Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | El origen de la soberbia es el demonio, padre de la mentira

Humildad es andar en la verdad

Cristo, el Divino Maestro, con su estilo personal de enseñar, para los humildes y para los pequeños se vale de ejemplos instructivos llamados parábolas

Por: EL INFORMADOR

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    Suele ser actitud de algunos predicadores, al poner de manifiesto las flaquezas humanas, decir, afirmar: “son males de ahora y no de antes”. Falsa es su aseveración, porque el mal, las pasiones desordenadas, no están en el tiempo, sino en el corazón del hombre. Lo que daña no es lo que entra, sino lo que sale del corazón del hombre.

     Y el Catecismo del Padre Ripalda --ese que nutrió cuatrocientos años a los niños y cuyas lecciones repetían a gritos y hasta con cierta melodía-- decía:

“Los pecados capitales son siete: la pereza, la gula, la envidia, la ira, la codicia, la lujuria y la soberbia”.

     Y para hacer una pedagogía más viva, en los famosos coloquios y pastorelas, en la de “Los siete vicios” personificaban así: La pereza estaba en la figura del Bartolo, un pastor tirado a toda hora en su zalea mientras los demás cantaban y caminaban; la gula era otro pastor, que arrebataba a otros los tamales o cuanto podía para comer y más comer; la envidia se manifestaba en dos pastores en aguda plática, porque no tenían ni la belleza ni la voz de Gila, la primera en la fila; la ira brotó cuando los pastores se ofendieron a gritos y se fueron a los golpes, hasta que los separaron; la codicia apareció en un pastor malamente astuto, pues mientras todos dormían, él fue robando cuanto pudo de las árquenas de los demás; la lujuria era una pastora de rojo vestido, metiéndose provocativa entre los pastores. ¿Y la soberbia?

El origen de la soberbia es el demonio, padre de la mentira  

     En la pastorela, el demonio grita, hinchado de soberbia levanta una enorme espada, a todos quiere humillar y a todos quiere engañar.

     Cuando el ángel les dio a los pastores la grande noticia: “Ha nacido un Salvador en Belén, lo encontrarán envuelto en pañales y recostado en un pesebre”, la soberbia del maligno contrasta con la humildad bellísima del Hijo de Dios.

     Satanás quiere engañar y destruir a los pastores, no quiere verlos postrados adorando a Dios tan pequeño y humilde.

La humildad siempre ha estado en crisis

     El hombre siempre ha querido aparecer, destacar. No es postura exclusiva de este siglo XXI. En todo momento le ha sido grato llamar la atención, recibir elogios y reconocimientos --merecidos o no merecidos--, y siempre ha sufrido humillaciones, ofensas y hasta el temor de ser descubierto tal cual es.

Fingir, engañar, son actitudes frecuentes en la política, en la vida de sociedad, en la publicidad, en las modas.

     El poder, el prestigio, el reconocimiento, han sido motivos para lanzarse, preocuparse, buscar todo eso porque halaga, porque nutre el yo. En la propia naturaleza está arraigada una viva aversión a todo lo que es humildad.

Muchos sinsabores, muchas tristezas llenan el corazón cuando no alcanza esas aspiraciones, esas dádivas del mundo. Cuando hay soberbia, no hay paz.

De los humildes es la paz y el sosiego del corazón

     Cristo, el Divino Maestro, con su estilo personal de enseñar, para los humildes y para los pequeños se vale de ejemplos instructivos llamados parábolas: Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola: “Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal”.

El tema tiene un sentido simbólico: cuando te inviten a entrar al Reino de Dios, no olvides que la puerta es angosta, y si la soberbia te infló, no podrás entrar.

     Alguien preguntaba un día cuáles son las condiciones para que fuera declarado santo un hombre o una mujer. La respuesta fue que durante su vida haya llevado siempre en todo dos virtudes hasta grado heroico: la caridad y la humildad.

     Quizá no haya tenido otras virtudes, pero sin estas dos nadie podrá ser puesto como modelo e intercesor ante la comunidad de los creyentes.

Donde hay humildad hay sabiduría

     Y también se podría decir, a la inversa: donde hay sabiduría hay humildad.

El verdadero sabio ha entendido la realidad del hombre, esa nada entre dos fragmentos de eternidad, ese polvo errante en un camino con un final.

Una antigua anécdota de los griegos presenta al famoso general Temístocles, héroe de mil batallas, y después, en días de paz, insoportable por su soberbia. Alguien le pidió que le mostrara el mapa de Europa, y el general lo extendió sobre la mesa; era pequeño. ¿Dónde está la península de los Balcanes? Era una mancha pequeña. ¿Dónde está el Peloponeso? Insignificante casi. ¿Dónde está Atenas? Era sólo un punto negro en el mapa. Y... ¿dónde estás tú? El general entendió la lección.

     La sabiduría de aquel general pagano era poca a la luz del evangelio.

Cristo es, con el misterio de la encarnación, con su nacimiento, su vida, su obra, su muerte, la mayor enseñanza de humildad. Por eso ha podido decir:

“Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”

     Ante la imagen de Cristo, el cristiano se reconoce criatura ante su Creador. Con la luz de la fe se reconoce peregrino, caminante, pasajero; es decir, sólo de paso en este mundo, donde ahora tiene puestos los pies.

     Un gran pensador español, don José Ortega y Gasset, escribió: “El hombre, tenga ganas de ello o no, es un ser continuamente forzado a buscar una instancia superior”, y ésta es Dios. Por tanto, vivir es ese caminar, y la mejor manera, la de los sabios, es por la senda de la humildad, para agradar a Dios, para vencer al demonio, para tener esta verdad como cimiento de otras virtudes, para gozar de paz inalterable, para hacer el bien a los demás.

El humilde reconoce las cualidades que tiene

     Si la humildad es la verdad, reconoce el humilde sus cualidades, pero con San Pablo dirá: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías como si no lo hubieras recibido” (1a, Corintios 4, 7).

     Ser humilde no es ser cobarde, ni apocado, ni acomplejado. Los más grandes santos en veinte siglos de cristianismo, han desbordado su caridad y su humildad en obras grandes como ellos; han sido magnánimos, es decir de

alma grande, y han sabido luchar contra la injusticia y la maldad con sus muchas caras.

     Ser humilde es ser grande a los ojos de Dios, y más poderoso ante la postura adusta y hostil de los grandes según el mundo.

José R. Ramírez

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