Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Pbro. José Martínez Colín

La historia del rey y el halcón

Saber dominar el enojo

Por: EL INFORMADOR

     Es todo un arte, a veces difícil de aprender, el dominio sobre uno mismo. Se dice que a Gengis Khan le costó la lección. Su imperio se extendió desde Europa Oriental y China hasta el mar de Japón. Fue un gran rey, pero temible y valiente guerreando. La gente admiraba sus grandes hazañas, y temblaba antes sus terribles crueldades.

     Se cuenta que una mañana cabalgó con sus amigos hasta el bosque, para cazar. Iban alegremente, provistos de sus arcos y flechas.

     Posado en su muñeca, el rey transportaba a su halcón favorito, entrenado para cazar. Cuando su amo se lo ordenaba, alzaba el vuelo y oteaba a su alrededor en busca de una presa. Si veía un ciervo o un conejo, se precipitaba sobre él, veloz como una flecha, y lo atrapaba.

     Al caer la tarde, el rey, que conocía los senderos del bosque, decidió seguir otro camino. Había sido un día caluroso y estaba sediento. Su halcón amaestrado volaba allá muy alto.

     El rey cabalgó pausadamente. Recordaba hacer visto un riachuelo cerca de ese camino, pero el calor había secado todos los arroyos. Por fin, para su contento, vio un hilillo de agua que se deslizaba por una roca, cayendo gota a gota.

     Gengis Khan cogió un pequeño vaso de plata que llevaba y lo acercó a la roca para recoger las gotas de agua. Tardó mucho tiempo en llenar el vaso. Tenía tanta sed que cuando el vaso estuvo casi lleno, se lo llevó a sus labios. Pero de repente, con un zumbido el ave cruzó el aire y le tiró el vaso de sus manos. El agua se derramó por el suelo. El rey descubrió que había sido su halcón.

     El rey cogió el vaso y volvió a llenarlo. Esta vez no esperó y cuando estaba a la mitad se lo llevó a los labios. Pero antes de que pudiera beber, el halcón se lanzó hacia él e hizo caer de nuevo el recipiente.

     El soberano se puso muy furioso. Al repetir la operación, por tercera vez su halcón le impidió beber. Ahora el rey estaba verdaderamente enfadado. Le gritó: “¿Cómo te atreves a comportarte así? Si te tuviera aquí, te retorcería el pescuezo”.

     Volvió a llenar el vaso. Pero antes desenvainó una espada: “Ahora, señor halcón, ¡no te atreverás a tirarla!”.

     Pero el ave otra vez le impidió beber y derramó el agua. El rey, que la esperaba, la alcanzó con su espada. El pobre animal cayó mortalmente herido a los pies de su amo. “Esto es lo que has conseguido”, le dijo.

     No supo dónde cayó el vaso. “Tendré que beber directamente de la fuente”, murmuró. Encontró un charco de agua. Pero allí, justo en el medio, yacía muerta una enorme serpiente de las más venenosas. El agua estaba contaminada con su veneno.

     El rey se paró en seco y olvidó la sed. Sólo podía pensar en el pobre halcón muerto y su acción injusta. “El halcón me ha salvado la vida, y ¡cómo le he pagado! Era mi amigo y le he dado muerte”.

     Cogió al pájaro con suavidad y lo metió en su zurrón de cazador. Entonces montó su corcel y cabalgó mientras se decía: “Hoy he aprendido una triste lección: nunca hagas nada cuando estés furioso”.

     Muchas causas de las enemistades se deben a no saber dominar el enojo y herirse con palabras ofensivas.

     Thomas Jefferson aconsejó cómo dominar el mal carácter: “Si estás enfadado, cuenta hasta diez antes de hacer nada. Y si estás muy enfadado, cuenta hasta cien”.

     Teniendo un sentido más sobrenatural, podríamos rezar diez avemarías antes de hablar.

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones