Suplementos | por: cristóbal durán Hidalgo o la construcción de un héroe Historia Hacia un aniversario más de la Independencia Por: EL INFORMADOR 29 de agosto de 2008 - 23:56 hs La “hormiga trabajadora de Minerva” Antes de la lucha de independencia, Hidalgo había destacado en la esfera intelectual y académica en el Colegio de San Nicolás Obispo, después llamado San Nicolás de Hidalgo en su honor. En esta institución, comenzó sus estudios en 1766 y después dio cátedras de teología y filosofía. En 1787 empezó a ocupar cargos administrativos: tesorero, vicerrector, secretario y finalmente rector, en 1790. Su estancia en este colegio llamó mucho la atención cuando resultó ganador en un concurso convocado por el deán de la catedral de Valladolid, José Pérez Calama, quien ofreció como premio 12 medallas de plata “al estudiante de teología que presentara las dos mejores disertaciones, una en latín y otra en castellano, sobre el verdadero método de estudiar la teología”. El futuro cura de Dolores, obtuvo el premio y una carta de felicitación de parte del deán, fechada el 8 de octubre de 1784. Éste lo saluda y le dice que sus disertaciones “convencen de que usted es un joven en quien el ingenio y el trabajo forman honrosa competencia. Desde ahora llamaré a usted hormiga trabajadora de Minerva...”. El deán confesó que Hidalgo se adelantó a muchos “ancianos que se llaman doctores y grandes teólogos; pero que en realidad son meros ergotistas, cuyos discursos o nociones son telas de arañas...”. Muchos teólogos catedráticos ni siquiera hablaban el latín y aún así se atrevían a traer el “anillo” que los distinguía (entre los eclesiásticos, sólo los obispos y los doctores podían portar anillo); es por eso que Pérez Calama le recomendó que un “pasaje del sabio Gerson” lo citara no en latín, sino en castellano. La situación de la teología y la filosofía era bastante crítica en la Nueva España durante esta segunda mitad del siglo XVIII, y uno de los méritos del joven Hidalgo fue haber denunciado esa situación en sus disertaciones, además de proponer un “método nuevo y científico, en oposición al que hasta entonces se seguía” determinado por la vieja escolástica medieval aristotélica propuesta por santo Tomás de Aquino. Hidalgo sólo obtuvo grados de bachiller en artes, filosofía y teología; decía que las aspiraciones que él tenía no le exigían más; además, los grados académicos parecían no importar mucho sabiendo que “había maestros que impartían cursos sin tener el título, ni siquiera en la materia que atendían...”. El tribunal de la Inquisición lo acusó de haber dicho que no se graduó en la “Real Universidad por ser su claustro una cuadrilla de ignorantes”, que jamás igualarían a instituciones como la Sorbona, donde sí se estudiaba con rigor y creaban doctores mejor preparados. Su postura fue cuestionar no tanto los métodos, sino los viejos contenidos de la Escolástica, además de someter a “una examen científico libros antiguos y abogar por el florecimiento del espíritu histórico”. Era ésta la verdadera revolución que Hidalgo proponía, de la que parecía conocer plenamente la situación de la filosofía y teología de la época. Pero esta aportación, de haberse considerado con mayor rigor, hubiera sido trascendente para las ciencias humanas en la Nueva España, especialmente porque parecía formar parte del “movimiento renovador-científico-literario” que impulsaron los miembros de la Compañía de Jesús, que habían sido expulsados de la Nueva España, en 1767. Hidalgo era un claro simpatizante del pensamiento de esta orden regular, en la que sus superiores “tenían la facultad de absolver a sus compañeros del delito de herejía... y concedían autorización para leer libros prohibidos”. El pensamiento renovador de Hidalgo parecía prometedor, pero el devenir de las cosas lo hizo dar un giro en el que realmente sus aportaciones no fueron tan brillantes, muy al contrario, fue desplazado del