Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | San Marcos en el capítulo sexto y San Mateo en el dieciséis, presentan la misa escena

Jesús busca una respuesta y condiciona el seguimiento

Jesús se ha llevado a los doce discípulos, y sólo a ellos, a un lugar lejano, a Cesarea de Filipo, lejos de Galilea; tierras tranquilas,

Por: EL INFORMADOR

     San Marcos en el capítulo sexto y San Mateo en el dieciséis, presentan la misa escena.
     Jesús se ha llevado a los doce discípulos, y sólo a ellos, a un lugar lejano, a Cesarea de Filipo, lejos de Galilea; tierras tranquilas, apartadas, entre sauces.
Tal vez --los evangelistas no lo consignan-- el Maestro les ofreció la grata sombra de un árbol y sentados, sin prisas, quiso entablar con ellos un diálogo amistoso.
     Por eso buscó un lugar donde no lo siguieran las multitudes hambrientas de escuchar su mensaje nuevo, el mensaje del amor, y donde no acudieran los enfermos en busca de un milagro: la salud.
     Allí están, pues, el Maestro y estos doce, los que han perseverado en su fe, los que en año y medio de amistosa convivencia han sido testigos de sus milagros y los primeros, los más cercanos en ansias de no perder una sola palabrade Jesús.
     El diálogo arranca con una pregunta sencilla:

“¿Quién dicen las gentes que soy yo?”

     Cuando Cristo arrojaba un demonio impuro de un pobre poseído, éste soltaba el grito: “¡Tú eres el Cristo, el Mesías!”.
     Otras aclamaciones brotaban después de los milagros, cuando las turbas oían y veían aquella autoridad superior y descubrían en Él al libertador esperado. Mas muy fácil se evaporaban los mensajes de Cristo de las mentes de las muchedumbres y pronto se iban tras otras novedades.
     La respuesta fue que para algunos  Él era el mismo Juan el Bautista, decapitado ya entonces en la cárcel de Herodes; para otros era Elías, aquel profeta de la antigüedad, intrépido para enfrentarse a los sacerdotes que adoraban a Baal.
      Esas respuestas que dieron los apóstoles fueron preparación, después de pensar en el ambiente en que se movía el Señor en la campaña de predicar la Buena Nueva y la fundación del Reino. Así se manifestaba la opinión pública, pero...

“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

     Tal vez siguió un minuto de silencio. Jesús siempre había hablado y ahora quiere escuchar. Buscaba una respuesta de los amigos, de los que habían perseverado y allí estaban todavía con Él.
     La respuesta llegó por boca de Pedro, y los otros once con su silencio aceptaron, ratificaron, aprobaron la confesión de fe: “Tú eres el Mesías”.
Al afirmar Pedro que Jesús de Nazaret es el Mesías, confiesa que es el ungido, el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre.
     Con esa fuerte convicción después de la resurrección de Cristo y de haber recibido el don del Espíritu Santo, predicaron valientes que el cristianismo es la irrupción de lo divino en la historia, Dios en medio de los hombres.
     Así es que por eso, y nada más por eso, el cristianismo no puede entrar en competición con otras religiones en valoración igualitaria. No es una religión más. Es el plan de Dios para salvar a los hombres.

Y para ustedes, hombres del
siglo XXI, ¿quién es Cristo?

