Domingo, 12 de Octubre 2025
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Historias, lugares y sabores extraños

Tras una investigación en torno a Adelita, un momento para saborear un manjar italiano

Por: EL INFORMADOR

Eclecticismo. La sui géneris decoración del lugar habla de la bonhomía de sus propietarios y anfitriones.  /

Eclecticismo. La sui géneris decoración del lugar habla de la bonhomía de sus propietarios y anfitriones. /

GUADALAJARA, JALISCO (29/SEP/2013).- En esta excursión se trataba de ir hasta Mezcala, para que nos constara que la famosa Adelita —tan mentada en los hechos de la revolución— había nacido en este pueblo de la ribera de Chapala.

Si bien Adelita le llamaban, Adelaida Cruz Soledad era su verdadero nombre. Nacida y muerta en este lugar, según consta en actas de nacimiento y defunción que tuvimos en las manos, nació el 17 de diciembre de 1894, y murió en 1981 a los 89 años de edad.

La historia cuenta que, después de haberse casado con Ildefonso Raiz, hombre de pensamientos idealistas, se fue “a la bola” acompañando a su viejo. Una certera bala que lo dejó frío, acabó con los ideales revolucionarios del susodicho, antes de que supiera ni por qué peleaba. (como casi todos en la Revolución).

Un avezado sargento apodado “El Sebo”, al calor de las batallas —y a querer y sin ganas— se adjudicó como cosa propia a la suculenta Adelita (vaya usté a saber los intríngulis del asunto).

Adelita, rejega como siempre, entre batalla y batalla se le escapaba al sargento, recuperándola éste en cada ocasión. Hasta que un buen día, en una de las acciones revolucionarias por el Sur de la Laguna de Chapala, la valiente mujer logró escapársele al mentado “Sebo”, remando en una chalupa de aquellas de antes (prietas, aceitadas y con la trompa bien parada como buenas rancheras) hasta llegar al pueblo de Mezcala.

Su gente la protegió, negándole cualquier información al sargento enamorado, que —según dice la canción—, la idolatraba.

Se dice que el mentado “Sebo”, cuando agarraba la jarra en cuanta cantina encontraba, tarareaba los ardores que más tarde, arreglados por músicos y poetas, se fue logrando la canción tan conocida que frecuentemente tarareamos.  

Habiéndonos satisfecho con las investigaciones que nos inquietaban, recordamos una fugaz imagen que al pasar nos había cautivado. Se trataba de un desgarbado lugar en las afueras de Tlachichilco, que a orilla de carretera y entre letreros mal acomodados decía: “Foccaccia comida italiana”, a lo que agregaban “¡Ya crecimos y nos fuimos para arriba... y enfrente!”.

Como el surrealismo es una constante en México, sin vacilar nos dirigimos a investigar lo que habría tras la pequeña brecha ascendente, en donde el mismo revoltijo de banderas y eclécticas decoraciones prometían… no prometer nada.

Las mesas de la terraza, con manteles a cuadros soportando el solazo chapalteco bajo unas lonas provisionales, describían la tenacidad de los propietarios oriundos del lugar. Los equipales y sillas pintadas de colores del interior, atiborrados de innumerables adornos, banderas, fotografías, colguijes y estampas de inverosímiles figuras, hablaban de su bonhomía.

Decenas de extranjeros, clientes frecuentes del restaurante disfrutaban el lugar. El menú, con un enorme boquete en la portada de tanto usarse, parecía estar diciendo que la decoración era lo de menos, y que la comida era lo que valía la pena.

Las cervezas y el vino de la casa vinieron de inmediato con la amabilidad de Elisa, dueña del lugar. La pizza de tomate, y un espagueti al “pesto” que Freddy, su marido (igualmente oriundo de Tlachichilco), nos preparó, humeaban segundos más tarde frente a nuestros ojos.

La “Lasagna” con queso derretido, parecía un pastel de fiesta. El “Calzone” era literalmente un gran taco envuelto para regalo. Las ensaladas de crujientes lechugas desbordaban el plato. El flan, espeso y delicioso, junto con el último trago del vinito “rosso” completaron el cuadro; francamente la gozamos.

deviajesyaventuras@informador.com.mx

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