Martes, 14 de Octubre 2025
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La Laguna de Canaima, paraíso Pemón

Descubrir las maravillas de la naturaleza, es sencillo en este rincón venezolano

Por: EL INFORMADOR

Maravillas. Una típica kuriara se acerca a las cascadas de Canaima. El Tepuy Kusari se muestra imponente y milenario en la distancia.  /

Maravillas. Una típica kuriara se acerca a las cascadas de Canaima. El Tepuy Kusari se muestra imponente y milenario en la distancia. /

GUADALAJARA, JALISCO (03/JUN/2012).- Oiga… mire… aquí está un ‘sapito minero’ que le va a gustar fotografiar”, me dijo uno de nuestros amigos aborígenes pemón kamarakoto, que con delicadeza movía el zacatal frente a nuestra cabaña.

En los segundos que me tomó decidir, si ir por mi cámara para retratar el ejemplar o tan sólo contemplarlo, ya había desaparecido –tan bello y colorido como venenoso– perdiéndose en un instante entre la maleza.  

Aquel minúsculo sapito (Dendrobates leucomelas) de escasos tres centímetros, con su brillante piel negra decorada con vistosas y ondulantes figuras de amarillo intenso que advierten su peligrosidad, es nada menos que uno de los venenos mortales que ponen los nativos en sus flechas –frotándolas contra su piel– para inducir con rapidez la muerte de sus presas (ver en internet).

El Sol, librándose de las nubes siempre presentes y cayendo a plomo sobre Canaima, hacía que la laguna se viera más roja que de costumbre. Los taninos de las plantas, combinados con las areniscas de su lecho, hacen que tome esa coloración enchilada tan característica. Las palmas de “Moriche” (Mauritia flexuosa) sumergidas en el agua, enmarcaban dando un toque romántico a las turbulentas cascadas Ucaima y Golondrinas, que se desplomaban vigorosas sobre la laguna. El Kusari Tepuy, allá en el fondo, con su figura precámbrica tan cuadrada y particular, hacía que nuestra imaginación volara hasta lo descrito por Conan Doyle en su libro El mundo perdido en donde, hábil y novelesco nos lleva (inspirado en los reportes –1835– de los exploradores Thurn y Perkins) a mundos extraños, como supuso serían las remotas y milenarias montañas planas del Escudo de Guayana en el Norte de América del Sur.

Una kuriara (canoa labrada en un solo tronco) tripulada por dos nativos karamakotos que se acercaron a la playita donde estábamos, nos hizo salir de nuestro ensueño. La invitación de pasear por las cascadas, con la promesa de que pasaríamos debajo de ellas, no podía ser más tentadora. Cambiado nuestro atuendo, nos preparamos para empaparnos de todo a todo.

Una gran cueva socavada por los siglos formaba el túnel rocoso y resbaloso, bajo la primera exuberante catarata. Nuestro guía pemón, sugirió que nos quitáramos los zapatos, y tan sólo en calcetines (que curiosamente nos daban más adherencia sobre las enlamadas piedras) cruzamos la torrencial cortina de agua que ocultaba el abismo que estaba enfrente.

Más tarde, de nuevo en la kuriara, nos llevaron a  la siguiente caída; mucho más imponente y caudalosa. Calzando nuevamente calcetines (buen invento), subimos por las rocas hasta un lugar donde se forma un pasadizo tras la catarata. Aunque estábamos a finales del estío, tuvimos la suerte que en días anteriores, habiendo llovido bastante, los ríos y cascadas estaban exuberantes. La entrada no fue nada fácil, porque se tenía que pasar bajo aquel torrente aplastante que se despeñaba desde las alturas. El solo hecho de levantar la mano para asirnos de alguna roca, requería de un gran esfuerzo que aumentaba con el aguadal que se desplomaba sobre nuestras espaldas. Una vez pasado esto, la enorme cueva, igualmente oscura y resbalosa, nos ofrecía la estupenda vista de un temprano atardecer que se vislumbraba a través de la soberbia cortina. ¿Difícil? Sí. ¿Espectacular? También. ¿Valen la pena los riesgos y peligros? Ni pensarlo: definitivamente sí.

Mucho nos sorprendió ver que cientos de golondrinas (vencejos Apus apus) tuvieran sus nidos prendidos de las rocas tras la cortina, y que los endebles pajaritos, en vuelo veloz traspasaran la cascada una y otra vez. Ya iban y ya venían sin preocupación alguna llevando alimento a sus crías ¿Imaginan lo que debe ser para el minúsculo pajarito cruzar volando aquel torrente? Increíble: ¡sorprendente maravilla de la Naturaleza!

Al salir de aquella cueva, todo seguía como si nada. El silencio se volvía a imponer. El Sol perdía sus luces. Las palmeras seguían tan campantes sumergidas en el lago. Las nubes se teñían de rosa. ¡Y la cena –preparada por nuestros amigos pemónes– ya estaba lista! ¿Mejor? ¡Imposible…!

Canaima de los kamarakotos: Paraíso “teukinán” (único) en las selvas del Sur de Venezuela.         
*Fe de erratas: Simón Bolívar nació en Caracas y no en Angostura como anteriormente mencioné. Mil disculpas.

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