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Suplementos | El pueblo de Loreto es impecable, acogedor y lleno de historia de misiones

La Carretera N°1 de México

Las espléndidas vistas, tanto de Mulegé, como de la Bahía de Concepción nos forzaron a poner a trabajar de nuevo la dichosa cámara
Los azules de Bahía Concepción en el Golfo de  California. EL INFORMADOR / P. Fernández

Los azules de Bahía Concepción en el Golfo de California. EL INFORMADOR / P. Fernández

GUADALAJARA, JALISCO (22/ENE/2017).- Esta carretera llamada “La Número Uno”, que recorre de arriba a abajo la península de Baja California, ciertamente tiene un cierto grado de peligrosidad porque, además de ser un poco estrecha y casi sin acotamientos, el pronunciado desnivel sobre el pedregoso terreno de los lados, es lo suficientemente alto como para que al menor parpadeo una fatídica maroma te puede llevar “al infinito y más allá”; como de hecho nos constaba al ver las cruces y los monumentos -en algunos casos hasta extravagantes- a los lados de la carretera, en el lugar en donde algún héroe del volante había caído víctima del sueño, del cansancio o de algún instante de distracción.

Como el trecho de Guerrero Negro hasta Loreto -donde teníamos reservación en un hotel al que debíamos de llegar a una cierta hora- es un poco largo y teníamos el  pendiente de llegar a tiempo, viajábamos con una cierta premura dejando -tontamente- la oportunidad de visitar lugares tan interesantes como San Ignacio, con su laguna y sus petroglifos escondidos en los recovecos de las montañas, o la Sierra de San Francisco un poco más al norte, por ejemplo.  

Siendo así, detuvimos la marcha para recapacitar que el caminar y no el llegar, es lo que vale la pena de los viajes. Así es que decidimos ir calmadamente disfrutando los paisajes rocosos tan especiales de las zonas desérticas de la península; la extraña vegetación tan peculiar del Valle de los Cirios, con sus altísimos tallos cónicos desprovistos de ramas que rematan en un modesto puñado de flores allá arriba en el copete; disfrutando de los simpáticos árboles gordinflones y retorcidos de piel rosada y desnuda llamados torotes; los gigantescos cardones y saguaros espinosos de impresionante imagen y volumen; o simplemente tomando montones de fotos de los exóticos paisajes -tan sui géneris- que se nos aparecían a cada instante como si fueran tarjetas postales.

La cámara todavía no descansaba de fotografiar las escenas desérticas, cuando la carretera nos acercó de súbito a las costas del Golfo de California, en donde los despampanantes azules de todos tonos, con sus aguas llenas de brillos y reflejos sencillamente sorprendentes, nos hacían detener la marcha en cuanto hueco carretero nos fuera posible. Las espléndidas vistas, tanto de las cercanías de Mulegé, como de la Bahía Concepción nos forzaron a poner a trabajar de nuevo a la dichosa cámara, deslumbrados con cada vista y cada rincón azul, azul… cada uno de diferente azul. 

¡Simplemente extraordinario!

Todavía traíamos en los ojos los resplandecientes azules de aquellas aguas, cuando un poco más delante sentimos que la enorme sierra de La Giganta (como se aprecia en la fotografía), vestida de otro diferente azul debido a la bruma y a la lejanía, nos cerraba el paso amparándose en el verdor de sus plantas y el marrón de sus tierras que hacán combinaciones sorprendentes en el paisaje. Un pequeño espacio de la carretera nos permitió detenernos para disfrutar de la magnífica cadena montañosa, que para nuestro placer teníamos frente a nosotros. Al ver su erizado perfil comprendimos porqué se le llama “sierra” a esas montañas; y al ver su tamaño, igualmente entendimos el porqué de su gigantesco nombre. La Sierra La Giganta, enorme, bella y pintiparada, se alzaba orgullosamente frente a nosotros dividiendo -a lo largo- esta parte de la península acurrucando literalmente al histórico y antiguo pueblo de Loreto con sus costas, sus islas (Coronados, Carmen, Danzante, Monserrat y Santa Catalina) y sus mares límpidos y azules que por fortuna han sido declarados como Parque Marino Nacional.

El pueblo de Loreto, impecable, acogedor y lleno de historia de misiones y de sorprendentes conquistas ideológicas y religiosas motivadas por la fe, impulsadas por la heroica y férrea tenacidad de los misioneros jesuitas, franciscanos y dominicos de aquellos tiempos, bastará para platicar de ellos en un capítulo aparte para el próximo domingo.

pfs@telmexmail.com

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