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Lunes, 18 de Noviembre 2019
Suplementos | (Segunda de dos partes)

Jenofonte, la Expedición de los diez mil y “¡thalassa!”

Continuaron hasta llegar al entronque con el río Gran Zab, afluente del Tigris

Por: EL INFORMADOR

Luego que la expedición de Ciro -que partió de Sardes- había llegado a uno de los puntos más cercanos entre los ríos Éufrates y Tigris, hacia el año 401 adC., en ese lugar enfrentó al ejército de su hermano Artajerjes II, emperador de Persia, en la batalla de Cunaxa, donde lamentablemente Ciro perdió la vida. Los 10 mil expedicionarios fueron rápidamente disminuyendo en número debido  a las bajas en la batalla y a que muchos huyeron y otros se rindieron en masa para asegurar la vida. El resto, seguramente los más valerosos del grupo, no les quedó más que emprender el regreso a Sardes, lo cual no fue nada fácil puesto que no conocían la región en la que andaban. El viaje de venida había sido verdaderamente complicado y prefirieron pensar en un retorno siguiendo una ruta diferente. Cruzaron el Tigris por el sur de Bagdad y siguieron el curso del río por la orilla derecha.

Continuaron hasta llegar al entronque con el río Gran Zab, afluente del Tigris. En este lugar, un sector del grupo, seguidores del jefe Tisafernes, traicionó al resto del contingente y les bloqueó su paso para continuar bordeando el Tigris, entonces no les quedó más que continuar por el Gran Zab y eligieron a Jenofonte como su nuevo jefe. Esto significó que tenían que continuar hacia el Este, cuando en realidad tenían que ir hacia el lado contrario para poder llegar a su destino. Remontaron las montañas del Curdistán, región que resultaba inhóspita incluso para los mismos persas, no se diga para estos extraviados hoplitas y griegos que anhelaban ver el mar (Ponto Euxinus -Mar Negro-) para sentirse más cerca de casa. El panorama era difícil: sin guías ni caminos seguros, naturaleza y habitantes igualmente hostiles, y un contingente que, aunque menos de la mitad de los que originalmente eran, no dejaba de ser enorme y por eso difícil de mantener. La rapiña debió ser una de sus tácticas de sobrevivencia. Algunos eruditos afirman que estos hombres estuvieron literalmente “perdidos” en la inmensidad de las montañas y la soledad, en algún rincón de Armenia.
Para esta parte del trayecto los historiadores han trazado distintas rutas, precisamente por el desconocimiento de los mismos expedicionarios de no saber con exactitud qué tierra pisaban. Alcanzaron una meseta al oeste del lago Van; tomaron el curso del Teleboas hasta llegar al corazón de Armenia. El cansancio, el hambre, el aplastante invierno y su nieve, así como la angustia de no saber si volverían a ver a su gente en Sardes y Grecia, mermaron al contingente y muchos quedaron en el camino con “los pies congelados”. La expedición de lucha por el trono persa se había convertido en una lucha por la sobrevivencia.

Durante un mes descansaron en poblado “semisubterráneo”, en la región de Erzerum; después continuaron sobre el río Aras, hacia el Este, creyendo que cruzarían el Fase, que desemboca en el Mar Negro, lo cual no sucedió así y tuvieron que retornar hacia el Este antes de llegar a Armavir. Finalmente, se dirigieron hacia el norte y atravesaron la región de los aguerridos cálibes hasta el río Harpasos (Chork-Su) hasta Gimnias, desde donde prácticamente ya fue fácil llegar al puerto de Trapezuntle (Trebisonda). Al llegar a este lugar gritaron con la alegría que nunca lo había hecho: “¡θάλασσα! ¡θάλασσα!” (¡Thalassa! ¡Thalassa!: ¡El mar! ¡el mar!). Lo que faltaba para llegar a casa, comparado con lo padecido hasta ese momento, era ya como salir a caminar al parque.

El historiador Louis-Heri Parias explica que esta “espantosa travesía de la meseta de Armenia raramente ha vuelto [a repetirse] por viajeros, y puede decirse que nunca por un ejército extranjero”. Jenofonte, desde hace más de 2400 años, ocupa el mérito de ser el único en realizar tal hazaña, además del gran mérito de haberla escrito para la posteridad, que seguramente el macedonio Alejandro Magno debió haber aprovechado para su propia expedición algunos años después.

Cristóbal Durán
ollin5@hotmail.com

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