     Ésta es la gran pregunta para estos jóvenes hombres y mujeres, apresurados, masificados, del siglo actual. Todo lo quieren saber a través de las pantallas, grandes, medianas y chicas. Reciben información en tal cantidad como antes nunca la recibieron los de tiempos pasados, pero a pesar de tanta información carecen de formación.
     ¿Cuál sería la respuesta si en un lugar céntrico de esta ciudad o de cualquiera otra, con la grabadora y el micrófono en mano, a los transeuntes se les hicieran estas preguntas? “Para ti, ¿quién es Cristo? ¿Quién es Jesús? ¿De veras lo conoces? ¿Esperas algo de Él? ¿Sabes que te ama? ¿Sabes que por tu salvación se entregó a la muerte? ¿Te gusta escuchar su palabra?”.
     Pertenecer a la Iglesia Católica por el hecho de haber sido bautizado, es ya un estilo de vivir: es vivir en Cristo.
     El primer paso, por tanto, es conocer la persona de Cristo. Cuando San Agustín, después de dos años de crisis espiritual con dudas e inquietudes, por fin aceptó el bautismo, su inquietud fue doble: “Señor, que te conozca; Señor, que me conozca”. Verdadero sabio es quien crece en el conocimiento de Cristo, y de ese mundo tan complejo que es el propio yo.
     No se puede ser buen cristiano si no se conoce a Cristo, porque el cristianismo es Cristo, su persona, su obra, su mensaje.
     Este siglo colmado por la sobreabundancia de aparatos y programas de comunicación, necesita discípulos-misioneros con la doble característica: discípulos a los pies del Maestro, para llevar la alforja primero; luego los mensajeros con el pregón, con la noticia para que todos conozcan a Cristo, que es la vida, y por Él alcancen la Vida.
     El mensaje central de los obispos de América Latina y el Caribe reunidos en Aparecida, Brasil, fue este, para que sacerdotes, religiosos y laicos, todos los agraciados con el don de la fe, sean discípulos y misioneros: dar a conocer a Cristo.

“Y comenzó a enseñarles
que el Hijo del hombre
tenía que sufrir mucho”

     Ya que Pedro confesó que Jesús era el Mesías por siglos y siglos esperado, y los otros once asintieron con su silencio aprobatorio, Cristo les quiso mostrar el verdadero rostro del Mesías.
     No como lo esperaban los judíos, con poder material, con espada invencible y pronta para cortar cabezas y en gran campaña para ensanchar las fronteras de Israel.
     Sería un Mesías venido para desengañar a los hombres de que la felicidad está en el dinero, en el poder, en los honores y en los placeres. Esos caminos torcidos nunca llevan a la verdadera felicidad. La felicidad auténtica y verdadera está en vivir el amor. A eso ha venido el Mesías; ha venido como mensajero del amor y Él mismo es el amor del Padre. “Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su propio Hijo; y tanto amó el Hijo al mundo, que se anonadó --se empequeñeció hasta hacerse hombre-- y se entregó “sabiendo que iba a ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas...

que debía ser condenado a muerte
y resucitado después de tres días”

     Tremenda revelación. Esa era la suerte que le esperaba. El Mesías venía a morir y luego, algo nunca acontecido, resucitar después de tres días.
Llevó a los doce para mostrarles la verdadera personalidad y la misión del esperado: la redención del género humano tenía ese precio, y que ya lo supieran. El escándalo de la cruz: el Mesías crucificado entre dos ladrones.
     El anuncio de su pasión, su muerte y su resurrección les parece demasiado duro a los doce.
     El núcleo central de este pasaje evangélico lo constituye el hecho de que Cristo padecerá, y así se manifiesta la magnitud del amor expresado en la entrega voluntaria.

“Entregué mi cuerpo a los que me golpeaban
y mi cara a los que me arrancaban la barba.
No oculté mi rostro a los que me injuriaban y escupían”.
(Isaías 6, 9)

Y concluyó el Mesías su revelación con una declaración:

“El que quiera seguirme,
que renuncie a sí mismo”

     El verdadero seguimiento presupone generosidad y entrega. Seguir a Cristo es amorosa entega a la voluntad del Padre para la propia salvación, y en fraternal unión con los humanos, para vivir en plenitud el ideal del cristiano mientras dure la peregrinación.
     Cada cristiano debe escribir con su vida una historia de amor a Dios, aún con el precio de la sangre, como lo han hecho los mártires, o en el silencio de una fidelidad hasta el último suspiro, como la de los santos confesores y las santas vírgenes.
La Iglesia es Cristo, la cabeza que se continúa en sus miembros, el pueblo que camina.

Pbro. José R. Ramírez 

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