Jueves, 09 de Octubre 2025
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Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo de David, aclamado

Un día entero de verdadera alegría, de un entusiasmo tal, que gente del pueblo arrancó ramas a las palmeras y a los árboles

Por: EL INFORMADOR

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Este domingo es puerta de entrada para la Semana Mayor de las cincuenta y dos semanas del año, y Semana Santa porque, para los cristianos, es la celebración del Misterio de la Redención, la cumbre, la glorificación del Hijo de Dios, quien padeció, fue crucificado y sepultado cerca del Calvario --lugar de las calaveras-- y resucitó glorioso al tercer día, como Él mismo lo había anunciado.

Así, en los planes de Dios estaba asentado desde la eternidad. El Mesías esperado, Dios igual al Padre y al Espíritu Santo, y hecho hombre de la estirpe de David, como lo habían anunciado los profetas, debería ser reconocido por los suyos, por el pueblo de Israel, y ser recibido como rey en su su ciudad, Jerusalén.

Y lo recibieron y lo aclamaron en maravilloso triunfo popular. Fue vitoreado, fue aclamado por los niños y por los sencillos: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas al Rey de Israel!”.

Un día entero de verdadera alegría, de un entusiasmo tal, que gente del pueblo arrancó ramas a las palmeras y a los árboles para darle gala a esa recepción sincera, al grado de tirar al suelo sus mantos en señal de pleitesía al rey.

Benedicto XVI fue recibido triunfalmente

La fe ve más allá que la razón. Los niños, los jóvenes, los sencillos, vieron la imagen de Cristo en ese anciano vestido con túnica blanca.

Vieron en el peregrino que vino a estas tierras, al Pastor de los pastores, al mayoral que lleva sobre sus hombros la enorme cruz de adoctrinar con la sabiduría de Cristo, de guiar y guardar de todo peligro a la grey encomendada a sus cuidados.

Cristo resucitado se apareció a siete de sus discípulos tristes, derrotados porque habían pasado toda la noche tirando inútilmente las redes; nada había caído en ellas. “Echen las redes hacia la derecha”, les dijo, y sacaron en ellas cincuenta y tres pescados, quizá en premio a la obediencia.

Después, en la intimidad del almuerzo, llamó al impulsivo y cobarde Simón, a quien llamaba Pedro, y no para echarle en cara las tres veces que lo negó en la noche en que el Señor fue llevado prisionero, sino para curarle esas tres sangrientas heridas del alma.

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. Tres veces hizo la misma pregunta, y la última la confesión de amor fue: “Señor, Tú sabes todas las cosas, Tú sabes que te amo”.

Entonces Cristo lo confirmó como su vicario --representante en el Reino--, diciendo: “Apacienta mis ovejas”, y le anunció que por eso sería llevado a donde no querría: al martirio.

Recibir a Benedicto XVI con espíritu de fe, fue para los mexicanos el Domingo de Ramos diez mil doce.

Montado en un borrico

El Señor Jesús llegó así con una nueva doctrina, con la Buena Nueva, nueva sabiduría: la verdadera grandeza está en la sencillez; la verdadera superioridad está en el servicio.

El Hijo de Dios no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por todos.

Era necesario este reconocimiento al pueblo siempre en ansias, siempre en espera del Mesías.

Aunque bien conocía la volubilidad de la gente y las multitudes, bien conocía la fragilidad de sus afectos, conoce igual ahora a todos como los ha conocido en su presencia a través de los veinte siglos de su Iglesia.

Prontos para el entusiasmo, fáciles para olvidar, ha sido la historia de la humanidad, con ese signo no tanto de maldad, sino de fragilidad.

Un poeta así oraba: “Señor, ten compasión de este pobre, que va extraviado por su flaqueza más que por su malicia”.

Por eso Cristo siempre se ha manifestado generoso para perdonar. El perdón es amor siempre, y es conocimiento de la fragilidad del pecador.

La misma algarabía de la entrada triunfal, los gritos de júbilo, las calurosas aclamaciones a Cristo, se apagarán pronto.

Y de esas mismas multitudes azuzadas por los poderosos de Jerusalén, de esas mismas bocas, saldrán gritos de odio pidiendo la muerte para el inocente: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”. Por eso se ha dicho: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”.

Mas ignoran que ese mismo grito es de triunfo, porque la glorificación de Cristo sería cuando fuera “levantado en alto”, y entonces atrería a todos hacia Él.

Doble dimensión mesiánica de Cristo

Así tenía que suceder. De nada sirve aquí el oficio de la razón, porque aquí es la fe, y sólo la fe, la que da sentido a ese aparente fracaso de un acontecimiento que vivió históricamente el pueblo de Israel.

La fe dice: Allí está la realeza personal como Hijo de Dios y su condición de víctima. Víctima voluntaria, porque subió a Jerusalén como seis veces lo había anunciado a sus discípulos, para ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes, los fariseos; para ser sentenciado a muerte; para “ser levantado en alto y resucitar al tercer día”.

No entendían, no querían entender, porque esa sabiduría iba muy arriba, fuera del alcance de esos hombres terrenos.

Pedro intentó disuadir a Jesús cuando les anunció lo anterior, y Él le dijo: “Tú no piensas como Dios, sino como los hombres”.

El precio de la redención del género humano era la muerte del Hijo. El Hijo no vino a hacer su voluntad, sino a hacer la voluntad de quien lo envió. Y Cristo fue obediente hasta la muerte.

Esta semana es para meditar sobre ese gran misterio

El Maestro, el Señor de la creación, ha venido a comparecer ante un tribunal humano, compuesto por hombres malvados. Será acusado ante un cobarde gobernador, Poncio Pilato, y sentenciado a muerte porque así lo exigía a gritos aquella misma multitud que antes lo proclamó rey y Venido en Nombre de Dios.

Así durante siglos han seguido oprimiendo a los débiles, y Cristo sigue padeciendo en los oprimidos, en los injustamente sentenciados.

Muchos inocentes han padecido, pero a ellos el mismo Señor los ha llamado “bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.  

Si en la cuaresma la consigna fue intensificar la actitud de oración, con mayor razón también se debe hacer la penitencia; y no olvidar el ayuno y la abstinencia de carnes el Viernes Santo, y la tercera de las obras de misericordia, para ir a servir a prójimos a veces olvidados o con carencias.

Y llegar renovados a la cumbre

Toda la cuaresma fue un caminar por el desierto, pero con la mirada puesta en la esperada alegría de la pascua.

A la cuaresma se le ha dado caracter singular de preparación hacia la fiesta máxima del cristianismo.

La Iglesia se viste de gala y proclama de nuevo al Mesías, el mismo que entró en las calles de Jerusalén montado en un borrico; mas ahora con el grito universal de todos los redimidos, de esa multitud que nadie podrá contar.

La victoria de Cristo, Dios y hombre, desde ese día es victoria de todos los hombres que en su muerte y resurrección han creído y han puesto toda su esperanza.

Para experimentar tan grande alegría se ha de llegar con un corazón nuevo, renovados en la fuente de las gracias: los santos sacramentos.

José R. Ramírez Mercado                   

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