Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | El primer paso es creer, y así les dijo entonces y dice ahora: 'El que cree en mí tiene vida eterna'

Jesús prepara la mesa

En los tres domingos anteriores, con el capítulo sexto del evangelio de San Juan, el pueblo cristiano subió tres peldaños para llegar a donde el Señor Jesús lo esperaba

Por: EL INFORMADOR

     En los tres domingos anteriores, con el capítulo sexto del evangelio de San Juan, el pueblo cristiano subió tres peldaños para llegar a donde el Señor Jesús lo esperaba, para revelar el gran misterio de su entrega como “Pan vivo bajado del cielo, para la vida abundante del mundo”.
     El acto prepartorio fue el milagro de la multiplicación de los panes. Le dio a una multitud pan para el cuerpo, y hasta saciarlo.
     Quería la multitud coronarlo rey, y se les escondió. Lo buscaron porque querían otra vez pan para el cuerpo, y a ellos y a todos dejó su enseñanza: no buscar sólo el pan que alimenta el cuerpo, sino también, y con preferencia, con afán, el pan que alimenta el alma.
     El primer paso es creer, y así les dijo entonces y dice ahora: “El que cree en mí tiene vida eterna”.
     Después del tercer peldaño, Jesús remató la manifestación de su infinito amor, de quedarse y ser alimento de las almas.

“Yo soy el Pan vivo
bajado del cielo”

     Así se presenta, y no es una expresión simbólica, sino la promesa que va a cumplir, que cumplirá la noche última de su paso por la tierra; despedida solemne a sus discípulos en la cena, en la que sobre la misma mesa cerró la antigua alianza, al celebrar con ellos, sus amigos, la Pascua judía, e inició la nueva Pascua en la que comieron los apóstoles el mismo Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, en el pan y el vino, desde ese momento su cuerpo que será entregado y su sangre que será derramada para la vida del mundo.

Jesús, dador y don
al mismo tiempo

     El Hijo de Dios vino al mundo “para dar su vida”. San Pablo predica siempre: “Se dio a sí mismo y se entregó” (Gálatas 1, 4 y 2, 20) y (1a.Tm 2. 14).
     Su entrega tiene cumbres: Se entregó en el instante en que tomó carne en el seno virginal de María; se entregó clavado en la cruz, al cerrar sus ojos en el momento supremo de morir para que los hombres vivieran; se entregó al quedarse oculto bajo los accidentes del pan y del vino.
     Sor Juana Inés de la Cruz --ingenio y gracia-- en un villancico presenta a dos sacristanes en acalorada disputa: ¿Dónde es mayor el misterio? Uno dice que en el pesebre de Belén, Verbum caro, el Verbo hecho carne; y el otro replica que no, que en el “Tantum ergo”, es decir en la Hostia consagrada.
San Agustín lo resume en una frase: “Nuestro Señor recibió de nosotros lo que por nosotros iba a ofrecer”.
     Así, Dios y Hombre se ofrece indefinidamente en cada misa, porque así lo dispuso el Señor al dar potestad a aquellos once hombres rudos, para que ellos y sus sucesores repitieran el portento, al decirles: “Hagan esto en memoria mía” (Lucas 22, 19), (1a. Corintios 22, 24).
     En este día, en todos los pueblos y en todas las lenguas de los hombres, sigue aconteciendo que uno y muchos hombres hombres marcados con el sacramento del orden dicen las palabras consecratorias sobre un trozo de pan y un poco de vino de la vid, y Cristo baja, se entrega.

“Mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida”

     Ante estas palabras de Cristo, sus oyentes reaccionan con escepticismo. Esta afirmación no es el lenguaje figurado, no es una metáfora. El Señor los preparó con la multiplicación de los panes para ofrecerles el pan, alimento base en la vida del hombre, pero ahora del pan de vida; y como la vida es siempre misterio, mucho más si es misterio de Dios, comer la carne de Jesús y beber su sangre es comer ese pan para vivir.
     Comer ese pan que es Cristo --y el pan es para ser comido--, es vivir; no aceptar o rechazar ese alimento, es querer morir.
     Los oyentes, asustados, dicen que esas palabras son duras, que es difícil aceptar esa proposición.
     Desde ese día, ante la mesa eucarística puesta, la respuesta a la invitación es ante todo respuesta de fe. El cristiano confiesa que “en el sacramento está Cristo real, verdadera y esencialmente presente con su humanidad y divinidad, con su carne y su sangre, su cuerpo y su alma”.
     Y signo de fe es la respuesta “amén”, de quien recibe el sacramento. Afirmación breve, de un encuentro íntimo con Cristo allí presente y con los hermanos invitados también a la mesa.
     Dios no está lejos del hombre; está cerca, muy cerca. Y no se trata de figuras o promesas: es la misma realidad.

“El que come mi carne
 y bebe mi sangre
tiene Vida eterna”

     Vivir es el mayor anhelo del hombre. Vivir para siempre. Nada le asusta tanto como el pensamiento de desaparecer para siempre. Cristo es vida. “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Ahora, ante la multitud, les muestra la manera. La vida que Cristo vino a traer a la tierra es la vida misma, y ésta no se nutre con alimentos materiales. Sólo se alimenta con el alimento divino. Dios se comunica a través de --y entre todos y sobre todos-- la Santa Eucaristía.
     El Cuerpo de Cristo produce en el alma lo que los alimentos materiales en el cuerpo: sustenta, hace crecer, robustece, desarrolla, da vigor, da alegría.
La vida presente tiene un límite. La Eucaristía eterniza la vida. “El que come este pan vivirá eternamente”.

La Eucaristía, doble contacto:
con Dios y con los demás

     La misa dominical debe ser la respuesta alegre y agradecida a la invitación del Señor.
     La voz de la campana que llama, es la voz de Dios, y reunidos en una asamblea de fe y de amor se debe participar en el agape, el convite, el banquete, en torno a la mesa, con la certeza --la de la fe-- de que Cristo preside la reunión.
     Él es “pastor y pasto Él solo”, quien nutre con la palabra primero y luego con la fracción del pan. Fracción, porque con un solo pan que es Cristo, en milagro de fe, comen fraternalmente los invitados a la mesa.
     De la misa debe salir renovado el compromiso de vivir la gracia de ser bautizado, de formar parte del cuerpo místico de Cristo y de una puesta en servicio hacia la Iglesia, hacia los demás.
     La vida de la Iglesia, con manantial en el bautismo, se nutre principalmente en la Eucaristía, que es reunión, asamblea, sabiduría, únión fraterna y búsqueda de la verdadera sabiduría. Unión con Dios, unión con los hermanos.

Pbro. José R. Ramírez            

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