proyecto independentista, al que sólo entró para figurar como un mártir. Sangre de su sangre y carne de su carne Su estancia en el Colegio fue importante puesto que dedicó a su alma mater 27 años de su vida. Cuando era estudiante de teología, entre 1771 y 1773, fue expulsado temporalmente por abandonar el Colegio en las noches saltando por las ventanas. Además de la rebeldía ideológica, se sabía que era “dado al juego y al trato torpe con mujeres”; se reportó que había sido visto en un baile en la Villa de Zitácuaro y que “había tenido relaciones íntimas con una mujer que vestía de todas modas”. Lo cierto es que durante su estancia de 27 años en el Colegio, procreó dos hijos con Manuela Ramos Pichardo: Agustina y Mariano Lino, producto de relaciones obviamente ilícitas. La señorita Ramos ingresó a un convento; Hidalgo, cuando fue asignado al curato de Colima (1792), se apresuró a poner a salvo a sus dos hijos. El joven Mariano contrajo matrimonio con Petra Aboites, y cuando inició el movimiento independentista decidió apoyar a su padre en la lucha. Agustina se casó con el jefe insurgente Encarnación Ortiz y también apoyó la causa. En su último proceso de inquisición, nada se mencionó respecto a sus hijos, aunque sí se le acusó de tener por “lícita la polución y fornicación”, y de haber “sido tan libertino que hicisteis pacto con vuestra manceba de que os buscase mujeres para fornicar y que para lo mismo le buscaríais a ella hombres...”. Estas dos cosas (ideas renovadoras y su vida relajada) obligaron al obispo de San Martín, alejarlo de Valladolid: lo separó de la rectoría del Colegio y lo envió al curato de Colima en 1792. Otros han considerado que se separó del Colegio porque el curato de Colima le ofrecía una mayor renta anual; cualquiera de las dos explicaciones nos presenta a un individuo atraído por el placer y la avaricia. Sólo ocho meses estuvo en Colima y regresó luego a Valladolid, ahora para hacerse cargo del curato de San Felipe (Torresmochas) donde permaneció casi 11 años. En este período, sin la presión de los cargos académicos, organizó reuniones en su casa (conocida como la “Francia chiquita”) promoviendo la lectura de los clásicos; tradujo del francés obras teatrales que luego preparó y dirigió con alumnos que, por cierto, seleccionaba con mucho cuidado. Entre ellos se encontraba Josefa Quintana Castañón, a quien Hidalgo siempre encomendó “los papeles de las principales heroínas”. Poco se puede dejar a la imaginación: con esta dama “hermosa y de dulce mover de ojos”, el ex rector y cura tuvo dos hijas: Micaela y María Josefa, quien hacia 1803 tenía escasos meses de nacida, mientras que su ilegítimo padre llegaba a los 50. La cuenta no para ahí; con Bibiana Lucero tuvo otro hijo, Joaquín, quien se casó con Soledad Lozada; esto sin contar el episodio de Fernandito, del que en un principio se creyó se trataba de otro de los hijos del cura, pero en realidad era su ahijada. Fernandito era una mujer de nombre Mariana Luisa Gamba, que llegó a Guadalajara disfrazada de hombre pocos días después de Hidalgo (noviembre de 1810). Lo buscó para pedirle la libertad de su padre, Luis Gamba González, subdelegado de Colima en tiempos en que Hidalgo había sido cura de aquel lugar. Estos deslices fueron disimulados con celo y siempre procuró que sus hijos estuvieran a salvo. Es verdad que muchos de los clérigos novohispanos no respetaron el voto de castidad y las relaciones sexuales ilícitas se volvieron una práctica un tanto generalizada; en el caso de las mujeres en los conventos sucedía algo similar. Con la nueva historiografía crítica, los historiadores han tratado como humanos de carne y hueso a los personajes cuasi-míticos del pasado, sin el temor a que esto figure como una mancha en el historial del “héroe” al que tanto ha costado construirlo y mantenerlo como un ejemplo de humanismo y de libertad. Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones