALAJARA, JALISCO (20/MAR/2016).- La antigua ciudad de Paquimé está en pleno desierto de Chihuahua, al abrigo del achicharrante sol del mediodía y del castañeante frío de las noches silenciosas, en donde la Luna -colgada de ninguna parte- parece querer aliviar los apasionados pensamientos de cualquier filósofo amateur.

Ahora… que si alguien -emulando al famoso “Principito” de Saint Exupéry- se quisiera dejar morder por una serpiente cascabel de las que salen a pasear por el desierto en noches como esta, debo decirle que ha llegado al lugar indicado: víboras, liebres y coyotes, suelen gozar de la poesía nocturna del desierto.

Por allá por los años de 1565, después de haber cruzado la Sierra Madre, el cronista de la expedición de Francisco de Ybarra, ante el azoro de haber encontrado ahí radiante a la ciudad de Paquimé, no tuvo más opción que describirla como… “La Ciudad de las Casas Grandes”: Y seguía diciendo… “Tiene grandes edificios que parecen haber sido construidos por los antiguos romanos: es impresionante verla… hay muchas casas de gran tamaño, fortaleza y altura… algunas tienen hasta seis, o quizás siete pisos, con sus torres y muros a manera de fortalezas que sirven para protección y defensa de sus enemigos… las casas tienen en su medio, grandes, amplios y magníficos patios…” etc, etc.

Si bien debemos entender las expresiones de quienes en años tan lejanos exploraron estas tierras, deberemos también hacer un ejercicio de imaginación para colocarnos en su época, e interpretar su azoro al ver estos vestigios imponentes y admirablemente diseñados.

Pese a que Ybarra encontró aquella gran ciudad ya abandonada, los arqueólogos contemporáneos han podido seguir avanzando en el estudio de los adelantos de que gozaban quienes la habitaban. Además de lo sólido de sus construcciones, hechas con el simple vaciado de la tierra arcillosa mezclada con zacate regional como aglutinante, es de admirar lo que pudieron lograr con esas sólidas edificaciones de considerable altura en esas tierras carentes de agua. Es de llamar la atención la perfección que tenían en sus sistemas de control del agua, llevándola admirablemente hasta el interior de sus propias casas.

Igualmente interesante es hacer notar que las esquinas y rincones de las viviendas eran utilizadas para enterrar a sus seres queridos, incluyendo -curiosamente- a las coloridas guacamayas que eran sumamente apreciadas (se han encontrado algunas de ellas momificadas). Se supone que tenían impecables criaderos de ellas, porque sus plumas eran de gran valor, tanto por motivos estéticos y decorativos, como por su valor en el intercambio comercial.

Los anchos y elegantes muros de sólida tierra moldeada -sin adobes, ladrillos o piezas básicas de construcción- son de sorprender por su fuerza y solidez. Las puertas con diseño en forma de T (anchas de arriba y angostas de abajo) me siguen inquietando.

Dos cosas habremos de decirles del sitio.

Una es que ahí al ladito está un pequeño y magníficamente diseñado museo de sitio. Y la otra es que se pueden hospedar en un motelito muy cercano, chiquito y confortable, que se llama Las Guacamayas.

Pocos museos hemos visto tan adecuados al paisaje como este. Pareciera estar sumergido entre las arenas del desierto. De hecho un par de muros que sutilmente se prolongan hasta el desierto mismo, hacen integrarse el uno con el otro. Un juego de enormes cristales de techo a piso en varios planos, exhiben las imágenes casi transparentes de personajes como el mítico Jerónimo o el incomparable Pancho Villa quienes, habiendo sido “los de a de veras”, pudieran correr el riesgo de perderse en la ingratitud de nuestra siempre cambiante historia.

Sabe Dios qué tribus -hohoham, paquimés, zunis, anazasis o mogollones- serían los que nos dejaron estos vestigios: pero… de que vale la pena visitarlos, ni duda cabe. Dejar volar la imaginación y remontarnos a aquellos lejanos tiempos, es un privilegio que no debemos desaprovechar.

NB: Para llegar a Paquimé, habrá que salir de la ciudad de Chihuahua por la carretera Nº 16 hacia el poniente; pasar por Cuauhtémoc -de los menonitas- y más tarde remontar hacia Ciudad Juárez cruzando Bavícora para, a los 363 Km. de recorrido, llegar a Casas Grandes en donde muy cercano se encuentra el sitio arqueológico de Paquimé.

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